domingo, 6 de octubre de 2013
martes, 24 de septiembre de 2013
Fumarse un puro
Yo creo que nadie jamás se ha fumado un puro con el empaque de Edward G. Robinson, nadie sostuvo jamás un veguero con esa elegancia criminal con que echaba humo entre los dedos.
Robinson bordaba todos los papeles pero el de gángster era su especialidad hasta el punto de que tenía una cara en libertad condicional, unos ojos en defensa propia y un rictus de cadena perpetua. Podías pedirle que hiciera cualquier cosa, de enamorado, de policía, de agente seguros, de marido panoli, pero lo pusieras donde lo pusieras siempre parecía que le faltaba el sombrero ladeado, el habano y la pistola, hasta el punto de que los gángsters de la prohibición empezaron a imitarlo a él, igual que cuando en los años setenta los capos se metían algodones en las mandíbulas y hablaban con la tracción ronca de Vito Corleone.
La mirada de Robinson era como el culo de Marilyn, el andar patizambo de John Wayne o el busto continental de Sofia Loren: un icono del cine. La sacaba encajonada entre el ropaje de unos párpados tristes y el almohadón morado de las ojeras, y asomaba como el cañón de un revólver, que más que mirar, parecía que apuntaba, que disparaba con ella. Más abajo se desplegaba una boca enorme, fea, piscícola, de labios extrañamente sensuales que sujetaban el puro con la lenta cadencia de las palabras prohibidas.
En Cayo Largo, Edward G. Robinson se fumó el habano más canalla del mundo desnudo en una bañera, como si fuese un cangrejo que hubiese salido un momento de la concha para tomar un baño. Y en la partida de cartas más larga y emocionante de la historia daba una lección no sólo de jugar al póquer sino de cómo fumarse un puro sin dejar apreciar por un segundo ni el brillo del farol ni la luz del mechero. Cada vez que veo esa película, El rey del juego, me sorprende el final del envite y se me queda la misma expresión estúpida que a Steve McQueen, algo entre la admiración y el desamparo, entre la maravilla y el luto.
Texto de David Torres
viernes, 30 de agosto de 2013
Discurso de mi amigo Ramiro a su familia en su 53 cumpleaños
Dejad que os
exprese lo que me habéis hecho sentir reuniéndoos aquí para celebrar mi 53
cumpleaños. Lo primero que me viene a la cabeza es el recuerdo de cuando no os
conocía a ninguno de vosotros, hace 25 o 30 años, en los que yo era solo un Ramirito que vivía entre otros individuos, en una sociedad anónima, intentando abrirme
un futuro profesional en el cual poder vivir con cierta estabilidad y
complacencia en mi trabajo. Esa era mi identidad entonces, ser hijo de mis
padres y el trabajo, salpicado de unas pocas amistades fuertes entre el ir y
venir de los conocidos que iba encontrando según las “pomadas” que frecuentaba.
Ahora, después de esos 25 o 30 años, viéndoos aquí conmigo,
me he dado cuenta de que mi identidad se ha transformado radicalmente, y que
aquél Ramiro solitario se ha transformado en la suma de todos los que estáis
aquí. Todo empezó cuando conocí a Pepiña, una mujer que en poco tiempo empezó a
desvelarme lo más profundo de su corazón, y mostrar su complacencia estando
solo conmigo. Está novedad me pareció como si hubiera descubierto el sol, y por
eso a partir de entonces mandaba huebos cultivarla, aún a costa de mi trabajo o
de cualquier otra obligación, pues no dejaba de crecer, iluminando y dándome un
calor que me recordaba al familiar, aunque fuera de muy distinta radiación. Y
fijaros si creció que, cultivándola, después de unas cuantas cosechas, fuisteis
apareciendo, sucesivamente, María, Paula, Carmen y Javier, multiplicando y reforzando la
insospechada novedad que, no sé si por azar o por designio de Dios, había
encontrado cuando conocí a vuestra madre. La verdad es que esto fue complicando
un poco el asunto, y a aquella luz y calor inicial se añadió el sudor. Pero ese
sudor, misteriosamente, ha sido hasta ahora un sudor “mágico”, porque ha ido disminuyendo
la escasa identidad que quedaba de aquel Ramiro solitario que se encontró con Pepiña,
hasta casi anularla por completo.
Por eso os he dicho que ahora me veo como la suma de todos
vosotros, y de las pocas amistades fuertes que me quedan después de todos estos
años. Y cuando a veces vuelvo a mi antigua identidad, al irme de viaje
profesional, aunque me libere un poco del sudor, no tengo más remedio que
volver a él sin dilación, porque sólo en él encuentro el calor y la luz
espléndida y abundante con la que un día me ilumino esta mujer que está ahora aquí, conmigo.
Pues esto es lo que me habéis hecho sentir con esta
celebración, que os agradezco de corazón, porque si ahora soy algo, ese algo es
la suma de todos vosotros, y eso verdaderamente es mucho más de lo que merezco.
Os quiere,
Vuestro papi, Ramiro.
domingo, 18 de agosto de 2013
¿Qué es la metanoia?
Así describe la metanioa Olivier Clément en una conferencia a los monjes de la Abadía de Tamie (Saboya) el 29 de mayo de 1970.
En nuestra
época la asfixia espiritual del hombre se inscribe masivamente en la Historia.
En la historia política es en donde se coloca la sed de absoluto de tantos
seres que buscan el sentido de su vida en medio de la desintegración de la
materia y la destrucción de lo que los rodea.
“Este mundo”, decía Isaac el
Sirio, no el mundo de Dios sino la ilusión de los hombres, “este mundo es una
expresión que engloba aquello que llamamos las pasiones”. Las “pasiones” en
el sentido ascético, son la desnaturalización de ese impulso de adoración que
constituye la naturaleza profunda del hombre. Si ese impulso no encuentra en
Dios su cumplimiento, irá a devastar las realidades contingentes,
idolatrándolas y odiándolas simultáneamente, pues espera de ellas la revelación
de lo absoluto, que no pueden aportarle duraderamente (pues todo tiene sabor de
absoluto, pero para ser salvado, no para salvar).
“Este mundo”, decía Isaac el
Sirio, no el mundo de Dios sino la ilusión de los hombres, “este mundo es una
expresión que engloba aquello que llamamos las pasiones”. Las “pasiones” en
el sentido ascético, son la desnaturalización de ese impulso de adoración que
constituye la naturaleza profunda del hombre. Si ese impulso no encuentra en
Dios su cumplimiento, irá a devastar las realidades contingentes,
idolatrándolas y odiándolas simultáneamente, pues espera de ellas la revelación
de lo absoluto, que no pueden aportarle duraderamente (pues todo tiene sabor de
absoluto, pero para ser salvado, no para salvar).
El hombre quiere esperarlo todo
de una clase, de una nación, de una ideología, del arte, del amor humano.
Quiere olvidar la nada que actualmente lo sumerge todo, ampliando su prisión
por la voluntad de poder, por una ternura desesperada, las drogas, las técnicas
de éxtasis. Se desplaza furiosamente en la inmanencia, cambiando de tierra
prometida, terminando por gritar ¡Viva la muerte!, desdoblándose,
disgregándose, en un juego fatal de espejos, hasta que surja, como en las
novelas de Dostoievski, el alter ego diabólico, el “doble” luciferino. El
hombre se convierte en “idólatra de sí mismo”, dice Andrés de Creta en su
canon penitencial, y en el fondo de esta idolatría, está el odio de sí, la
nostalgia del aniquilamiento, el vértigo helado del suicida. Es lo que Máximo
el Confesor llama la philautia,
principio y madre de todas las pasiones, que es, traduce Vladimir Lossky,
ipseité luciferina, replegamiento del mundo y de los otros hacia sí, curvatura
del mundo alrededor de sí, dilatación de la propia finitud en la inmanencia,
hasta que el odio y la muerte tengan la última palabra. Ciclos sin fin de
deseo, o Eros ligado en parte con Thanatos. Impulso de ser que hace surgir la
nada. Título banal de la crónica judiciaria: “La amaba demasiado y la
asesiné”.
La metanoia es la revolución
copernicana por la que tomo conciencia de que el mundo gira, no ya alrededor
mío y de la nada, sino de Dios-Amor, del Dios hecho hombre, que me pide y al
mismo tiempo hace posible que “ame al prójimo como a mí mismo”. La metanoia me
hace tomar conciencia de las ramificaciones del árbol de la nada, en mi propia
vida como en la historia íntegra de los hombres. No se trata de una
culpabilización mórbida alrededor de una concepción fariséica del pecado, sino
de una toma de conciencia de ese estado de separación, de “vida muerta”, de
exacerbación de la nada, estado en el cual somos realmente “culpables por todo
y por todos”.
Entonces comprendo lo que han
sido, en todo su insospechado alcance, mis verdaderos pecados. Entonces
también el arrepentimiento precede al pecado, un pecado que, probablemente, no
será cometido materialmente jamás. Basta pensar en las palabras de Cristo
cuando se le lleva a la mujer sorprendida en flagrante delito de adulterio, a
quien la ley ordena lapidar: “Que aquellos que jamás pecaron arrojen la primera
piedra”. Y todos se alejaron. Cristo ha recordado simplemente la universalidad
de ese estado de separación que se encontraba de algún modo concentrado en el
destino de esa mujer. La metanoia desaloja a las potencias deífugas, el “doble”
demoníaco, del “abismo” del corazón, obligando a los demonios a objetivarse
haciéndolos exteriores y aplastándolos por la fuerza de Cristo vencedor de su
“príncipe”, por la fuerza del principio triunfador sobre el infierno y la muerte.
viernes, 26 de julio de 2013
HABLADORES Y PALABREROS
Saliendo
de Málaga, me paré entre aquellos naranjos y limoneros, cuya fragancia de olor
con gran suavidad conforta el corazón; y púseme a mirar y considerar la
excelencia de aquella población que así por la influencia del cielo, como por
el sitio de la tierra, excede a todas las de Europa. Y estando en esta
contemplación, vi venir hacia mí una cosa que parecía hombre sobre una mula
hablando entre sí a solas, con un movimiento de brazos, meneo de rostro y alteración de voz, como si fuera hablando con alguna docena de
caminantes. Volví la rienda a mi macho, picándole con toda la priesa posible,
antes que pudiese llegar a mí, porque le conocí la enfermedad; que para huir de
un hablador de estos querría tener, no solamente pies de galgo, sino alas de
paloma.
Que la
locuacidad, fuera de ser enfadosa y cansada,
descubre fácilmente la flaqueza del entendimiento, suena como vaso vacío de
substancia, y manifiesta la poca prudencia del sujeto, y tiene tan
buena gracia con las gentes, que jamás son creídos en cosas que digan, porque
aunque sea verdad, va tan derramada, ahogada y desconocida entre tantas
palabras, como el olor de una rosa entre muchas matas de ruda. Son estos
habladores como el helecho, que ni da flor ni fruta: son el raudal de un
molino, que a todos los deja sordos y siempre él
está corriendo. No hay toro suelto en el coso que tanto me haga huir como un palabrero
de estos, y en resolución no hay buen rato en ellos
sino cuando duermen.
Así me
sucedió en éste, que por mucha priesa que me di a huir, me alcanzó y saludó como
el verdugo por las espaldas, y apenas le
hube respondido, cuando me preguntó adónde iba, y de dónde
era. A lo primero le respondí, mas a lo segundo no me dio lugar a que le
respondiese, y prosiguiendo me dijo:
-Pregunto de dónde es vuesa merced porque
yo soy del reino de Murcia, aunque mis padres fueron montañeses, de un linaje
que llaman los Collados.
Este buen hombre, jugando de una y otra mano, y arqueando
las cejas, que tenía grandes, con dos rayas entre ellas profundas, ojos aunque
no pequeños, cerrados siempre que hablaba, como si con los ojos se oyera, y todo el rostro acabronado, quiero decir, libre, alto y
desvergonzado; dijo mil disparates, a que yo nunca estuve atento, porque le
conocí luego. Contó valentías suyas, a las cuales yo estuve tan atento, como a
todo lo demás, de suerte que nunca me dio lugar para responderle a lo que me había
preguntado, hasta que habiendo andado dos leguas, como de tanto hablar había
gastado la humedad del cerebro, labios y lengua, en
una venta que llaman del Pilarejo, pidió un jarro de agua, y en
comenzando a beber le respondí a su pregunta, diciendo:
-De Ronda.
Quitóse el jarro de la boca, y díjome:
-Huélgome, porque voy hacia
allá, de llevar tan buena compañía.
Tomó el jarro a la boca, y mientras
acabó de beber, le dije:
-Antes es la peor del mundo,
porque no hablaré palabra en todo el camino.
-¿Esa virtud del silencio, dijo, tiene
vuesa merced? Será prudente y estimado de
todo el mundo, que del poco hablar se conoce la prudencia de los sabios. Yo no
soy amigo de hablar: cuando dan tormento a alguno si no habla ni confiesa, lo
tienen por valeroso, por haber callado lo que le había de dañar. En un
banquete, los callados comen más y mejor que
los otros, y hablan menos, porque oveja que bala
bocado pierde, aunque yo no soy amigo de hablar. El sueño tan importante para
la salud y vida, ha de ser con silencio. Cuando uno
está escondido, como suele suceder, en casa ajena, por callar se salva, aunque
se le salga algún estornudo. Que el silencio es virtud sin trabajo, que no es
menester cansarse con libros para callar. El callado está notando lo que los otros
hablan, para echárselo después en cara. Yo no soy amigo de hablar.
Con estos disparates y otros tan
materiales, iba alabando el silencio, y cansándome a
mí y prosiguiendo con su inclinación, dijo: Yo
no soy amigo de hablar, sino por entretener en el camino a vuesa merced, que me
parece hombre principal, voy aliviando el cansancio. (...)
Con esto
pude disimular, y sufrir algún tanto la gotera y continuación
de este impertinente hablador, hasta que llegamos a una venta, donde fue
forzoso comer. En acabando yo me hice enfermo, por quedarme sin él, mas él
dijo:
-Juntos salimos de Málaga, juntos habernos
de llegar a Ronda.
Como yo
escoltándole callaba y él hablaba cuanto quería, le parecí bien para compañía.
Vime cansado, atajado y molido; porque aunque confieso de mí que sé usar de la
paciencia en muchas cosas, sé que no la tengo para oír hablar mucho y
prolijamente, y así me determiné a usar del remedio contra los habladores, que es hablar más que ellos.
__________________________________________
Vicente
Espinel, en Relaciones de la vida del
escudero Marcos de Obregón.
sábado, 13 de julio de 2013
La oración de Jesús*
El Oriente bizantino
designó con el término de “oración de Jesús” toda la invocación centrada en el
nombre mismo del Salvador. Esta invocación revistió formas diversas, en las que
el nombre era empleado solo o inserto en fórmulas más o menos desarrolladas.
Corresponde a cada uno determinar “su” propia forma de invocación del nombre.
Una cristalización se operó en Oriente de la fórmula: “Señor Jesucristo, Hijo
de Dios, ten piedad de mí, pecador”, pero esta fórmula no ha sido, ni es la única.
En el sentido bizantino, es auténticamente “oración de Jesús” toda invocación
repetida en la que el nombre de Jesús constituye el corazón y la fuerza. Se
puede decir, por ejemplo: “Jesucristo” o “Señor Jesús”. La fórmula más antigua,
la más simple y la más fácil es la palabra “Jesús” empleada sola.
Ese modo de oración puede ser
pronunciado o solamente pensado. Se
encuentra, por consiguiente en el límite entre la oración vocal y la mental, y
también entre la oración meditativa y la oración contemplativa. Puede ser
practicada en todo tiempo, en todo lugar, iglesia, habitación, calle,
escritorio, taller, etc. Se puede repetir el nombre mientras se camina. Los
principiantes harán sin embargo bien en sujetarse a una cierta regularidad en
esta práctica, elegir las horas fijas y lugares solitarios. Ese entrenamiento
sistemático no excluye por otra parte el uso paralelo y enteramente libre de la
invocación del nombre.
Antes de pronunciar el nombre de
Jesús, es necesario intentar colocarse a sí mismo en estado de paz y
recogimiento, luego implorar la ayuda del Espíritu Santo, único medio de poder “decir
que Jesús es el Señor” (I. Cor. 12, 3). Todo otro preliminar es superfluo. Del
mismo modo que, para nadar es necesario arrojarse al agua, así es necesario, de
un solo golpe, arrojarse en el nombre de
Jesús. Habiendo sido pronunciado ese nombre una primera vez con adoración
amante, resta sólo dedicarse a ello, ligarse, repetirlo lentamente, dulcemente,
tranquilamente. Sería un error querer “forzar” esta oración, inflar
interiormente la voz, buscar la intensidad y la emoción.
Cuando Dios se manifestó al profeta
Elías, no fue ni en la tempestad, ni en el temblor de la tierra, ni en el
fuego, sino más bien en el calmo murmullo en que sucedió (I. Reyes, 19). Se
trata de concentrar poco a poco todo nuestro ser alrededor del nombre y dejar que éste, como una mancha de aceite,
penetre e impregne silenciosamente nuestra alma. En el acto de invocación
del nombre, no es necesario repetir este último de manera continua. El nombre
pronunciado puede “prolongarse” en los minutos de reposo, de silencio, de
atención puramente interior: tal como un pájaro alterna el batido de alas y el
vuelo planeando. Toda tensión, toda prisa, deben ser evitadas. Si sobreviene la
fatiga, es necesario interrumpir la invocación y retomarla simplemente cuando
uno se siente dispuesto. El fin a alcanzar es, no una repetición literal
constante sino una especie de latencia y de aquiescencia del nombre de Jesús en
nuestro corazón, y que se rechace
toda sensualidad espiritual, toda búsqueda de la emoción: “Duermo, pero mi corazón
vela” (Cant. 5,2).
Sin duda es natural que esperemos
obtener resultados de algún modo tangibles, que queramos al menos tocar la
franja de la vestimenta del Salvador y no dejarlo ir hasta que nos haya
bendecido; pero no pensemos que una hora en la que hayamos invocado el nombre
sin “sentir” nada, permaneciendo aparentemente fríos y secos, haya sido una
hora perdida e infecunda. Esa invocación que pensamos que ha sido estéril, será
por el contrario muy aceptable para Dios, porque es químicamente pura; se
puede decir así, puesto que está despojada de toda preocupación de delicias
espirituales y reducida a una ofrenda de la voluntad desnuda. Por otra parte,
en su graciosa misericordia, el Salvador envuelve a menudo su nombre con una
atmósfera de alegría, de calor y de luz: “Tu nombre es un perfume expandido...
Atráeme” (Cant. 1, 3-4).
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____________________________________________
(*) Un monje de la Iglesia de Oriente: La oración del corazón, ed. Lumen, Buenos Aires, 1981, pp.71-72.
viernes, 12 de julio de 2013
Comentario al libro de un amigo y el "déficit" de la philosophia perennis
La innovación educativa pendiente: formar personas. BARRIO, J.M., Erasmus Ediciones, Barcelona, 2013.
(Éste texto también se puede leer AQUÍ)
Después de leer el libro en cuatro o cinco
tragos, y dejado pasar un “cooling period”, que es la denominación inglesa del
periodo de prudente enfriamiento para decantar cualquier determinación, la
impresión inicial es muy favorable en el aspecto de su redacción, su claridad
expositiva, su recurso a fuentes relevantes, y por el tratamiento de los
conceptos nucleares de una idea de educación, concebida como “conocer a las
personas y ayudarlas a crecer” (p.15). En este sentido, sinceramente tengo que
decir que he disfrutado durante la lectura, he refrescado viejas categorías y
conceptos, y equilibrado su importancia, tanto en relación con una propuesta
filosóficamente bien fundada del significado de educación, como en relación con
los errores de quienes sostienen un significado torcido. Con una metáfora,
podría decir que la lectura del libro ha sido como asistir a la interpretación
de una pieza musical ya consagrada por la historia de la música, o volver a ver
la película que marcó un cambio de época en el cine, y que el Prof. Barrio
hubiese sido un gran intérprete o un gran cineasta, si hubieran sido éstos los
ámbitos de su dedicación profesional.
Sin embargo,
paralelamente al gozo que me ha proporcionado la lectura del libro, en lo
profundo me late una cierta decepción, como si fuera una tentación a toda luz
perversa, que no acabo de sofocar. Este sentimiento creo que se debe a que el
trabajo adolece de la falta de originalidad que se espera de un pensador de la
categoría de José María Barrio, como lo demuestran sus publicaciones y en sus
reiteradas intervenciones en el foro académico. Ello se aprecia principalmente
en la primera parte del libro, en el que sumariamente aborda el concepto de
persona y su crecimiento a través de los hábitos, como fundamento antropológico
de los desarrollos posteriores sobre los déficits del discurso pedagógico
moderno, y sobre el diálogo significativo como la herramienta esencial del
proceso educativo.
En esta
fundamentación, nuestro autor recurre a las consabidas nociones que la
filosofía tradicional ofrece en su indagación sobre el ser humano, como son el
de “naturaleza”, o el de “segunda naturaleza” en función de un
inacabamiento en dependencia de las operaciones del sujeto y de la adquisición
de “hábitos”, con la consiguiente identidad sobrevenida del sujeto. Digo
nociones consabidas, como lo muestra el hecho de que el propio autor suelta en
su texto términos sin explicar, cuyo sentido supone que el lector ya conoce,
como cuando dice que “la naturaleza primaria es hipóstasis e hipóstasis
sustancial de la segunda” (p.27). Amparándose en las limitaciones del
trabajo para ahondar en el concepto de persona, el Prof. Barrio asume la
conocida definición de Boecio: rationalis naturae individua substantia,
destacando en ella un centro ontológico subsistente, intrínsecamente indiviso,
unido a su posibilidad de autotrascenderse, por su capacidad de abrirse al
horizonte potencialmente irrestricto de lo otro. En el plano de la
operación, estos dos polos, señala Barrio, son constitutivos de un “yo”
capaz de entender y querer, esencialmente dotado para la intimidad y la
extraversión. Se alude también a la conexión del alma y el cuerpo como unión
“hilemórfica”, y, en base a lo que denomina “permeabilidad ontológica” del ser
humano (p.36), se asume sin objeción el afán del pensamiento clásico de identificar
al sujeto en co-actualidad con su dinamismo operativo, que está abierto a
la totalidad de lo real bajo la doble formalidad de lo verdadero y de lo bueno.
Así se trae la antigua idea de que el hombre es un microcosmos,
pues debido a su naturaleza intelectual puede posesionarse de todo lo real como
horizonte objetual, adquiriendo con ello forma sustancial como elemento
ontológico radical por el cual la persona subsiste. Igualmente, la propuesta
que se ofrece sobre la formación de hábitos, como la clave del crecimiento de
la persona, no es más que una reiteración del planteamiento clásico.
Estoy convencido
de que un pensador de la categoría de José María Barrio puede y debe aspirar a
algo más que a divulgar o actuar de vocero de lo ya sabido, por muy arduo y
exigente que ya sea este trabajo. Se espera de él un avance en la solución de
problemas planteados por el pensamiento moderno, que revelan cierto agotamiento
de las categorías clásicas. Pienso ahora en el de si es aceptable reducir el
ser del hombre únicamente a la categoría de “sustancia”, para resolver después
la cuestión de su identidad como “segunda naturaleza” al haz de relaciones que
mantiene con el universo. Porque es evidente que la repetición que el hombre
mantiene respecto al mundo, por la que se concibe como un microcosmos,
ha de redundar por fuerza en su principio constitutivo. La repetición no puede
ser solo relativa y simétrica con el universo, en cuanto la persona lo
repite desde sí, y, en este sentido, la persona está fuera del mundo, se
sale de él. Consecuentemente, su determinación esencial no puede entrar de
lleno en la categoría de “sustancia”, pues ésta es indicativa de una
principiación radical fija, propia de la estructura óntica del universo.
Si el
alma es en cierto modo todas las cosas, ese “cierto modo” indica que no hay
confusión o unicidad entre hombre y cosas, sino que el ser del hombre tiene su
propia prioridad, distinta del sentido físico de prioridad que domina el
“ente”, que no alcanza a cubrir la riqueza del “ser personal”. Cabe decir que
el universo es creado, y que la persona también es creada, pero no como parte
del universo, sino como “segunda criatura”, y, por ello, más allá de su
consideración como sustancia, la persona ha de pensarse en el orden del
Origen, ya que su radicalidad no se consuma en su operar, en cuanto el
mundo lo repite desde sí, como ya se ha dicho. Consecuentemente, en la persona
el significado de “relación” ha de ser más profundo que el de “subsistencia”
que es lo propio del orden sustancial. Lo contrario sería antropoformizar la
naturaleza, haciendo depender el estatuto de lo real de la objetualidad pensada
o querida, o declarar el naturalismo del antropos como ocurre con cualquier
panteísmo causalista (1).
El fijismo en lo
que se ha venido a denominar la “filosofía perenne” encuentra dificultades para
afrontar algunos problemas, o para avanzar cuando se plantean otros nuevos, que
suelen ser agudos en el terreno de la teoría de la educación. Ello se aprecia
en cómo afronta Etienne Gilson, en su destacado libro El espíritu de la
filosofía medieval (2), la acusación de
incoherencia en la doctrina de San Bernardo sobre el amor. En esta doctrina se
encuentran dos tendencias enfrentadas: la del amor “natural”, como tendencia de
los seres creados a buscar su propio bien, y la del amor “extático”, que corta
todos los vínculos que parecen unir el amor a las inclinaciones egoístas, según
el precepto divino amarás a Dios sobre todas las cosas. En la Epistola
de Caritate (1125) San Bernardo incurre en la incoherencia de juntar
ambas tendencias en una pretendida visión unitaria de amor, al afirmar que
nuestro amor “comienza necesariamente por nosotros mismos”, y que el fin de ese
amor de sí mismo es entrar en la dicha de Dios, de entrar “como olvidándose de
sí de manera maravillosa, y como separándose enteramente de sí” (p.388).
En su defensa,
Gilson aduce que el amor “natural” no es un mandato de Dios, pero tampoco una
falta, sino el resultado de la falta debida al pecado original: “porque nacemos
de la concupiscencia de la carne es menester que nuestro amor, o nuestra
codicia, pues es lo mismo, comience por la carne” (p.390). Gilson toma así la
“naturaleza” del hombre en su estado histórico concreto, después de
la caída, pero la caída, continúa diciendo, solo se mide en relación con la
“gracia”, que también se incluye en la naturaleza, pues Dios creó al hombre en estado
de gracia, y aun cuando el hombre la perdió, todavía puede recuperarla
porque todavía guarda su forma, y aun en sus miserias sigue siendo etiam
sic aeternitatis capax. Y, confusamente, añade: “sin duda, la grandeza del
alma no es idéntica al alma, pero es como (¿?) su forma, (…) de modo que el
alma es distinta de lo que hace su grandeza, pero, por otra parte, no puede
perder su forma sin dejar de ser ella misma, de suerte que no se puede concebir
que se la separe nunca” (p.391).
El pensamiento
resbala cuando se hace depender la “naturaleza” del hombre de una contingencia
histórica, si se alude a ella en el plano metafísico, y el golpe es rotundo al
constatar el malabarismo con que Gilson maneja la “forma”, que es indicativa
del sustrato por el cual el compuesto hilemórfico permanece siempre único e
idéntico a sí mismo, prescindiendo de las particularidades exteriores. ¿Cómo es
posible que el alma no pueda perder su forma sin dejar de ser ella misma, a la
vez que la forma del alma, en tanto que conserva su grandeza, no sea idéntica
al alma? Al decir que la grandeza es la forma del alma, a la vez la excluye si
afirma que la grandeza del alma no es idéntica al alma, pues el alma no puede
perder su forma sin dejar de ser ella misma, y por eso Gilson se ampara en el
adverbio “como” para aludir a la forma que incluye la grandeza, como también
podría haber dicho que “más o menos” es su forma, o que lo es
“aproximadamente”.
Estamos hechos a
imagen y semejanza de Dios, en quien esencia y existencia se identifican. No
hay más que un Dios y este Dios es el Ser, dice Gilson en otro lugar de su
libro. Y si Dios es el Ser y el único Ser, todo lo que no es Dios no puede
recibir la existencia sino de Él. Consecuentemente, producir el ser pura y
simplemente es la acción propia del Ser mismo como consecuencia de un acto
creador, que no solamente ha dado existencia al mundo, sino que la conserva en
cada uno de los momentos sucesivos de su duración. El mundo se encuentra en una
dependencia tal de su Creador que le afecta de contingencia hasta en la raíz de
su ser.
Gilson prosigue
su argumento en favor de San Bernardo reiterando que lo que permanece semejante
a Dios, después del pecado, es la grandeza del alma, su “forma” (p.392). Lo
desemejante es su encorvadura hacia la tierra, constitutiva de una esencia que
es “falsa”, si se interpreta a sensu contrario su calificación
de “verdadera esencia” del alma la que incluye su grandeza. Se repite el
malabarismo en el uso de la noción de forma, pues si antes afirmó que el alma
no puede perder su forma sin dejar de ser ella misma, y la forma del alma es su
grandeza, se concluye no somos reales mientras no la lleguemos a alcanzar.
Gilson califica
de sorprendente y admirable la semejanza que acompaña a la visión de Dios, con
la que el alma se identifica, como si fuera una misma cosa ver a Dios y hacerse
semejante a Él. Entre Dios y el hombre habría entonces una perfecta unión
espiritual, mutua visión y amor recíproco. Entonces el alma conocerá a Dios
como éste la conoce, le amará como Él la ama (p.393). No se entiende bien cómo
un ser contingente, como es el hombre, pueda identificarse con un Dios que es
principio y raíz de su ser remitiendo dicha identidad al nivel de la operación.
Sin salirse del límite “sustancialista” que impregna su pensamiento, Gilson
reitera más adelante que amar a Dios es “estar unido a él de voluntad,
reproducir en sí la ley divina, vivir como Dios”, y añade: “en una
palabra: deificarse” (p.394). Éste término podría insinuar que la
radicalidad de la persona desborda la radicalidad propia de la sustancia, y que
su relación con Dios se resuelve en el orden de la principiación. Por eso el
hombre se “deifica”, se relaciona con Dios al modo de una intensificación y
perfeccionamiento de su acto de ser, por encima de su dinamismo operativo.
Consecuentemente, el pecado se diría “original”, no por su emplazamiento
temporal al comienzo de la historia, como sostiene Gilson, sino como resultado
de una caída de su “entidad” relativa al Origen, es decir, relativa a la
principiación radical de su ser en el estado inicial de gracia con que fue
creado. Se podría decir que su distanciamiento de Dios no es “orográfico” sino
“esencial”, en cuanto Dios es más radical en la persona que ella misma en su
intimidad. Por consiguiente, la vuelta a su estado primigenio no es función de
su dinamismo operativo sino el resultado de una transformación “tabórica”, se
podría decir, cuyo término, en cuanto está en el ámbito de la donación
del ser, no lo puede por ella misma alcanzar.
Las reflexiones
que se han hecho hasta aquí, en relación con el libro del Prof. Barrio, me llevan
a afirmar nego maiorem en relación con presupuesto básico en que se inspira, como es el concepto “sustancialista”
de persona. De ello no se sigue ergo nego consequentiam, ya que considero válidos los desarrollos derivados un saber ya
consolidado y justamente calificado como “perenne”, pero que están a la espera
de recibir un enriquecimiento derivado de la profundización en dicho concepto
nuclear en la antropología filosófica.
Este tipo
de cuestiones, capaces de avivar el potencial de la mente, y entusiasmar a los
aficionados, son las que desearía encontrar en los escritos e intervenciones de
mi amigo José María, a quien leo entretenido y muy a gusto, pero con la
nostalgia de saber que no voy a encontrar sino una reiteración, con añadidos y
ornamentos, de lo ya sabido. Estoy convencido de que un pensador de raza como
es él podría conquistar horizontes que aún están sin explorar, y por ello le
animo a que deje el regazo de su maestro y se encarame a sus hombros, aun con
el riesgo de caer, para ver lo que él no vio, y que asuma su parte en la
responsabilidad de desvelar la verdad, aunque sea solo la suya.
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(1) POLO, L.: “La coexistencia del hombre”. Conferencia de L. Polo en las XXV Reuniones
filosóficas, Pamplona (1988). http://www.leonardopolo.net/textos/coexis.htm
(2) GILSON,
E.: El espíritu de la filosofía medieval. Rialp, Madrid, 1981.
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