domingo, 4 de septiembre de 2016

¡SAQUENME DE AQUÍ!


Busco esa voz en mi interior, que bien sé que cuando la he escuchado, me llama por mi nombre para impregnar de paz mi ser, lentamente, dilatándolo, extendiéndolo. Una voz que me habla de infinito, de anhelos de pureza, de sentimientos de generosidad y entrega; que me colma de nostalgia por tocar algo total, pleno, absoluto, perfecto e inefablemente bello. Una voz que me habla de todo aquello por lo que verdaderamente vale la pena vivir y por lo que se justifica el esfuerzo de reordenar las ideas, las acciones y las emociones para recuperar la paz en medio del trajín del mundo.

domingo, 13 de marzo de 2016

HOY HE HABLADO CON LOS ÁRBOLES

Esta tarde estaba en la piscina recostado en la hierba, y miraba el movimiento de las hojas en la copa de un árbol muy alto, que se agitaban al ritmo de un viento suave. Lo miraba lleno de paz, escuchando el sonido que producían, como si oyera las olas del mar cuando llegan a descansar en la playa. Al cabo de un rato, mientras lo miraba, me pareció que al son de su movimiento el árbol se dirigía a mí, llamándome por mi nombre: ¡Guille! Dejé entonces de ver un fenómeno anónimo, natural y bonito, para encontrarme con un ser que era “alguien”, y que me llamaba agradecido por mirarlo, admirándome de que él se mostrara ante mí. Me pareció que en vez de hojas movidas por el viento estaba escuchando: Guille, Guille, Guille…

Entonces yo le contesté sin palabras, desde mi interior, con el sentir de mi corazón: ¡Gracias! Gracias por ser tan bello y por hablarme con el suave movimiento de tus ramas cargadas de hojas, que cambian sus tonos verdes con el frescor del viento que las acaricia. Él me contestó: “No me des las gracias Guille, te hablo porque tú me conoces y me llamas por mi nombre: Árbol, el que me puso Adán al darme forma. Por eso las gracias te las doy yo a ti”. No le contesté, porque sentí que entre los dos había nacido una relación de amor. Me bastaba con seguir mirándolo, mientras él dejaba de moverse, como si estuviera concentrado gozando de mi mirada.

Al cabo de un rato vi a mi derecha otro árbol de una especie distinta, con un verde más intenso y las hojas más grandes, que seguía agitándose con el viento, como hacía antes mi nuevo amigo. Entonces me pareció que me reprochaba: ¿Y a mí no me dices nada? No pude más que contestarle, sin palabras, que le quería también a él. En ese momento me di cuenta de que era Dios quien me hablaba a través de sus criaturas, y que al conocerlas “personalmente” reconocía su Don infinito, cargado de verdad de belleza y de amor.

Porque, efectivamente, mi Árbol existe por Él, como también mi inteligencia para conocerlo, mi voluntad para amarlo y mi sensibilidad para admirarlo. Entonces entendí que las gracias que le di al árbol eran gracias que le estaba dando a Dios, en quien no habría pensado si no hubiera sido por la intercesión de su hermosa criatura. Y también entendí los versículos de la carta de San Pablo a los romanos, en donde dice: “Pues sabemos que la creación entera a una gime y sufre dolores de parto hasta ahora. Y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, aun nosotros mismos gemimos en nuestro interior, aguardando ansiosamente la adopción como hijos, la redención de nuestro cuerpo” (Rm. 8, 22-23). Estoy convencido de que hoy he vivido una hierofanía, y que después de esta espera ansiosa podré tomar una buena caña con mis dos nuevos amigos.