domingo, 25 de marzo de 2012

PREGÓN DE JAIME MAYOR OREJA EL 16 DE MARZO EN LA ALMUDENA

Es impresionante la fe de este hombre:


Pronunciar un Pregón constituye siempre un privilegio, una oportunidad para hacer pública tu fe (…). Pregonar la Semana Santa no es sólo anunciar la llegada de un periodo especial en la vida de la Iglesia. Pregonar la Semana Santa es aspirar a que el sentido profundo de estos días llene el año entero, nos llene la vida entera. Es aspirar a que la pasión, la muerte y la resurrección que rememoramos irradien su luz sobre nuestra vida y sobre nuestra muerte, sobre las de todos los hombres. Porque la muerte de Jesús es una lección permanente de vida. Una lección para nuestras vidas, un acontecimiento que no sólo debemos recordar sino del que debemos aprender las muchas enseñanzas que nos ofrece para hacer frente a los problemas de cada día. Esta ha sido siempre mi creencia.

(…) Podemos hallar puntos de encuentro entre la experiencia terrible de Cristo y nuestras propias experiencias personales. Referencias capaces de guiarnos a través de esos momentos oscuros y difíciles por los que todos pasamos, hasta encontrar la trascendencia de lo que puede parecer algo sin sentido. En la Cruz de Cristo podemos encontrar siempre un camino seguro. En ella podemos encontrar siempre las  lecciones que necesitamos. Lecciones con las que encarar momentos de crisis personal o social como las que ahora vivimos.

Las crisis forman parte de nuestras vidas. A veces, las tenemos que afrontar en soledad, porque nos afectan sólo a nosotros, a nuestra familia, a nuestros amigos; y en otras ocasiones, como en los tiempos actuales, vivimos una crisis colectiva, una crisis de conciencias, de valores, de actitudes, una crisis que me atrevo a calificar como una crisis global y total. Yo quisiera evocar en este pregón algunas de esas enseñanzas permanentes de la Cruz.  Al menos, las que más me han ayudado, iluminado o guiado. Quisiera hacer presentes cuatro de esas lecciones, porque me parecen muy necesarias. Esas cuatro lecciones se refieren al valor de la alegría, del silencio, de la verdad y de la familia.

ALEGRÍA

La primera lección de la Semana Santa es la alegría. No puede haber una alegría mayor y más profunda que la que brota de la vivencia personal de lo que significa para uno mismo y para la humanidad la Pasión de Nuestro Señor. Su muerte, llena de perdón y de amor hacia todos; y su resurrección, silenciosa y discreta, capaz de transformar de raíz la historia misma. En el momento en que Jesús se hace presente en el camino de Emaús, todo ha cambiado ya para siempre. La tristeza se ha transformado en alegría. En una alegría nueva, que nunca se había producido hasta ese momento. Una alegría distinta de todas las demás.

Cuando san Lucas concluye su evangelio relatando la ascensión de Jesús, relatando cómo, literalmente, Él “se separó de los discípulos”, añade que éstos, pese a esa ausencia del Maestro, “se volvieron a Jerusalén llenos de alegría”. Alegría es una palabra que puede parecer extraña en el contexto de la Semana Santa. Pero alegría es lo que san Juan nos dice que llenó el corazón de los discípulos cuando Jesús se apareció en medio de ellos enseñándoles sus manos heridas y su costado traspasado. “Gran alegría” es lo que san Mateo nos dice que sentían las dos Marías cuando corrían a llevar a los discípulos la noticia de la resurrección que el ángel acababa de manifestarles en el sepulcro. Alegría es lo que sustituyó a la tristeza y al llanto en que san Marcos nos dice que se encontraban sumidos los discípulos antes de que Jesús se les apareciera cuando iban al campo. Y alegría es una de las últimas palabras que san Lucas escribe en su evangelio. Alegría es la gran palabra que corona las Escrituras y que corona la Semana Santa. Una alegría profunda, inagotable; una alegría que ha llegado hasta nosotros porque la Iglesia nos la ha traído y que mana para siempre y para todos desde el sepulcro vacío.

Esa alegría del alma, esa alegría integral, tiene una explicación sencilla: es la alegría de saber que el bien absoluto ha resultado ser la verdad absoluta. De saber que Jesús verdaderamente ha resucitado, que está vivo, que está aquí, que está ahora mismo con nosotros. Sentado a nuestro lado. Es también la alegría por la redención de la humanidad, unida y vinculada a la resurrección de Jesús. Recordemos el Vía Crucis: por tu santa Cruz redimiste al mundo. Alegría porque la muerte de Jesús abre el perdón, la vida eterna, la felicidad eterna. ¡Cómo no van a ser razones para nuestra autentica alegría, que contrasta con las falsas alegrías en las que tantas veces nos refugiamos! La historia de la humanidad tiene un antes y un después de Cristo.

Pregonar la Semana Santa es, por tanto, afirmar que la historia cambió para siempre cuando hace dos mil años Jesús murió en la cruz por cada uno de nosotros, y que resucitó al tercer día, inaugurando una vida nueva, distinta, completa (…) que Dios ha querido que sea también la nuestra. Lo ha querido sin que lo merezcamos, lo ha querido como un don, por pura bondad. No hay, no puede haber, una alegría mayor.

Cuando me refiero a la alegría como una lección de la Cruz, estoy  aceptando y reconociendo que hay circunstancias en nuestra vida, en la crisis, tanto en el ámbito personal como en el colectivo, que rozan y a veces te introducen en la tragedia. La búsqueda del valor de la alegría, en estas circunstancias, exige un esfuerzo sobrehumano, una actitud y una aproximación trascendente, en la que se precisa más que nunca la fe, para saber abrazar la cruz imitando a Cristo. Esta, queridos amigos, es la primera lección de la Semana Santa que yo quiero recordar: vamos camino de la alegría. Tenemos abierto el camino de la alegría. Tomarlo depende de nosotros.

SILENCIO

La segunda lección es el valor y el sentido del silencio. No sólo del nuestro, sino también del silencio de Dios. Muchas veces nuestra vida personal, y también la vida de las sociedades, hacen difícil que podamos reconocerlas como un don nacido de la bondad de Dios. Muchas veces la vida parece más un castigo, y en ocasiones un castigo cruel; un castigo incomprensible, inmerecido. La vida puede hacerse tan dura que casi parece imposible pensar que pueda haber un Dios de bondad. Son momentos en los que, en palabras de san Pablo, “la creación está aguardando en anhelante espera la manifestación de los hijos de Dios (…), con la esperanza de ser librada de la esclavitud de la destrucción”.

Con frecuencia la alegría del cristiano parece chocar con la realidad de las cosas. Con la realidad del sufrimiento e incluso de la muerte. Con la realidad de la injusticia, de tantos y tantos hechos cotidianos en los que no parece existir modo alguno de reconocer la presencia de Dios vivo:

• ¿Dónde está Dios cuando la vida humana es tratada con desprecio, cuando ponerle fin se convierte en un derecho? ¿Dónde, cuando la mentira parece triunfar sobre la verdad?
• ¿Dónde está cuando la vida de un niño se pierde sin que ni siquiera se llegue a percibir su valor?
• ¿Dónde está cuando se nos impone un peso insoportable, cuando no podemos más? ¿Dónde está cuando nos venimos abajo?
• ¿Dónde, cuando las familias se rompen, cuando incluso se las ataca desde las instancias que debieran protegerlas?
• ¿Dónde está Dios cuando hasta Él parece habernos abandonado?
• ¿Dónde está Dios cuando se le echa de menos, cuando sufrimos, cuando has perdido un hijo, cuando la vida nos arrolla; cuando se humilla al débil, cuando se pisotea la dignidad humana? ¿Dónde está cuando la historia escoge el camino equivocado?

Ésa es, en efecto, la gran pregunta que recorre la historia: ¿por qué Señor, permaneces callado, en silencio, cuando tu obra se aparta de ti? Benedicto XVI ha respondido a estas preguntas en uno de sus escritos. En un bello texto sobre el Viernes Santo, menciona el retablo de la catedral de Issenheim, pintado hace ahora quinientos años por Matthias Grünewald, y el valor espiritual que ese cuadro tiene para la comprensión de la Semana Santa.


Dice el Santo Padre:

“Toda la pobreza humana, todo el desamparo humano, todo el pecado humano, se hacen visibles en la figura de Jesús crucificado, que está en el centro de la liturgia del Viernes Santo. Y, sin embargo, a lo largo de toda la historia de la Iglesia esa figura ha despertado sentimientos de consuelo y de esperanza. El retablo del altar de Issenheim, pintado por Matthias Grünewald, y que es el cuadro de la crucifixión más conmovedor de toda la cristiandad, se encontraba en un convento en el que eran atendidos los hombres que eran víctimas de las terribles epidemias que azotaban a la humanidad en la Baja Edad Media. El crucificado está representado como uno de ellos, torturado por el mayor dolor de aquel tiempo, el cuerpo entero plagado de bubones de la peste. Las palabras del profeta, cuando dijo que ante él estaban nuestras heridas, encontraron su cumplimiento. Ante esta imagen rezaban los monjes, y con ellos los enfermos, que encontraban consuelo al saber que en Cristo, Dios había sufrido con ellos. Este cuadro hacía que a través de su enfermedad se sintieran identificados con Cristo, que se hizo una misma cosa con todos los que sufren a lo largo de la historia; experimentaron la presencia del crucificado en la cruz que ellos llevaban, y su dolor les introdujo en Cristo, en el abismo de la misericordia eterna. Experimentaron que la cruz que debían soportar era su salvación”.

La respuesta a la pregunta sobre dónde está Dios mientras el hombre sufre, nos la proporciona la Semana Santa. Dios está en la Cruz. Dios está donde lo pusimos. Donde Él aceptó humildemente que lo pusiéramos. Dios está en la cruz. Dios encarnado, nacido de María, sufriendo en su piel, en su carne, en su propio cuerpo cada uno de los golpes que el mal asesta a la humanidad en cualquier lugar del mundo. Atrayendo hacia sí todo el pecado del mundo. Dios está en cada vida truncada. En cada niño maltratado, herido o muerto; en cada lugar donde el mal despliega su poder; en cada violencia, en cada injusticia, en cada humillación.

¿Por qué, Señor, permaneces callado?, preguntamos. La respuesta es ésta, también del Santo Padre: Dios se nos ha acercado tanto que incluso hemos podido matarlo. Dios no calla porque esté lejos, Dios calla porque agoniza en la cruz. A nuestro lado, como parte de nuestra historia. Hecho hombre. Junto a nosotros. Dios guarda silencio por respeto a la libertad del hombre, y porque está muriendo por nosotros para resucitar por nosotros. Nuestra libertad permanece intacta al precio de su vida, entregada para la salvación de los hombres.

Ésta es la lección del silencio, el insondable misterio del silencio de la Semana Santa. No es el silencio de un Dios ausente, es el silencio de un Dios tan cercano que podemos verlo morir ante nosotros. Un Dios que se ha dejado matar porque esa es la forma que ha encontrado de estar a nuestro lado, pero que no concede a la muerte la última palabra. Un Dios que muere por nosotros para darnos la vida. Que nos responde desde la cruz, abriéndonos sus brazos y perdonándonos pese a todo, con un silencio tan rotundo que es imposible no oírlo.

La Semana Santa en el mundo acelerado y ruidoso que hoy vivimos es una oportunidad para la reflexión, la profundidad, la espiritualidad, en definitiva, para la oración y el silencio. Rezo, canto, música. Todo ello son una misma cosa; oración. Y hay otra forma de oración tan sentida y hermosa como todas ellas; el silencio.

Recordemos a la Beata Teresa de Calcuta, cuando encadenaba admirablemente una serie de reflexiones. Decía: "El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz". Señoras y señores, el ruido nos ha llevado a la crisis. El ruido es la expresión de la crisis. El ruido, lo accesorio, lo superfluo, es la expresión de la crisis. El ruido te hace perder con facilidad el Norte; el Norte de tu vida. Y el silencio es la única manera de recuperarlo una vez que se ha perdido.

Un poeta italiano, Arturo Graf, decía que si quieres oír cantar a tu alma, debes hacer el silencio a tu alrededor. Y yo, que soy no soy un poeta ni un filósofo, sino un político, añadiría mi convicción de que si no eres capaz de encontrar tiempo para la reflexión y el silencio, no tendrás nunca la capacidad de decir algo. Podrás hablar, pero no decir.

El silencio, como nos lo explica Jesús en su Pasión ante Poncio Pilato, no significa enmudecer. El silencio no debe ser permanente, ni mucho menos eterno. No significa que haya que estar siempre callado. El silencio, si es profundo, si es de verdad, da frutos como decía Teresa de Calcuta y al final te impulsa y te obliga a no callar, a decir; te lleva a alzar la voz. El silencio te lleva a decir lo justo, lo que tu conciencia y la justicia requiere de ti. El silencio te aleja del miedo.

Lo que no debe ser nunca el silencio es el pretexto, la justificación de una actitud asentada en la debilidad y la cobardía. Lo digo porque si una causa principal de la crisis que vivimos radica en que lo hemos relativizado todo, también es verdad que nuestro silencio mal entendido, cómodo y cobarde, ha sido demasiado cómplice de esos voceros del relativismo. ¿Así correspondemos al sacrificio de la cruz, eliminando incluso la cruz de los lugares públicos, eliminado el significado de las raíces cristianas de la Constitución Europea? Ha sido un silencio equivocado y nuestro deber nos exige transformar el significado del silencio, de nuestro silencio. Nuestro deber en esta crisis total es transformar el silencio en voz para defender con valor (en singular) los valores (en plural) en los que creemos.

Nuestra obligación es recordar y proclamar siempre lo que significa ese silencio tan lleno de respeto, unión y verdad, con que los cristianos celebramos la Semana Santa para trasladar la riqueza de su significado en nuestra vida diaria. El silencio redentor de Jesús frente a nuestro silencio desagradecido.

VERDAD

Y el silencio nos conduce hasta la tercera lección de la Semana Santa, que es el valor de la verdad. Como acabo de señalar, el primer significado del silencio es el respeto, el segundo es la comunión de quienes juntos lo guardamos, y el tercero es la verdad. Porque a la verdad, a la verdad con mayúscula, sólo se accede mediante la escucha de la palabra de Dios. Y mediante el silencio de la oración.

En el silencio, Dios se nos hace presente y nosotros manifestamos juntos la alegría por la presencia de Dios. Y esa presencia, esa Pasión de Jesús, es la verdad radical de nuestra existencia. El silencio de la Semana Santa no es tristeza, es devoción. Ese silencio es también palabra de Dios. ¿De qué otro modo esperamos que nos responda Dios cuando le estamos dando muerte? Pretender dar muerte a Dios es faltar a la verdad, es pretender ocultar la verdad de su vida.

A Jesús no le crucificaron por mentir, le crucificaron por decir la verdad. Por "ser" la verdad, una verdad capaz de causar un auténtico seísmo en la sociedad de su tiempo y en la del nuestro. En la sociedad en la que hoy vivimos sacudida por una crisis de valores, normalmente se persigue a quien se atreve a decir la verdad, no a quien miente. Por eso seguimos dando muerte a Dios, seguimos faltando a la verdad.

Cada vez que despreciamos la vida humana, cada vez que volvemos la mirada ante las verdades incómodas, que lo son siempre porque nos exigen siempre un cambio de actitud personal, despreciamos la verdad. Muchas veces Dios nos resulta una verdad incómoda. Y le damos muerte. Se la da la profunda crisis de valores que nos aparta de Él. Una crisis de valores que es una crisis de verdades, una crisis del valor de la verdad. Una crisis de las instituciones que deben seguir transmitiendo toda la verdad y todo el bien que necesitamos para poder vivir humanamente.

Silencio y verdad son, pues, dos lecciones unidas en la Semana Santa. Porque el valor del silencio no es sólo ser la palabra de Dios, es que esa palabra es la Verdad. Cuando entendemos que en la Semana Santa Dios nos habla con su silencio y nos dice la verdad, entonces es cuando podemos no sólo preguntarnos sino también respondernos a las preguntas que nos hacíamos hace pocos momentos sobre donde esta Dios ante la injusticia y el dolor.

Dios sí está. Y sí responde. Responde haciéndose hombre y muriendo como hombre. Responde con la luz deslumbrante del Domingo de Resurrección. Responde con la verdad. Está tan cerca que a veces no lo sabemos ver. Es tan parecido a nosotros que nos cuesta reconocerlo como Dios. Sufrimos el mismo error que sufrieron los primeros discípulos, que esperaban un trono y no un pesebre, que esperaban un rey y no un crucificado. Él está padeciendo la misma soledad que cada uno de nosotros, siendo traspasado por el mismo dolor, por la misma sensación de abandono absoluto; sufriendo la misma traición, el mismo calvario, la misma muerte. Entonces, ¿donde está Dios cuando estamos en nuestra cruz? En la Suya, en la de todos. Esta es la verdad. Y esta es la tercera lección de la Semana Santa. Jesús nos dice que no hay que tener miedo a la verdad, y que por el contrario hay que saber primero abrazar, luego decir, y por último sufrir por defender la verdad.

Si la crisis de hoy afecta esencialmente a la verdad, si la mentira del relativismo se ha transformado en dominante y parece arrastrarlo todo, hasta haciéndonos dudar de nosotros mismos, es porque penetra dentro de nosotros mismos. El laicismo radical, la moda dominante del relativismo, la secularización sin freno y sin límite, arrastra a nuestras sociedades al olvido de la verdad del sacrificio de la cruz. Hay quienes están empeñados y obsesionados en su olvido, en que desaparezca la imagen de la cruz. Frente a esta tendencia tenemos el ejemplo de Jesús, y el camino es el de la cruz.

FAMILIA

Señoras y Señores, en cuarto y último lugar, permítanme una breve reflexión sobre el valor de la familia, como otra lección que podemos extraer de la Semana Santa. Lo he puesto en último lugar, pero plenamente consciente de que para nosotros, para mí, la familia constituye algo absolutamente esencial y determinante para afrontar la crisis de hoy y las crisis de siempre.

Nosotros, los hombres y mujeres, estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, pero no somos dioses y por ello tampoco podemos actuar como tales. Si hay una institución decisiva en nuestras vidas para no perder el Norte, que en definitiva es lo que nos ha sucedido en los últimos tiempos, esa es la familia. Si en algún lugar o institución, somos lo que somos, parecemos lo que parecemos, si en algún ambiente no podemos disfrazarnos y disimular o esconder nuestros defectos y virtudes, es la familia. La familia es la mejor expresión de nuestra verdad.

Jesús, en la crisis que parece total, vuelve los ojos a la familia. Y también podemos expresarlo con una pregunta y una respuesta: ¿Dónde está Dios cuando la vida de un niño se pierde? ¿Dónde está cuando las familias se rompen? Está camino del Calvario cruzando una última mirada con su Madre, que sabe que lo va a ver morir. Está fundando una nueva familia al decir "Madre ahí tienes a tu hijo; hijo ahí tienes a tu Madre". Está reconciliando a los pies de la cruz a la gran familia humana, en el seno de la Iglesia que nace.

Jesús nace en familia y muere en familia. En una familia de la que quiere que seamos parte y de la que efectivamente somos parte por el bautismo. La familia ha constituido para Jesús la excepción, el refugio de la terrible soledad que lo acompaña en la cruz. Exactamente lo mismo que hoy sucede a tantas personas que viven la tragedia y la soledad de la crisis, solo acompañados por su familia. La lección de la familia es la lección de la entrega, del sacrificio, de la generosidad, del desinterés, de la paciencia, de la reconciliación, de la transmisión de la verdad y del bien a lo largo de la historia, que sólo pueden legarse desde el ejemplo y la proximidad personal.

La familia está por todo esto especialmente presente en la cruz. En la Pasión, Jesús, no sé si en su condición de hombre o en su condición de Dios, nos recuerda que estamos hechos a su imagen y semejanza, por el valor de la familia. Dañar la familia, como dañar la Iglesia, es dañar lo que a través de ellas se nos transmite: la verdad y la vida. Al protegerlas es eso mismo lo que se protege. Jesús lo hizo incluso en su agonía final. Desde el pesebre hasta el calvario, desde la Sagrada Familia a la Sagrada Cruz todo es una enseñanza grandiosa sobre el valor de la familia.

Queridos amigos,

Cada una de las estaciones del Vía Crucis constituye un paso de Dios hacia el hombre. Eso es la Semana Santa: los últimos pasos del largo camino que Dios ha recorrido hasta llegar al corazón de la humanidad. Al de cada uno de nosotros. Eso es lo que vamos a rememorar y a revivir dentro de unos días. Y ese camino es el que nos puede conducir de vuelta hasta Emaús. El camino que el Domingo de Resurrección nos pondrá a cada uno en ese mismo lugar para que nos encontremos en él con la figura de Jesús resucitado. El que lleva a su encuentro a quienes creían haberlo perdido para siempre, a la alegría radical de saber que verdaderamente Jesús vive entre nosotros, que se ha quedado con nosotros para siempre. Sintamos esta Semana Santa arder nuestro corazón. Encontremos la certeza de saber cuál es la verdad nuclear de nuestra existencia. La que da o quita sentido a todo lo demás. Seamos capaces de aprender y de extraer de la Semana Santa lo necesario para cambiar actitudes personales, que constituye la clave, la única manera de afrontar la crisis, la única forma de afrontar los tiempos nuevos que vamos a vivir. Experimentemos el silencio del Dios hecho hombre, del Dios más cercano que cabe imaginar. Y proclamemos luego que vive para siempre y que quiere que vivamos con él. Aprendamos las lecciones que la Semana Santa nos ofrece y llevémoslas a nuestra vida.

Os deseo a todos una Semana Santa de silencio y de alegría, de familia y de verdad. Os deseo un feliz encuentro en el camino de Emaús.

La fe, la devoción y la sabiduría que trasluce este texto es espectacular.

martes, 28 de febrero de 2012

LA RESPONSABILIDAD SOCIAL EMPRESARIAL


   Acabo de ver la película sobre Margaret Thatcher, más por mi afición a Meryl Streep que por su valor documental. En una de las rebobinaciones de la memoria de la ya anciana Margaret, se la ve, toda vestida en su traje azul, hablando a los ingleses del orgullo de ser “británicos”. Al oírla me asaltó un pensamiento sobre la retórica que estaba usando para justificar ante su pueblo la reconquista de las Malvinas. Si yo fuera inglés, me preguntaría: ¿Y qué me añade a mí ser “británico”, si ser “británico” depende de lo que “yo” hago con los demás habitantes de la Isla? Me pareció que la Iron Lady se estaba inventando un ente ficticio, dentro del cual, quien apoyara su declaración de guerra, tendría un plus de orgullo al que ya tiene por el mero hecho de ser él mismo. Era claro que estaba, una vez más, ante un caso de retórica falaz.
Sin embargo, la cosa resulta curiosa, porque, de vuelta a casa, abstraído del espanto nocturno consideraba cómo uno nace ya con una identidad en origen. De entrada uno es “británico”, “castellano-manchego”, o “gallego”, antes de cualquier cosa que haga y de que tenga conciencia de su “yo” independiente y autónomo. Al llegar, nos encontramos un mundo que está ya “humanizado”, según un lenguaje, unas costumbres, unas creencias y unos valores o, en el caso de los ingleses, por el famoso common sense, que casi adquiere el estatuto de una categoría moral y por el que consideran foreigners a quienes no lo comparten. Consiguientemente, parece que el mundo en el que uno cae, según cómo esté “humanizado” determina su identidad. Es como si ser “británico” fuera una meta-especificación, no menos real que la identidad biológica que le corresponde al individuo como integrante de la especie humana. Llegué a mi casa convencido de que si es cierto que yo soy Walter, igualmente lo es que soy quien soy no-sin-los-demás, lo cual me puede enorgullecer o, por el  contrario, hacerme sentir desgraciado.
Es evidente que la conciencia de uno mismo conlleva la mediación social, y que nuestro destino depende en gran medida del sistema de ideas y creencias que forman lo que se ha denominado el “imaginario social”. Como vuelve a decir la Thatcher en otra escena de la película: “si siembras un pensamiento cosecharás una acción, si siembras una acción cosecharás un hábito, si siembras un hábito cosecharás un carácter, si siembras un carácter cosecharás un destino”. Y es aquí donde creo que está el intríngulis de la RSE, porque la construcción del imaginario social es asunto de todos, si es que, como dijo Don Quijote al salir de Barcelona: “cada uno es artífice de su ventura” (II, 66).
La RSE suele concebirse como un “sistema de gestión” de la empresa que compagina el objetivo de maximizar el beneficio con preocupaciones sociales y la preservación del medio ambiente. De esta forma se silencia el meollo de la cuestión, que, a mi juicio, consiste en dar por supuesta la distinción entre trabajo y gestión. En general, en la empresa la iniciativa en la toma de decisiones está en manos de unos expertos en sistemas y desarrollo, mientras que el trabajador se incorpora a un carro que ya está en marcha a cambio de un sueldo y de la limosna de ropa vieja que puede darle un gerente experto en alcanzar “equilibrios” económicos, sociales y medioambientales, según la política de moda o la imagen que más le convenga para tener éxito en el mercado. Este modelo de funcionamiento impide que el trabajador se identifique con un proyecto que es común sólo para unos pocos que participan en la dirección, del cual se siente fuera. Se encuentra con un ámbito de actividad que es “humanizado” por otros, al que se subordina ocupando la posición que se le asigna para poder cobrar. No es habitual encontrar empleados que sientan un orgullo profundo por consumir una buena parte de su tiempo etiquetando alimentos en una gran superficie, contestando llamadas en una línea de atención al cliente, o despachando en un banco o en una aseguradora.
La RSE genuina exige soldar la brecha generalizada que existe entre los dirigentes (homo sapiens) y los trabajadores (homo faber), extendiendo la acción de gobierno de la empresa a todos los que colaboran en ella, porque sapiens somos todos. En esto consiste el “liderazgo” como principio que debe inspirar la organización. El liderazgo es consciente de la necesidad del mando y la obediencia para el orden de la actividad y la consecución de objetivos, pero es refractario al acopio de “seguidores”. El líder realiza su tarea como un encargo, como un deber que le compromete íntimamente, según una iniciativa que no se interesa por la eficiencia en función de la celebridad o del seguimiento, sino integrando la iniciativa de todos según el ámbito de competencia que a cada uno le corresponde. Ello exige potenciar la comunicación. Si la acción del líder se determina según un caudal de supuestos seguidores, los trabajadores quedan escindidos entre “autómatas” aduladores y los que trabajan en una tarea que les resulta ajena, sin identificarse con un proyecto que ha de ser “humanizado” entre todos. De otra forma, el liderazgo se transmuta en una gestión que ignora el alcance de su responsabilidad social, y la cooperación en un juego de suma cero en el que para que unos ganen otros tienen que perder.
Es inevitable la instrumentalización del trabajo a los fines de la organización, porque un individuo aislado no puede realizar prácticamente nada, pero el liderazgo, a cualquier nivel, se manifiesta por la actitud ética de hacer compatible dicha instrumentalización con la condición de fin de quienes lo realizan, porque todos en la empresa, desde el embrión hasta el enfermo terminal, son “personas”. De esta forma el trabajador puede identificarse con su trabajo, con la consiguiente realización personal. En esto reside el sentido de una auténtica RSE, en impulsar las energías humanas en un proyecto que sea auténticamente común. De otra forma, el seguimiento que da sentido al liderazgo revierte en pequeños o grandes actos de venganza con los que el débil subordinado suele pagar a su opresor, como es el caso de Brother Rabbit en las Uncle Remus Stories, bondadosa e inocua simbolización de la indigencia del pobre negro en los Estados americanos del sur, que, sin embargo, a la postre, acaba riéndose de todos por muy refinados y costosos que sean los mecanismos de control.

viernes, 9 de diciembre de 2011

NOVALIS: EL MUNDO NUEVO DE LA NAVIDAD

                        Antaño un destino férreo imperaba con mudo albedrío sobre las tribus dispersas de los hombres. Una negra y opresiva venda ceñía sus almas medrosas. La Tierra era interminable, morada y patria de los dioses; Su misterioso edificio se erguía desde la eternidad. Sobre las rojas montañas de la aurora, en el seno sagrado del mar, habitaba el sol, la viva luz que todo lo enciende. Encadenados bajo las montañas yacían los primeros hijos de la Madre Tierra, impotentes contra la egregia raza de los dioses y sus parientes, los felices hombres. Las profundidades verdes y oscuras del mar eran el regazo de una diosa. En las cristalinas grutas retozaba un pueblo voluptuoso  Ríos, árboles, flores y animales tenían sentido humano  Más dulce sabía el vino escanciado por la juventud en persona, un dios en los racimos de la vid. Una diosa amante y maternal irguiéndose en las apretadas y doradas espigas. La embriaguez divina del amor era un dulce servicio en honor de la más bella de las diosas, fiesta perpetua, versicolor de los hijos del cielo y los habitantes de la tierra, que transmitía la vida rumorosa como una primavera, desafiando los siglos. Todas las razas, con infantil asombro, veneraban en las delicadas, multicambiantes llamas el valor supremo del mundo. Sólo un pensamiento, un pavoroso sueño turbaba los placeres de la fiesta, y llenaba el alma de profundo espanto; el angustiado corazón humano que ni los dioses podían consolar.

                        Por ocultos senderos se acercaba el monstruo, y ni ofrendas ni plegarias aplacaban su furia. Era La Muerte, angustia, duelo y lágrimas, que sorprendía a los felices hombres en medio del festín. Separado por siempre ya de todo lo que deleita al alma en esta tierra, de los seres amados que atrás quedan y que anhelan en vano en largo duelo, el muerto no era sino vaga sombra de un sueño, combatiente de impotente combate. Y las olas del gozo se rompían contra las rocas de un dolor sin fin. Y los hombres quisieron -noble sentido de almas valerosas- embellecer el hórrido fantasma: un tierno adolescente deja extinguir su antorcha y se adormece; dulce es el fin como el tañer de un harpa. En la fresca corriente del Leteo se disipa el recuerdo. Así cantaban los poetas: triste necesidad dictaba sus palabras. Pero la noche eterna, indescifrada, símbolo grave de extranjera fuerza, guardaba su secreto.


                        El mundo antiguo iba hacia su fin. Se agostaba el ameno vergel de la joven estirpe y los hombres, saliendo de la infancia, ansiaban un espacio despejado y más libre. Los dioses desaparecieron con su séquito encantado. Quedó la naturaleza inerte y solitaria. El número árido y la estricta medida la ataron con férreas cadenas. Igual que en polvo y viento se deshizo en oscuras palabras la inmensurable exuberancia de la vida. Huyó la fe con sus conjuros, huyó su divina compañera, la imaginación que todo lo transforma y todo lo hermana. Hostil y glacial un viento del norte sopló sobre la campiña entumecida y, yerta, la patria maravillosa se desvaneció en el éter. Las lejanías del cielo se llenaron de mundos luminosos. Acompañada de todas sus fuerzas el alma del mundo fue a asilarse en el más profundo santuario, en el alto recinto del corazón humano donde dominaría hasta que despuntara la esplendorosa aurora universal. La luz dejó de ser morada de los dioses y signo celeste. Los dioses se cubrieron con el velo de la noche.


                        Es la noche, el inmenso seno donde se engendran las revelaciones; a él regresaron los dioses, en él se durmieron para, en nuevas espléndidas formas, reaparecer un día ante el mundo transformado. En un pue­blo, más que todos despreciado, maduró con obstinación la feliz inocencia de la juventud. Ignorándolo, el Mundo Nuevo se manifestó con un aspecto nunca visto. En la poética choza de la pobreza, un hijo de la primera mujer virgen y Madre, fruto infinito de un arcano abrazo. La sabiduría oriental, floreciente y premonitoria  fue la primera que reconoció el principio de los nuevos tiempos. Una estrella le señaló el camino a la humilde cuna del Rey, a quien los reyes, en nombre del vasto futuro ofrendaron en homenaje oro, perfume y sahumerio, maravillas de la naturaleza. Solitario se abrió el divino corazón, corola del amor todopoderoso, vuelto hacia el augusto semblante del Padre y reposando en el regazo de la Madre grave y afable, visitada por felices presagios  Con un fervor que divinizaba el mundo los ojos proféticos del niño floreciente miraban hacia los días del futuro, miraban a los hombres, amados vástagos de su divina estirpe, sin preocuparse de su propio destino en esta tierra. Y las almas más cándidas, inflamadas como por encanto en entrañable amor, no tardaron en congregarse junto a Él. Como brotan las flores germinaba en su entorno una nueva y extraña vida. Inagotables, las palabras del más jubiloso evangelio salían de sus labios afables como chispas de un espíritu divino.



Tú eres aquel que desde el tiempo antiguo,
Pensativo y absorto adolescente,
Sobre las tumbas de los hombres velas,
Símbolo de consuelo en las tinieblas,
Feliz aurora de alta humanidad.
Lo que en honda tristeza nos sumía,
Ahora en dulce extático arrebato
Nos abre el más allá.
La vida eterna se anunció en la muerte,
Tú eres la muerte y eres la salud.



                        Dulce amor embriagaba su corazón que se derramó bajo aquel benigno cielo, y los corazones por millares se rindieron a él y abriéndose en mil ramas se propagó la buena nueva. Poco después la preciosa vida fue sacrificada a la profunda corrupción de los hombres. Murió en plena juventud, arranca­do del mundo que tanto amara, de su Madre bañada en llanto, de sus amigos desalentados. Su graciosa boca apu­ró el negro cáliz de indecibles tormentos. En medio de horrenda angustia se acercaba la hora del nacimiento del mundo nuevo. Duramente luchó con las ansias de la vieja Muerte. El peso del mundo antiguo lo abrumaba. Dirigió a su Madre una última afectuosa mirada, y luego, tocado por la mano liberadora del amor eterno, se durmió. Sólo por unos días se extendió un espeso velo sobre el rugiente mar, sobre la tierra estremecida. Sus amados lloraron lágrimas sin cuento, se rompieron los sellos del misterio, y celestes espíritus alzaron la antiquísima piedra del sombrío sepulcro. Unos ángeles velaban al lado del durmiente, formados de la tierna materia de sus sueños. Despertó revestido de nuevo y divino esplendor y ascendió a las alturas del mundo que acababa de nacer. Enterró con sus propias manos el cadáver del mundo viejo en la tumba que él abandonara y con su omnipotente mano fijó sobre ella la piedra que ya ninguna fuerza será capaz de levantar.


                        Aún lloran los tuyos lágrimas de alegría, lágrimas de emoción y de infinita gratitud ante tu tumba. Gozosos y pavoridos aún te ven resucitar, y ellos contigo; te ven con dulce fervor reclinado en el pecho bendito de tu Madre, pasear gravemente con tus amigos profiriendo palabras como cogidas del árbol de la vida; te ven precipitarte anhelante en los brazos de tu Padre, llevando contigo la nueva humanidad y la copa inagotable del áureo futuro. La Madre se precipitó en pos de ti, en el celeste triunfo, fue la primera que se encontró a tu lado en la Nueva Patria. Largos siglos han transcurrido desde entonces y con renovado esplendor gira el Nuevo Mundo que creaste, y por millares los hombres ya libres de dolor y tormento han ido hacia ti con fe, con fervor y constancia  Reinan contigo y con la Santa Virgen en el Reino del Amor, ofician en el templo de la Divina Muerte y son tuyos por la eternidad.

martes, 15 de noviembre de 2011

Lo que dijo Zósimo antes de morir sobre la regeneración del Mundo Moderno

Zósimo es un personaje de Fedor Dostoiewski,  en el Cap. VI. de Los hermanos Karamazov.


El individualismo moderno y la libertad

Tal vez sea una simple suposición mía; tal vez me equivoque. Pero observad a esa gente que se eleva por encima del pueblo y lo domina (las élites gobernantes, los que dominan el mercado, intelectuales y científicos) ¿No han alterado la imagen de Dios y su verdad? Esos hombres poseen la ciencia, pero una ciencia empírica, supeditada a los sentidos. Las oligarquías y esos hombres “superiores” rechazan alegremente el mundo espiritual, incluso con odio. Sobre todo en estos últimos años, el mundo ha proclamado la libertad, la autonomía de la conciencia moral. ¿Pero qué significa esta libertad, sino esclavitud y el suicidio? Pues se dice: «Tienes necesidades: satisfácelas. Posees los mismos derechos que los grandes y los ricos. No temas satisfacer tus necesidades. Incluso las puedes aumentar».

Éstas son las enseñanzas que se dan ahora. Así interpretan la libertad. ¿Y qué consecuencias tiene este derecho a aumentar las necesidades? En los ricos, la soledad y el suicidio espirituales; en los pobres, la envidia y el crimen, pues se conceden “derechos abstractos” en las leyes, pero no se proporcionan los medios para satisfacer las necesidades. Se dice que la humanidad, acortando las distancias y transmitiéndose los pensamientos por el espacio, a través de las ondas, se unirá cada vez más estrechamente, y que reinará la fraternidad. Pero no creáis en esta unión de los hombres. Al considerar la libertad como el aumento de las necesidades y su pronta saturación, se altera su sentido, pues la consecuencia de ello es un aluvión de deseos insensatos, de costumbres a ilusiones absurdas. Los hombres y mujeres que así viven sólo viven para envidiarse mutuamente, para la sensualidad y la ostentación. Ofrecer banquetes, viajar, poseer objetos valiosos, grados, sirvientes, se considera como una necesidad a la que se sacrifica el honor, el amor al prójimo a incluso la vida, pues, al no poder satisfacerla, habrá quien llegue al suicidio.

Lo mismo ocurre a los que no son ricos ni pobres. En cuanto a estos últimos, ahogan por el momento en la embriaguez la insatisfacción de las necesidades y la envidia. Pero pronto, cuando ya no soporten su miseria, no se embriagarán de vino, sino de sangre: éste es el fin al que se les lleva. ¿Pueden considerarse libres estos hombres? Un campeón de esta doctrina me contó un día que, estando preso, se encontró sin tabaco y que esta privación le resultó tan insoportable, que estuvo a punto de hacer traición a sus ideales y a sus creencias para poder fumar. Pues bien, este individuo pretendía luchar por la humanidad. ¿De qué podía ser capaz? A lo sumo, de un esfuerzo momentáneo, de escasa duración. No es sorprendente que los hombres hayan encontrado la servidumbre en vez de la libertad, y que lejos de alcanzar la fraternidad y la unión, hayan caído en la desunión y la soledad. La idea de la devoción a la humanidad, de la fraternidad, de la solidaridad, va desapareciendo gradualmente en el mundo. En realidad, se la recibe incluso con escarnio, pues ¿quién puede desprenderse de sus hábitos? ¿Dónde irá ese prisionero de las múltiples y ficticias necesidades que se ha creado él mismo? A este ser aislado apenas le preocupa la colectividad. En resumidas cuentas, sus bienes materiales han aumentado, pero su alegría ha disminuido.

Hay quien se burla de la obediencia, del ayuno, de la piedad... Sin embargo, ése es el único camino de la verdadera libertad. Yo suprimo las necesidades superfluas, domo y someto mi voluntad altiva y egoísta por medio de la obediencia y rindiendo honor a mis congéneres, y así, con la ayuda de Dios, consigo la libertad del alma y, con ella, la alegría del espíritu. ¿Quién es más capaz de enaltecer una idea, de ponerse a su servicio, el rico aislado espiritualmente o quien que se ha liberado de la tiranía de las costumbres? Se censura a quien se dedica a cultivar su espíritu debido a su aislamiento. Se le dice: «desertas de la causa fraternal de la humanidad». Pero veamos quién sirve mejor a la fraternidad. Pues el aislamiento no nace en nosotros, sino en los acusadores, que se aíslan en el esfuerzo por satisfacer todo lo que demanda su  abultado “yo”, aunque ellos no se den cuenta.

De en medio de EL PUEBLO salieron antaño los hombres de acción. ¿Por qué no ha de suceder hoy lo mismo? Esos ayunadores, esos seres taciturnos, bondadosos y humildes, se levantarán por una causa noble. El pueblo está aislado. El pueblo comparte la fe de los hombres y mujeres que cultivan su espíritu con la obediencia, la piedad y el servicio al hermano. Los políticos sin fe nunca harán nada, aunque sean sinceros y geniales: no olviden esto. El pueblo acabará con el ateísmo y con el rechazo de la transmisión cultural, y conseguirá la unidad del bien que se genera en común. Preservad al pueblo y velad por su corazón. Instruidlo acerca de la paz. El pueblo venera sus orígenes, lleva a Dios consigo.

Igualdad y Fraternidad

Hay que confesar que el pueblo es también víctima de la corrupción. El mal aumenta visiblemente de día en día. El aislamiento invade al pueblo; aparecen los acaparadores y las sanguijuelas. El comerciante experimenta una avidez creciente de honores. Pretende mostrar una instrucción que no posee, y lo hace desdeñando los usos antiguos y avergonzándose de la fe de sus padres. Va a casa de los príncipes, aunque no es más que un siervo pobre, ignorante y depravado. El pueblo ha perdido la moral por efecto del alcohol la lujuria y otros vicios. ¡Cuántas crueldades han de sufrir las esposas y los hijos por culpa de la bebida! Yo he visto en las fábricas niños de nueve años, débiles, atrofiados, hundido el pecho y ya corrompidos. Un local asfixiante, el fragor de las máquinas, el trabajo incesante, la obscenidad, las bebidas... ¿Es esto lo que conviene al alma de un muchacho? El niño necesita sol, los juegos propios de su edad, buenos ejemplos y un poco de simpatía. Es preciso que esto termine. Hay que poner fin a los sufrimientos de los niños.

Pero el bajo pueblo, aunque pervertido y agrupado en torno a la corrupción, sabe que el mal repugna a Dios y se siente culpable ante Él. Así, el pueblo no ha cesado de creer en la verdad: admite a Dios y derrama ante Él lágrimas de ternura. No ocurre lo mismo entre los privilegiados. Éstos son adictos a la ciencia y quieren organizarse equitativamente sin más guía que la de su razón, prescindiendo de Dios y de cualquier condicionamiento. Ya han proclamado que no existe el mal ni el crimen más que cuando ellos lo proclaman. Desde su punto de vista tienen razón, pues, si no hay Dios, ¿cómo puede existir el delito?

En Europa, el pueblo se levanta ya contra los ricos y los poderosos. En todas partes, sus jefes lo incitan al crimen y le dicen que su cólera es justa. Pero maldita sea su cólera por ser cruel. La salvación vendrá del pueblo, de su fe, de su humildad. Amigos, preservad la fe y la piedad del pueblo. No estoy soñando. Siempre me ha impresionado la noble dignidad del pueblo. He visto esa dignidad y puedo atestiguarla. El pueblo no es servil, aun habiendo sufrido la esclavitud y la explotación de los poderosos. El hombre común es desenvuelto en su porte y en sus ademanes, pero sin ofender a nadie con esta desenvoltura. No es ni vengativo ni envidioso. Piensa: «Eres distinguido, rico, inteligente... Que Dios te bendiga. Te respeto, pero has de saber que también yo soy un hombre. El hecho de que te respete sin envidiarte te revelará mi dignidad humana». El pueblo no lo dice así, todavía no sabe decirlo, pero obra de este modo. Creedme: cuanto más pobre y humilde es el hombre o la mujer, más claramente se observa en él y en ella esta noble verdad, pues los ricos, los acaparadores, por lo menos en su mayoría, han caído en la inmoralidad. Pero el pueblo es grande, y su grandeza es hija de su humildad.

Pienso en el porvenir y me parece estar viendo lo que ocurrirá. El rico más depravado acabará por avergonzarse de su riqueza ante el pobre, y el pobre, conmovido por este rasgo de humildad, será comprensivo y responderá generosamente, amistosamente, a semejante prueba de noble confusión. No os quepa duda de que ocurrirá así, pues se progresa en esa dirección. La igualdad sólo existe en la dignidad del espíritu. Cuando haya hermanos y no individuos aislados, reinará la fraternidad, y sin fraternidad, jamás podremos compartir nuestros bienes. Creo que no es imposible que esta profunda y franca unión se llegue a realizar en todas partes. Yo creo que se realizará, y muy pronto.

¿Soy digno de que otros hombres me sirvan? No se puede pasar sin servidores en este mundo, pero ¿Por qué no he de ser yo el servidor de quien me sirve? ¿Por qué no ha de ver él este gesto sin desconfianza y sin considerarlo hijo de mi superioridad y mi altivez? ¿Por qué no he de mirar a mi servidor como a un pariente que se admite con alegría en el seno de la familia? Esto es ya realizable y servirá de base para la magnífica unión que se cumplirá en el porvenir, cuando el hombre no pretenda convertir en servidores a sus semejantes, como ocurre ahora, sino que desee ardientemente ser el servidor de todos los demás ¿Por qué ha de ser un sueño creer que, al fin, el hombre se sentirá feliz de realizar las obras que nos dictan la piedad y la cultura, y no, como sucede en nuestros días, al dar satisfacción a instintos brutales, a la glotonería, la fornicación, el orgullo, la jactancia, el afán, hijo de los celos, del dominio sobre los demás? Estoy seguro de que esto no es un sueño y se realizará muy pronto. Algunos se ríen y preguntan: «¿Cuándo sucederá esto? ¿Es posible que suceda?».

En la historia de la humanidad, ¡cuántas ideas que parecían irrealizables diez años antes, se cumplieron de pronto, al llegar su misterioso término, y se difundieron por toda la tierra! Así volverá a ocurrir. A los que nos increpan y nos dicen que soñamos podríamos preguntarles si no es un sueño la realización de su propia obra, el propósito de organizarse equitativamente sin más guía que la de su razón y prescindiendo de los valores y creencias que cohesionan al pueblo y nos han transmitido nuestros padres. Afirman que aspiran también a la unión, pero esto sólo pueden creerlo los más cándidos, aquellos cuya ingenuidad llega a los límites más inauditos. En realidad, hay más fantasía en sus cabezas que en las nuestras. Esos hombres pueden organizarse de acuerdo con una idea de justicia ficticia, pero, al haber roto con los lazos culturales y perdido la piedad por el origen y la tradición, inundarán el mundo de sangre, pues la sangre llama a la sangre, y el que ha desenvainado la espada, por herida de espada morirá. Sin la piedad se exterminarán hasta quedar sólo dos. Y estos dos, dejándose llevar por su soberbia, lucharán hasta que uno de ellos elimine al otro, y luego, muy pronto, desaparecerá él mismo. Esto es lo que sucederá si no se pierde la esperanza de evitar esta lucha por amor a la bondad y a la humildad.

El amor y el contacto con los otros mundos

Amad a toda la creación en conjunto y a cada uno de sus elementos: amad a cada hoja del ramaje, a cada rayo de luz, a los animales, a las plantas... Amando a las cosas comprenderéis el misterio divino de todas ellas. Y una vez comprendido, penetraréis en esta comprensión cada vez más. Y terminaréis por amar al mundo entero con un amor universal. Amad a los animales, ya que Dios les ha dado un principio de pensamiento y una alegría apacible. No los molestéis, no los atormentéis quitándoles esta alegría. Hombre, no hagas sentir tu superioridad a los animales, que no conocen el mal, mientras tú manchas la tierra, dejando a tus espaldas un rastro de podredumbre. Así proceden casi todos los hombres, por desgracia. Amad sobre todo a los niños, pues también ellos desconocen la corrupción, son como los ángeles. Están en el mundo para llegarnos al corazón y purificarlo. Son para nosotros como un aviso. ¡Maldito sea el que ofenda a estas criaturas! Conmoveos cuando estéis junto a ellos.

A veces, sobre todo en presencia del mal, nos preguntamos: «¿Hay que recurrir a la fuerza o a la humildad del amor?» Emplead siempre el amor: con él podréis dominar al mundo entero. El ser humano lleno de amor es una fuerza temible con la que ninguna otra se puede igualar. No os descuidéis en ningún momento de guardar una actitud digna. Suponed que pasáis por el lado de un niño presas de cólera y blasfemando. Vosotros no habéis visto al niño, pero él os ha visto a vosotros, y es muy probable que conserve el recuerdo de vuestra baja actitud. Sin saberlo habréis sembrado un mal germen en el alma de ese niño, un germen que puede desarrollarse, y todo por haber cometido un olvido ante ese muchacho, por no haber cultivado en vuestro ser el amor activo, hijo de la reflexión. Hermanos míos, el amor es un buen maestro, pero hay que saber adquirirlo, pues no se obtiene fácilmente, sino a costa de largos esfuerzos. Hay que amar no momentáneamente, sino hasta el fin. Hasta el más detestable malvado es capaz de sentir un amor circunstancial.

Mi hermano pedía perdón a los pájaros. Esto parece absurdo, pero tiene su lógica, pues todas las cosas se parecen al océano, donde todo resbala y se comunica. Se toca en un punto y el toque repercute en el otro extremo del mundo. Admitamos que sea una locura pedir perdón a los pájaros. Sin embargo, lo mismo los niños que los pájaros y que todos los animales que nos rodean vivirán más a sus anchas si vosotros os comportáis dignamente. Entonces rogaréis a los pájaros. Entregados enteramente al amor, en una especie de éxtasis, les pediréis que os perdonen a vosotros. Alabad este éxtasis, por muy absurdo que parezca a los hombres. Amigos míos, sed tan alegres como los niños, como los pájaros bajo el cielo. No permitáis que el mal obstruya vuestra acción; no temáis que empañe vuestra obra y os impida cumplirla. No digáis: «El mal, la impiedad, el mal ejemplo son poderosos, y nosotros, en cambio, somos débiles y estamos solos. El mal triunfará sobre el bien». No os descorazonéis.

Y no hay más que un medio de hallar la salvación: el de cargar con toda la malicia de los hombres. Desde el momento en que respondáis por todos y por todo, veréis que es justo que obréis así, ya que sois culpables por todos y por todo. En cambio, si arrojáis vuestra pereza y vuestra debilidad sobre vuestros semejantes, acabaréis por entregaros al orgullo y a la soberbia y os enfrentaréis al mundo y a su Creador. He aquí lo que yo pienso de este orgullo: es difícil comprenderlo, y por eso caemos en él tan fácil y erróneamente, creyendo que realizamos alguna obra noble e importante. Entre los sentimientos y los impulsos más violentos de nuestra naturaleza hay muchos que no comprendemos, pero no creas, hermano, que esto pueda servirte siempre de justificación, pues se te pedirá cuenta de todo lo que puedes comprender, aunque no se te pida de lo demás.

Vamos errantes por la tierra y somos ciegos para muchas cosas. En cambio, tenemos la sensación misteriosa del lazo de vida que nos liga al Espíritu. Las raíces de nuestras ideas y de nuestros sentimientos no están aquí, sino allí, en el Cielo. Por eso los filósofos dicen que en la tierra es imposible comprender la esencia de las cosas. Somos semillas de otro mundo que Dios ha sembrado aquí, para tener en la tierra su jardín. Lo ha formado con todo lo que podía crecer, pero nosotros somos plantas que sólo vivimos por la sensación del contacto con ese mundo, del que proviene nuestra ansia de plenitud. Cuando esta sensación se debilita o se extingue, lo que había brotado en nosotros perece. Llega un momento en que la vida nos es indiferente e incluso la miramos con aversión. Por lo menos, así me parece.

¿Podemos ser jueces de nuestros semejantes?

             Recuerda que no puedes ser juez de nadie, ya que, antes de juzgar a un criminal, quien juzga debe tener presente que él es tan criminal como el acusado, y tal vez más culpable de su crimen que todos. Cuando haya comprendido esto, podrá juzgar: es una gran verdad, por absurdo que parezca. Pues si yo soy un hombre justo, primero conmigo mismo, nadie será un criminal ante mí. Si puedes cargar con el crimen del acusado al que juzgas, hazlo inmediatamente, sufre por él y déjalo marcharse sin hacerle ningún reproche. Incluso si eres juez de profesión, haz todo lo posible por desempeñar tu cargo con este criterio, pues, una vez que se haya marchado, el culpable se condenará a sí mismo más severamente que podría hacerlo ningún tribunal de justicia. Si se va sin que tu conducta le haya producido efecto y burlándose de ti, no te desanimes: ese hombre obra así porque todavía no ha llegado para él el momento de la revelación; pero ya le llegará. En el caso contrario, el acusado comprenderá, sufrirá, se condenará a sí mismo: se le habrá revelado la verdad. Cree en esto firmemente: es la base de la esperanza y de la fe de los hombres y mujeres que irradian su luz en el mundo.

Que tu actividad sea continua. Si por la noche, antes de dormirte, te acuerdas de que has dejado de cumplir algún deber, levántate en el acto y cúmplelo. Si los que te rodean se niegan a oírte y se muestran irascibles, sírvelos en silencio y humildemente, sin perder jamás la esperanza. Si todos se apartan de ti y algunos te rechazan con violencia, permanece solo, arrodíllate, besa la tierra, riégala con tus lágrimas, aunque nadie te vea ni te oiga. Estas lágrimas darán fruto. Cree hasta el fin, incluso en el caso que fueses tú el único que permanecieras fiel. Y si te reúnes con otro hombre o con otra mujer como tú, obtendrás la plenitud del amor vivo. Daos entonces un fuerte abrazo y alabad a Dios por haberos permitido, aunque sólo a vosotros dos, cumplir la verdad de su palabra, como Jesucristo la cumplió.

Si los hombres permanecen insensibles a esta luz, a pesar de tus esfuerzos, y desprecian su propia salvación, mantente firme y no dudes del poder de la luz del Espíritu: puedes estar seguro de que si no se han salvado todavía, se salvarán en adelante. Y si no se salvan ellos, se salvarán sus hijos, pues la luz no se apaga nunca, ni aun después de tu muerte. El género humano rechaza a sus profetas, los aniquila, pero los hombres aman a sus mártires, veneran a quienes han dado muerte ellos mismos. Trabajas para la colectividad, obras para el porvenir. No busques recompensas, pues ya tienes una, y muy grande, en la tierra: tu alegría espiritual, de la que sólo pueden participar los justos. No temas a los grandes ni a los poderosos, no te excedas en nada; instrúyete sobre esto. Retírate a la soledad, prostérnate con amor y besa la tierra. Ama incansablemente, insaciablemente, a todos y a todo; procura alcanzar este éxtasis, esta exaltación. Riega la tierra con lágrimas de alegría y ama estas lágrimas. No te avergüences de este éxtasis, adóralo, pues es un gran don de Dios.

Reflexiones finales

¿Qué es el infierno? Yo lo defino como el sufrimiento de quien ya no puede amar habiendo podido hacerlo. En un punto, en un instante del espacio y del tiempo infinitos, un ser espiritual que existe en la tierra tiene la posibilidad de decirse: «Existo y amo». Sólo por una vez se le ha concedido un momento de amor activo y viviente. Para este fin se le ha dado la vida terrestre, de tiempo limitado. Pues bien, este ser feliz ha rechazado este inestimable don; ni le da valor ni lo mira con afecto: lo observa irónicamente y permanece insensible ante él.

Este ser, cuando deja la tierra, contempla el paraíso y puede elevarse hasta Dios. Pero le atormenta la idea de llegar sin haber amado, de entrar en contacto con los que han prodigado su amor, habiéndolo él desdeñado. Ahora ve las cosas claramente y se dice: «En este momento poseo la clarividencia y comprendo que, pese a mi sed de amor, mi amor sería hueco, no tendría valor alguno, ya que no representaría ningún sacrificio por haber terminado mi vida terrestre. Nadie puede calmar, ni siquiera con una gota de agua, mi sed ardiente de amor espiritual, este amor que ahora me abrasa, después de haberlo desdeñado en la tierra. La vida y el tiempo han terminado. Ahora daría de buena gana mi vida por los demás, pero esto es imposible, pues la vida que yo quisiera sacrificar al amor ya ha pasado y entre ella y mi existencia actual hay un abismo».

Me parece, hermanos y amigos, que no he expresado claramente estos pensamientos. Pero malditos sean aquellos que se han destruido a sí mismos, malditos sean esos suicidas. No creo que haya seres más desdichados que ellos. Toda mi vida he rogado desde el fondo de mi corazón por esos infortunados, y sigo haciéndolo todavía.

En el infierno hay seres que permanecen altivos y hostiles a pesar de haber adquirido la claridad de pensamiento y de tener ante sus ojos la verdad incontestable. Algunos de ellos son verdaderos monstruos entregados enteramente a su orgullo, mártires voluntarios que no se sacian de infierno, que se han maldecido a sí mismos, por haber maldecido a Dios y a la vida. Se alimentan de su feroz soberbia, como el hambriento caminante del desierto se bebe su propia sangre. Pero son y serán siempre insaciables y rechazan el perdón. Maldicen y querrían que Dios y toda su Creación desaparecieran. Arderán eternamente en el incendio de su cólera y siempre tendrán sed de muerte y de exterminio...

El fin de Zósimo sobrevino inesperadamente, pues, aunque todos los que estaban con él se daban cuenta de que se acercaba su fin, nadie se podía imaginar que muriera tan repentinamente. Por el contrario, viéndole tan animado, tan locuaz, creyeron en una notable mejoría, aunque fuese pasajera. Cinco minutos antes de su muerte, nadie podía prever lo que iba a ocurrir. Sintió de pronto un dolor agudo en el pecho y se llevó las manos a él. Todos se apresuraron a socorrerlo. Sonriendo a pesar de su dolor, se deslizó de su sillón, quedó de rodillas y se inclinó hasta tocar el suelo con la frente. Después, como en éxtasis, abrió los brazos, besó la tierra murmurando una oración y entregó su alma a Dios alegremente, dulcemente...

La noticia de su muerte se extendió con gran rapidez. Los íntimos del difunto lo amortajaron de acuerdo con los ritos tradicionales. La comunidad se reunió en la iglesia. Antes de la salida del sol, la nueva llegó a la ciudad y fue el tema de todas las conversaciones. Gran número de vecinos acudió a su entierro.

sábado, 29 de octubre de 2011

UN LIBRO MUY INTERESANTE SOBRE EL AMOR


Juan José Pérez-Soba, El amor: introducción a un misterio. BAC, Madrid, 2011.

Acabo de terminar este libro sobre el amor, una actividad propia de la voluntad, la cual, junto con la inteligencia, son las dos facultades del alma humana. Su lectura me ha desvelado algunos de los misterios de esta sublime experiencia humana que concentra gran parte de nuestra energía vital. Es un libro bien escrito y profundo, que exige una lectura pausada y tranquila poder sacarle provecho.

El efecto que ha tenido sobre mí la lectura de su Primera Parte, en el que se trata sobre la luz del amor en sí misma y su estructura básica, está marcado por las angustias y ansiedades que pasé mientras trabajaba en mi tesis doctoral sobre la “autonomía moral” del ciudadano en relación con las intromisiones de la legislación del Estado en su vida privada. Estas intromisiones se refieren, por ejemplo, a la obligación de llevar puesto el cinturón de seguridad cuando conduzco, con la finalidad supuestamente benéfica de favorecer mi seguridad personal. O, como ocurre en otros países, a la obligación de tener que esperar un plazo (cooling period) antes de autorizar un divorcio o un aborto, para que las partes puedan repensar mejor continuar adelante con decisiones tan graves.

En aquella época estudié las condiciones de la acción de un agente autónomo, y, para ello, me adentré en la estructura de la deliberación previa a la acción, según los distintos “niveles de preferencias” (por ejemplo en el caso de que quiera al mismo tiempo fumar y dejar de fumar, o comer y no engordar) y la consideración de las “razones” que tengo para actuar, como elementos del razonamiento práctico conducente a la acción. Para ello seguí a autores ingleses y norteamericanos principalmente, que cultivaban la corriente denominada “filosofía analítica”.

Pasé no pocas angustias y ansiedades porque, si bien pude comprender enseguida, y sentirme cómodo estudiando el elemento cognitivo, la deliberación previa a la acción, por ningún lado encontraba el elemento volitivo en la acción, hasta el punto de llegar a pensar, inducido por algunos autores encuadrados dentro de la corriente de pensamiento que he mencionado, que la potencia voluntaria no era más que una ficción. No veía otra “iluminación” en la acción intencional (voluntaria) que la que proporcionaba la inteligencia mediante un razonamiento práctico conclusivo, respecto al cual la acción se me mostraba como un resultado meramente consecuencial(1).

El asunto comenzó a cambiar cuando en la edición en español de After Virtue de Alasdair MacIntire, sentado en el césped a la vera de la Facultad de Derecho, leí que “el ‘bien’ o  ‘lo bueno’ es aquello a lo que el ser humano característicamente tiende”(2). Y se fue aclarando más adelante, cuando en el conocido ensayo Intention de G.E.M. Anscombre, se dice que “la característica del conocimiento práctico es que el objeto querido se encuentra a cierta distancia de la acción inmediata para lograrlo”(3). Ello, junto con el análisis del doble conocimiento, inferencial o por observación, y otro sin observación de la acción que realizo(4), fue abriendo mi mente a la comprensión del elemento orético que preside la acción de un individuo “autónomo”, y que, en cuanto acción autónoma, habría de ser refractaria a cualquier “intervención paternalista” del Estado.

Con la lectura del libro del Prof. Pérez-Soba sobre el misterio del amor, todo el trastorno que me provocó el esquematismo analítico en la investigación sobre la acción, que ya casi había olvidado, se convirtió en paz y esperanza, pues he podido ahondar en la comprensión del agente como criatura de Dios, es decir, que su entidad no se agota por su pertenencia a una clase de seres, como es la especie humana, sino que su identidad constituye una “novedad” irreductible a cualquier categorización, que se experimenta íntimamente como un don de lo “absolutamente Otro”, del mysterium tremedum et fascinosum del que habla Rodolfo Otto en su ya clásico libro Lo Santo(5). Así, dice Santo Tomás que “el amor es por su misma esencia el Don Originario del que derivan naturalmente los demás dones”(6). El Prof. Pérez-Soba, comentando a San Agustín, resalta la importancia de dar el “paso de centrar el amor en el movimiento, al ser, que es el principio del movimiento”, con lo que el amor se constituye en “un principio anterior a nuestra conciencia, que está presente en cualquier acto y, al mismo tiempo, permite comprender la ambigüedad con la cual el hombre vive el amor como una fuerza que le puede conducir a lo mejor o a lo peor”  (pp. 45-46).

Con este presupuesto, se entiende que la voluntad, concentrada en la “decisión” como su operación propia, con el “hacer” consecuente, distancie la acción del objeto querido, según la cita de Anscombe que he transcrito antes, puesto que apunta siempre a un “querer más” que no se consuma en presente(7). Toda decisión particular surge, en último término, como un acto del tender radical de la persona, la “fuerza” del amor, como lo llama el Prof. Pérez-Soba, que es reclamada en su origen como criatura del Amor Increado.

La decisión particular no consuma esta tendencia radical al apropiarse de su objeto, como ocurre con el acto de conocer(8), pues se aboliría respecto a él, sino que involucra reflexivamente al sujeto en los mismos términos del acto de querer, separándose de él, a la vez que ilumina al que quiere, forjando su identidad según la realidad “querida”. En la pág. 49 del libro se dice que “esta unidad de la persona con algo distinto de sí permite percibir un nuevo modo de aproximarse a la constitución del acto humano por encima de la divergencia ‘objeto-sujeto’, que es propia de la inteligencia. Se nos abre la posibilidad de una nueva luz”. Una nueva luz “con un alcance de indudable valor personal desde un inicio, que solo el amor puede revelar al hombre y en el que se manifiesta su mayor originalidad” (p. 29). Y más adelante se dice que “la originalidad de esta unión afectiva es, pues, de tal contenido antropológico, que ha de decirse que existe una ‘verdad del afecto’ que permanece como una guía interna de cualquier acción humana” (p. 53). Y yo digo, ¿qué mayor verdad del afecto que la del enamoramiento, si es correspondido, por el cual un sujeto se constituye en “otro” para otra persona, según una “dinámica donal” de entrega y servicio que retroalimenta recíprocamente el ser de quienes se aman, sin detrimento de la alteridad, provocando “una cierta transformación en el amante” (pág. 52);  o la verdad sublime de la unión mística de quienes tienen la fortuna de recibir y vivir respirando el soplo del Espíritu Santo?

Esta nueva luz es, a mi juicio, la asistencia del íntimo fondo del hombre/mujer a su querer, que ratifica una dinámica ascendente de perfección en el propio ser, o reclama rectificar(9), y, que, en cuanto luz o “iluminación”, constituye la guía eminente de la moralidad del acto humano, según sea su adecuación a la naturaleza que le es propia y su correspondencia obediente al don recibido del Amor Increado. Cito otra vez a nuestro autor cuando dice: “La creación no es un escenario bello sin más, donde colocar las realidades creadas con un orden, sino que en su dinámica tiende a una perfección hacia la que se mueven íntimamente todas las criaturas (…) de la consabida escala de seres que se nos aparecen de un modo creciente hasta terminar en la ‘imagen y semejanza’ (Gén 1, 26) que es el hombre” (pp. 44-45).

La mirada “interna” del amor supera, y es capaz de integrar la dicotomía excluyente en la que oscilan las propuestas éticas de la modernidad, a las que se alude en el Cap. I del libro: a) La consideración del “deber” que fundamenta la norma, como único principio de moralidad, considerado como un mero “dato” de conciencia, y b) La “utilidad”, como bien cuantificable desde fuera, con independencia de la experiencia del agente, con la que se justifica el curso de la acción. Como se dice en la  pág. XVII del libro del Prof. Pérez-Soba, “el amor es una guía fundamental para poder discernir con sabiduría el valor definitivo de todo lo que se vive”. La ética del amor logra integrar la norma como conformidad con la naturaleza y el bien como dinámica de perfeccionamiento vinculada a la felicidad personal.

El amor revela que la “justicia” ha de ser completada por la “piedad”, entendida como disposición de ser “otro” para los “otros”, para poder fundamentar cualquier grado de vinculación social. En el amor arraiga la fraternidad genuina, generadora de un bien que es fruto del encuentro amoroso, y que existe en cuanto es “común”. De él se alimenta el bien individual(10). Sin la piedad el encuentro se transmuta en intercambio y el don en interés, con base una ficticia fraternidad revolucionaria que, inevitablemente, degenera en conflicto. La constatación de que nos seguimos amando, aunque sea sin la universalidad que exige la profundidad del amor de un Padre común, desvelada en este libro, es la prueba de que el mundo sigue “encantado”, y que a pesar de Max Weber, el reino de lo invisible no está definitivamente agotado(11).

Antes de concluir quisiera mencionar una cierta inquietud por la determinación con que se prescinde en el libro del Prof. Pérez-Soba de la terminología al uso en el estudio de las cuestiones referentes a la operación propia de la voluntad, reconduciendo el análisis al uso analógico del término “amor”, lleno de carga emocional, o “afecto”, términos que adolecen de una extensión en su significado que va en detrimento de su intensión. Así, si no me equivoco, la clásica categoría de la voluntas ut natura, no aparece mencionada más que una vez en la p. 55, o el empleo del término “acción” en lugar del uso activo, o la misma decisión, como acto propio de la voluntad, de la cual se dice textualmente que “su acto propio es, precisamente, el amor” (p. 54). Tampoco se aprecia un análisis de la noción de facultad, como potencia del alma que, en el caso de la voluntad, se actualiza con el querer. Creo que ensayar con la terminología filosófica más reciente, con escasa referencia a la ya consolidada, y sin dejar de lado la vulgarizada, puede dificultar el estudio de una realidad como el amor, en la que está comprometido el ser sin restricción, y arriesgar que la investigación sea, según la máxima agustiniana, un  magni passus sed extra viam(12).

Finalmente, me pregunto si en la futura sistemática de una “teología del amor”, que en el libro se anuncia en la pág. 63, se aludirá a su culminación, con la posesión de Dios en la vida futura, Verdad suprema y Bien absoluto, como corresponde a la profundidad del espíritu humano que se manifiesta en esta vida con la experiencia amorosa. Esta culminación tradicionalmente se estudia bajo la denominación de los “novísimos”, en los que se incluyen la muerte y el juicio, el infierno, el purgatorio y la vida eterna en el Cielo llena de plenitud y frescor siempre nuevo(13).


NOTAS:

(1) "La forma en que se suele dar cuenta de la noción de <motivo> (o <razón> en sentido explicativo), (...) consiste en describirlo como una combinación de creencias y deseos. (...) Se da por sentado que su significado es claro: se supone que cuando una persona actúa intencionalmente lo que sucede, a grandes rasgos, es que valora positivamente cierto estado de cosas, cree que cierta acción producirá o promoverá dicho estado de cosas y por lo tanto actúa" BAYON, J.C.: La normatividad del derecho: deber jurídico y razones para la acción, Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1991, pp. 47-48.
(2) MACINTYRE, A.: Tras la virtud, Editorial Crítica, Barcelona, 1987, p. 187.
(3) ANSCOMBE, G.E.M.: Intención, Paidos, Barcelona, 1991, p. p. 138.
(4) "Por un lado, no puedo tener un conocimiento no inferencial de mi acción de mover el brazo si no siento, o de otra forma observo, que se mueve. Pero la observación sólo me da un conocimiento de mi brazo moviéndose, no de mi acción  pues resulta extraño decir que estoy observando mi propia acción. Por otro lado, defender un conocimiento no observacional de mi acción también es extraño, puesto que el moverse de mi brazo requiere un conocimiento observacional de que se mueve. Por lo tanto el conocimiento de mi acción no es ni uno ni otro solamente". ODEGARD, D.: "Volition and Action", en American Philosophical Quarterly, 25 (1988), n.2, p.146.
(5) OTTO, R.: Lo Santo. Los racional y lo irracional en la idea de Dios, Revista de Occidente, Madrid, 1975.
(6) S. Th. I, 38, 2, resp. Cita tomada del texto del Card. Joseph Ratzinger: El hombre entre la reproducción y la creación. http://capellania.unisabana.edu.co/controversias/ratzinger1.pdf (27/10/2011).
(7) Como dice el Maestro Eckart , se vive para vivir: Puedes interrogar a la vida misma durante mil años con esta pregunta : ¿”Por qué vives”? Y la única respuesta que siempre obtendrías sería “vivo para vivir” ¿Por qué sucede esto? Porque la vida proviene de su propio fundamento y surge de sí misma. Por lo tanto, la vida vive sin una razón; la vida vive para sí misma”. Sermón nº 58.
(8) “Querer es una operación cuyo objeto es extrínseco a la facultad volitiva, mientras que entender es una cierta posesión cuyo objeto es intrínseco a la facultad intelectiva”. MILLÁN-PUELLES, A.: Fundamentos de filosofía, Rialp, Madrid, 1958, p. 375.
(9) En su Sermón XX el Maestro Eckart escribe: “La chispita del alma, que fue creada por Dios y es una luz impresa desde arriba y una imagen de la naturaleza divina”, a lo que añade: “Dice San Agustín que la chispita está más adentrada en la verdad quetodo cuanto el hombre pueda aprender”. En otro de estos sermones le da el nombre de boca del alma: “Ahí el Padre engendra a su Hijo en el alma, y ahí le habla a ella”. MEISTER ECKART: Tratados y semones, trad. Castellana de Ilse M. de Brugger, Varcelona, Edhasa, 1983, pp. 438 y 699.
(10) Se podría decir que el individuo es a la comunidad como la letra es a la palabra.
(11) GAUCHET, M.: El desencantamiento del mundo. Una historia política de la religión, Trotta, Madrid, 2005, p.9.
(12) “El hombre no está preso en el gabinete de espejos de las interpretaciones; él puede y debe irrumpir hacia lo real, que se halla detrás de las palabras y que a él se le muestra en las palabras y por medio de ellas”. RATZINGER, J.: Fe, verdad y tolerancia, Sígueme, Salamanca, 2005, p. 165.
(13) GARRIGOU-LAGRANGE, R.: La vida eterna y la profundidad del alma, Rialp, Madrid, 1950.