viernes, 9 de septiembre de 2011


DEFINICIÓN DE UN CABALLERO


Un caballero podría definirse como aquel que nunca inflige dolor. Esta es una descripción tan exacta como refinada. Un caballero se ocupa principalmente en remover aquellos elementos que obstaculizan la libre acción de quienes que lo rodean. Procura colaborar más que encabezar iniciativas por sí mismo. Si bien la naturaleza nos provee de los medios naturales para el reposo y nos ofrece el calor animal, los beneficios de un caballero pueden equipararse a la comodidad que nos brinda una silla confortable o un buen hogar encendido; ambos mitigan nuestro frío y fatiga.

Un verdadero caballero evita cuidadosamente ocasionar un sobresalto en las mentes de aquellos con quienes trata, evita todo enfrentamiento de opiniones, retroalimentación  de sentimientos, restricciones, sospechas, tristezas o resentimientos. Su principal preocupación radica en que cada uno se sienta cómodo como en su casa. Sus ojos están puestos en todas sus compañías, es considerado con los tímidos, gentil con los distantes y misericordioso hacia los absurdos. Recuerda a todas las personas con quienes estuvo conversando. Se cuida de hacer acotaciones impetuosas o mencionar temas irritantes. Rara vez destaca como centro en las conversaciones y, sin embargo, jamás resulta tedioso.

No le pesan los favores mientras los realiza y parece recibir precisamente aquello que está dando. Nunca habla de sí mismo excepto cuando está obligado y jamás se defiende mediante una simple réplica. No tiene oídos para los chismes ni las calumnias. Es escrupuloso para comprender los motivos de aquellos que interfieren en la actividad ajena o interrumpen en una conversación, y trata de interpretar todo de la mejor manera posible. Jamás es desconsiderado o mezquino en sus disputas ni tampoco se aprovecha de ventajas injustas.

No confunde las personalidades ni tampoco deja de ver la diferencia entre lo que es una observación tajante y un verdadero argumento. Tampoco hace insinuaciones sobre hechos nefastos sobre los que no pueda a hablar francamente y con certeza. Ejerciendo una prudencia de largo alcance, observa la antigua máxima que dice que debemos conducirnos con nuestros enemigos como si un día fueran a ser nuestros amigos.

Tiene demasiado sentido común como para sentirse afectado por los insultos, está suficientemente ocupado como para recordar injurias pasadas y es lo suficientemente indolente como para soportar las malicias.

Es paciente, contenido y resignado a los principios filosóficos y a los que rigen el obrar moral. Soporta el dolor porque sabe que es inevitable, las aflicciones porque son irreparables y a la muerte porque es su destino.

Si entra en algún tipo de controversia su intelecto disciplinado lo preserva de cometer una desatinada descortesía propia de las mentes menos educadas. Estas últimas, cual armas romas, cortan y desgarran en vez de realizar cortes limpios, confunden el motivo principal del argumento, gastan sus fuerzas en trivialidades, juzgan mal al adversario y dejan al problema peor de lo que lo encontraron.

El caballero puede estar en lo correcto o estar equivocado en su opinión pero tiene demasiada claridad mental como para llega a ser injusto. Así como es de simple es de fuerte, así como es breve es también decisivo. En ningún otro lugar encontraremos mayor candor, consideración e indulgencia.

En sus argumentos con sus oponentes no olvida sus propios errores. Él conoce la debilidad de la razón humana así como su fortaleza, su competencia y sus límites. Si el caballero no fuera un creyente aun así tendría una mente lo suficientemente amplia y profunda como para no ridiculizar la religión o actuar en su contra. Es demasiado sabio como para ser dogmático o fanático. Respeta la piedad y la devoción y apoya el bien de aquellas instituciones con las cuales no está de acuerdo considerándolas como elementos venerables, hermosos o útiles. Honra a los ministros de la religión y declina aceptar sus misterios sin por ello agredirlos o denunciarlos. Es amigo de la tolerancia religiosa y esto no es tan solo por su filosofía, que le exige ser respetuoso con todas las formas de fe, sino por su caballerosidad y delicadeza de sentimientos las cuales constituyen el séquito de toda provechosa civilización.

Cardenal John Henry Newman: "La Idea de una Universidad". Serie de disertaciones ofrecidas en Irlanda en 1852.

lunes, 1 de agosto de 2011

Evaluación “científica” en Bruselas


Evaluación “científica” en Bruselas

Acabo asistir, en calidad de ethical expert, a la evaluación científica de un proyecto de investigación médica que aspira a una subvención millonaria con fondos de la Unión Europea. La discusión entre los scientific experts presentes en la reunión sobre el alcance y planteamiento del proyecto resultó muy interesante, pero he de confesar que volví algo contrariado después de dos prolongados días sentado en las reuniones que se celebraron en el moderno edificio comunitario destinado al efecto. Mi contrariedad se debe a la sonrisa socarrona, mezclada con cierto incomodo, por parte de uno de los seis expertos “científicos” asistentes, cada vez que yo abría la boca para referirme a los aspectos “éticos” implicados en la investigación. Parecía que cualquier consideración moral sobre los métodos y fines de la investigación era marginal en relación con la cuestión central que daba cuerpo al proyecto: la hipótesis y la experimentación diseñada para validarla. Utilizando una expresión común, para este experto discutir la propuesta científica era “tocar madera”, es decir, hablar de la realidad tal y como es, accesible a todos, mientras que las cuestiones morales eran un asunto de opinión, sin otro fundamento que la convicción de quien las sostiene, en este caso yo mismo, que no hacía otra cosa que interrumpir  y despistar del tema que nos convocaba.
Es evidente que quien piensa que el conocimiento de lo real consiste en “tocar madera” asume que solo es real lo que se “palpa” a través de los sentidos, lo cual, a nivel científico se complica con la necesidad de hacer experimentos. Con ello, el científico “cientifista” trabaja con la hipótesis básica de que el Cosmos es material. Todo lo ve según la evidencia -ex videre- de que lo único que existe es la madera que toca o la que pueda tocar en sus futuras indagaciones , es decir la materia y las supuestas leyes por las que ésta se rige.
Esta hipótesis básica no se puede validar con una prueba experimental, es decir, el científico socarrón no la puede “tocar”, pues no es posible reunir y relacionar todos los elementos que forman el Cosmos según una ley o principio de unidad que lo identifique lógicamente como una unidad material. Solo un individuo omnisciente que lo supiera todo de todas las especialidades, cerrando con ello la posibilidad de seguir avanzando en el conocimiento, podría afirmar con rigor científico la existencia de un Cosmos exclusivamente material. El conocimiento de esta “mente absoluta” habría de incluir la prospectiva -la ciencia que intenta predecir el futuro-, e incluso una teoría del conocimiento que diera cuenta de su propio funcionamiento. Esta mente podría explicar, además, por qué algunas hipótesis científicas sobre la constitución de lo real, con sus derivaciones tecnológicas, resultan eficaces para mejorar nuestras condiciones de vida, y otras son derrotadas en su prueba experimental, lo cual está fuera del alcance de mi colega en la reunión de Bruselas.
Consecuentemente, identificar la realidad con “la madera que toco” es una no-hipótesis, es decir, una creencia que no admite demostración, sin mas valor “científico” que si se identifica con la magia de Harry Potter, con el ser o la nada del filósofo, o con la fe del creyente. Todos ellos progresan en el conocimiento de una supuesta verdad según la máxima credo ut intelligam, ya que ninguna entidad finita da cuenta desde sí misma del fundamento de su realidad, como tampoco nadie se fundó a sí mismo el día feliz en que decidió existir.
Si se abunda en ello se aprecia que el conocimiento de lo finito, como conocimiento de lo real en cuanto lo abarca la mente, solo se da con referencia al horizonte inabarcable de lo infinito, es decir, al principio desde el que se nos muestra la evidencia de lo real en cuanto real. Con este principio la mente no se puede “medir”, pues nadie es capaz de abarcar al completo y sin residuo la realidad, como ya se ha dicho, y se asume como una creencia desde la que se juzga la “verdad” de un saber que siempre es limitado. Por ello, igual que el científico se sonreía cuando yo hablaba, podría sonreír yo para mis adentros cuando escuchaba sus observaciones con fe exclusiva en la “verdad material”. Con la misma legitimidad puedo apoyarme yo en la creencia de que vivimos en un mundo encantado, gobernado por hadas y duendes, o que es la probabilidad extrema de un azar que lo domina todo, o que el universo lo creó Dios sacándolo de la nada, y que nos dio los diez mandamientos como la “verdad moral” para regir nuestro destino temporal.
Nadie duda del progreso que debemos a los avances científicos, tanto en el campo de la Física o la Biología, como en los estudios sobre los sistemas de organización social. Sin embargo, el “culto” que sus mejores cultivadores rinden con frecuencia a la ciencia les ciega para ver que las leyes cuyo cumplimiento depende de la libertad -la ley moral-, tienen también un estricto valor funcional para la viabilidad y el progreso de nuestra vida y la de las generaciones futuras en el planeta. Basta pensar en el efecto destructor del potencial atómico no sujeto a una política de contención, o en el peligro de perder nuestra identidad biológica cuando las tecnologías genéticas estén disponibles para su uso. No faltan ya elaboradas propuestas teóricas en este sentido que reivindican el “derecho a un mínimo genético decente”, como han hecho Norman Daniels, Dan Brock, Allen Buchanan y Daniel Wikler en su libro From Chance to Choice: Genetics & Justice, ni incursiones prácticas inaceptables, con la producción en secreto de híbridos humanos, como acaba de desvelar el Daily Mail en su edición digital del 25 julio.

                                               Escultura de Patricia Piccini
La verdad moral no es refractaria a la verdad científica, y, mientras vivamos bajo la sombra de la muerte, la ciencia no nos proporciona un pasaporte al Paraíso. Quizá al científico socarrón le convendría releer la conversación del sabio Zósimo, el personaje creado por el genial Dostoyevski en Los hermanos Karamázov, para reconciliar ambas verdades  con la esperanza en un futuro mejor:

martes, 28 de junio de 2011

UN DIRECTOR "FANTÁSTICO"

   Quienes formamos parte del colectivo “docente e investigador” de la universidad acabamos de recibir, por indicación del presidente de la Comisión de Internacionalización y Cooperación de la CRUE, una invitación a participar en el concurso convocado para cubrir el puesto de director del nuevo Instituto Internacional para la Alianza de Civilizaciones, establecido en Barcelona con apoyo del gobierno de España. Se ofrece un salario neto de 75,797.99 EUR, además de todo el paquete de beneficios que las Naciones Unidas asigna a su personal. Su misión consistirá en contribuir al análisis y resolución de los retos relacionados con la consecución del proyecto político que lleva el nombre del Instituto, considerado el cauce natural para alcanzar un ambicionado orden de paz perpetuo.

Como parte de este colectivo académico, al que conviene calificarlo también “divulgador”, según las corrientes del management universitario que estamos viviendo por inmersión, creo conveniente vulgarizar que para cubrir dicho puesto hace falta un director fantástico. Fantástico, porque la misión que se le asigna no encuentra sitio sino en la fantasía, como lo encontraría, por ejemplo, la misión de quien tuviera a su cargo la asignación de posiciones entre hadas madrinas y ángeles custodios en orden a la generación de relaciones de amor entre los seres humanos.

La consecución de una alianza entre las civilizaciones exige la superación del Estado y el establecimiento de una futura organización político-jurídica total, que va más allá de la diluida “gobernanza” o gobierno relacional, en la que el Estado pasa de ser la referencia central en el ejercicio del poder a ser uno de sus componentes en las redes de interacción global. Este concepto prescinde de los términos que son propios de la conciencia política genuina, que incluye tanto la voluntad de mando como la de obediencia. En la conciencia política radica cualquier forma posible de integración social. Por ello, para imaginar y poder asumir como una meta digna de crédito una “monópolis” mundial, su impulso sólo puede radicar en una voluntad común de la humanidad que mantenga la conciencia clara y activa de constituir una sola familia humana, por encima de la tradición milenaria de la que se alimentan las diferentes civilizaciones, y esto es lo que se pretende con el llamamiento a la Alianza por parte de los dirigentes políticos.

Sin embargo, hay que notar que la llamada a la Alianza no se dirige al individuo sino al género humano en su conjunto, y ello presupone que el individuo ya es consciente de su solidaridad con la humanidad, o que está abocado a “convertirse” y sumarse a ella, que es precisamente lo que se pretende alcanzar. Ni John Lennon lo consiguió, aunque su canción siga resonando: Imagine all the people sharing all the world (…) I hope someday you'll join us, and the world will live as one. Jesucristo mismo, a pesar de su poder para hacer milagros, sabía que sólo unos pocos de los que le escuchaban “tenían oídos para oír” su exigitivo mensaje de fe y de amor, como relata Lucas en el capítulo ocho de su inspirado libro.

De esta forma, la advertencia política a aliarse utiliza el sistema de creencias del individuo como instrumento de la acción política misma, implantando un deber de adhesión a fin de evitar la catástrofe política total, en la actualidad azuzada por el terrorismo o por la intervención de las potencias en los conflictos locales. Como proyecto político la Alianza desconoce la primacía del mundo de la fe y de la cultura que identifica a cada civilización, el cual está situado por encima del poder estatal, como repetidamente lo muestran los atentados suicidas o el primado del interés en las relaciones entre las potencias en el ámbito internacional. Consecuentemente, la llamada a la Alianza no es más que una injustificada presunción de solidaridad global, como la de quien juega a los dados convencido de que van a sumar seis por el mero hecho de que él los tira.

Tener oídos para oír supone “inclinarse” a oír, es decir, poner en suspenso o silenciar las crispadas voces y discursos en las que fundamos nuestra identidad, para percibir el eco apacible que proviene de horizontes nuevos, incitando a la expansión del “yo”. El escenario de la escucha es la intimidad, el ámbito exclusivo de la libertad, en el que el sujeto puede abrirse a valores nuevos y convertirse a la solidaridad con los otros, u obcecarse, fijando rotundamente la identidad ya dada de su “yo” con una intensidad variable, que lo aísla, lo hace indiferente o le aboca a la violencia en contra de aquellos en quienes no se reconoce.

La Alianza de Civilizaciones, como programa político para la paz, es la pueril fantasía de que la conciencia política del género humano en su conjunto se puede transformar con la trompetada a la “conversión”, sin considerar el espacio propio de la libertad. O, alternativamente, se presenta como un velo retórico para tapar un régimen de poder total que, en vez de servir como refugio de paz de los pueblos, sea el monstruo, todavía inexistente, de un imperio mundial, peor en su tiranía que la denunciada por los visionarios apocalípticos con sus referencias a Babilonia, al reino de los medos y de los persas, o al dominio de los seléucidas y los romanos. Es dudoso que un orden de poder global sea preferible a la guerra, ya que el hombre y la mujer, reducidos a prototipos humanos carentes de libertad, si han de seguir siendo lo que son, habrían de rebelarse contra esa autocreada tutela, y la guerra continuaría existiendo en forma de contienda civil o de acción policial.

Muy probablemente, para ganarse el abultado sueldo que se ofrece, quien gane el puesto de director “fantástico” al que se nos invita a concursar tenga que bailar al son de la inolvidable canción de Machín, Mar y Cielo: Me tienes/ pero de nada te vale. Soy tuyo/ porque lo dicta un papel. Mi vida/ la controlan las leyes. Pero en mi corazón/ que es el que siente amor/ tan solo mando yo.

jueves, 9 de junio de 2011

EL REINO DEL PP O LA MEDUSA


 La venida del Reino del PP con las elecciones que se acaban de celebrar ha estallado en una explosión de alegría entre sus votantes y entre quienes les van a representar en los nuevos gobiernos locales y autonómicos que se formen.  Supongo que este regocijo se debe a que “han llegado al poder”. Esto me hace considerar lo que es propio de todo hombre o mujer de acción: su vida discurre como un proceso, más o menos frenético, que pivota en torno a uno o varios ejes que se podrían denominar “puntos de estabilidad”, en los que su corazón descansa, o, utilizando una expresión evangélica, en los que puede “reclinar la cabeza”. Esto es evidente en el enamorado cuando llega el encuentro con la persona amada; en el empresario cuando contabiliza sus ganancias; en quien se sienta a ver una final de fútbol después de haber sudado la camiseta durante la semana, o en el intelectual, que, apartado de toda actividad, se entretiene pensando. La alegría que muestra el PP parece que sigue este mismo patrón: ha alcanzado su “punto de estabilidad” por haber llegado al poder, y, consecuentemente, el partido está satisfecho.

Este triunfalismo es alarmante, a mi modo de ver, porque refleja una fascinación por el poder que puede cegar para ejercerlo de otra forma que no sea la de hacerlo crecer. El poder, en cuanto tal, no puede ser sensatamente el fin de la voluntad, pues carece de contenido, aunque la presentación de un programa haya sido una condición para haberlo conseguido. El triunfalismo electoral sólo puede manifestar la autosatisfacción de una voluntad sin contenido que no quiere nada más que a sí misma, comparable a la que experimentaron nuestros primeros padres ante la tentación primigenia: eritis sicut Deus. Es el “ejercicio” del poder, en vista de un fin juzgado y perseguido como bueno, lo que le da sentido a la aspiración a “llegar” a él, y esto es una llamada a la contención y la responsabilidad. La alegría profunda por haber recibido la confianza de los ciudadanos para custodiar su libertad durante cuatro años no se aviene bien con el jolgorio o la fiesta por la mera constatación de que ahora “mandamos nosotros”. Habría sido más ajustada una celebración inspirada en un principio que cabría formular como “hemos ganado, la hemos cagado”, debido a la dificultad que entraña el ejercicio cabal del poder.

Aparte de las reflexiones de los teóricos de las ciencias políticas sobre la noción clave de “representación” y el ejercicio de la prudencia política, la dificultad para ejercer el poder se encuentra, ante todo, en una dimensión interior que San Agustín denomina parturitio desiderii -el parto del deseo-, y que nos afecta a todos en la medida en que participamos en el vínculo social. En el caso de los representantes en la arena política, este parto les afecta de modo eminente, ya que consiste en hacer hueco o dejar en suspenso sus propios deseos para poder hacerse cargo y secundar los deseos de su principal -los representados-. Es evidente el íntimo desgarro que supone esta dinámica de “excavación” del alma para el sujeto que se aventura en ella, es decir, para el prudente estadista, como contrapuesto al tipo adulador, especializado en agarrar la oportunidad por los pelos para enriquecerse, o al ambicioso, que llega al poder embrujado por el deseo de su propio encumbramiento.

El desgarramiento interno que produce el parto del deseo se percibe fácilmente al volante, si coincidimos con otro conductor que pretende ganarnos la posición al entrar en la rotonda, cuando ¡soy yo! quien tiene la preferencia, ¿Quién puede contenerse en esta situación, y ceder el paso con amabilidad?, o en el terreno de la venganza por un agravio, ¿Quién desea el castigo sólo con la intención de que el agresor se corrija?, y, si uno es la víctima, ¿Quién tiene arrojo para otorgar el perdón? O, ¿Quién es capaz de cancelar la prisa, para medir su tiempo al ritmo del otro, sea un enfermo, un anciano o un charlatán?

La parturitio desiderii de San Agustín es la “ascética” que se requiere para llegar a lo que Stuart Mill llamó el “estado de sociedad”, el cual se alcanza a medida que la humanidad se va apartando del estado de independencia salvaje. En su ensayo sobre la libertad, este reconocido autor dice que los salvajes viven sometidos a sus impulsos, son incapaces de fijarse propósitos estables o de vivir conforme a una norma. Sus capacidades no están suficientemente desarrolladas para mejorar a través de la discusión libre e igual, y, debido a su condición, requieren incluso del despotismo para superar las dificultades en el camino del progreso. Del progreso hacia la democracia es a lo que se refiere Mill, que es el único modelo de relación política que puede hacer posible llegada del Reino del PP, mediante el ejercicio refinado de la representación política, a la que es refractario el salvaje.

Es evidente que la tarea de representar no exige que quienes gobiernan tengan que ejecutar exactamente los deseos de quienes les han dado su confianza, anulando de esta forma el control sobre la acción de gobierno de quienes fueron elegidos para ello. Utilizando una analogía, esto sería como decir, en relación con los representantes, que mi mano actúa por mí cuando la muevo. Ni tampoco la confianza ganada con las elecciones puede considerarse una autorización o un permiso para que el representante campe a sus anchas en su nueva posición de privilegio. Ambas formulaciones del ejercicio de la representación política distorsionan la obligación de los elegidos. El mandato “representativo” se legitima por la protección efectiva del interés del elector en el proceso político, siendo sensible a sus deseos. Como dice Pitkin en su elaborado trabajo sobre esta cuestión, no tiene por qué obedecerlos siempre, pero debe de tenerlos en consideración, especialmente cuando entran en conflicto con lo que él entiende que es el interés del elector. En este caso, lo que debe de proporcionar son las “razones” de la discrepancia, en lugar de un contundente “ahora mando yo” o de la mentira.

Sin la “ascética” democrática, consistente en la parturitio desiderii de los vencedores, la celebrada venida del Reino del PP no reflejará otra imagen que la de Medusa, el monstruo telúrico decapitado por Perseo, que, con sus hermanas Esteno y Euríale, simbolizan las fuerzas pervertidas del espíritu. Entre ellas, Medusa representa la imagen deformada de sí, que petrifica de horror en lugar de iluminar justamente, como con frecuencia viene ocurriendo con los partidos políticos, fascinados por llegar al poder dentro de un orden de autoridad que, supuestamente, fue diseñado según un ideal democrático.


Medusa de Caravaggio (Florencia, Uffizi)