sábado, 29 de octubre de 2011

UN LIBRO MUY INTERESANTE SOBRE EL AMOR


Juan José Pérez-Soba, El amor: introducción a un misterio. BAC, Madrid, 2011.

Acabo de terminar este libro sobre el amor, una actividad propia de la voluntad, la cual, junto con la inteligencia, son las dos facultades del alma humana. Su lectura me ha desvelado algunos de los misterios de esta sublime experiencia humana que concentra gran parte de nuestra energía vital. Es un libro bien escrito y profundo, que exige una lectura pausada y tranquila poder sacarle provecho.

El efecto que ha tenido sobre mí la lectura de su Primera Parte, en el que se trata sobre la luz del amor en sí misma y su estructura básica, está marcado por las angustias y ansiedades que pasé mientras trabajaba en mi tesis doctoral sobre la “autonomía moral” del ciudadano en relación con las intromisiones de la legislación del Estado en su vida privada. Estas intromisiones se refieren, por ejemplo, a la obligación de llevar puesto el cinturón de seguridad cuando conduzco, con la finalidad supuestamente benéfica de favorecer mi seguridad personal. O, como ocurre en otros países, a la obligación de tener que esperar un plazo (cooling period) antes de autorizar un divorcio o un aborto, para que las partes puedan repensar mejor continuar adelante con decisiones tan graves.

En aquella época estudié las condiciones de la acción de un agente autónomo, y, para ello, me adentré en la estructura de la deliberación previa a la acción, según los distintos “niveles de preferencias” (por ejemplo en el caso de que quiera al mismo tiempo fumar y dejar de fumar, o comer y no engordar) y la consideración de las “razones” que tengo para actuar, como elementos del razonamiento práctico conducente a la acción. Para ello seguí a autores ingleses y norteamericanos principalmente, que cultivaban la corriente denominada “filosofía analítica”.

Pasé no pocas angustias y ansiedades porque, si bien pude comprender enseguida, y sentirme cómodo estudiando el elemento cognitivo, la deliberación previa a la acción, por ningún lado encontraba el elemento volitivo en la acción, hasta el punto de llegar a pensar, inducido por algunos autores encuadrados dentro de la corriente de pensamiento que he mencionado, que la potencia voluntaria no era más que una ficción. No veía otra “iluminación” en la acción intencional (voluntaria) que la que proporcionaba la inteligencia mediante un razonamiento práctico conclusivo, respecto al cual la acción se me mostraba como un resultado meramente consecuencial(1).

El asunto comenzó a cambiar cuando en la edición en español de After Virtue de Alasdair MacIntire, sentado en el césped a la vera de la Facultad de Derecho, leí que “el ‘bien’ o  ‘lo bueno’ es aquello a lo que el ser humano característicamente tiende”(2). Y se fue aclarando más adelante, cuando en el conocido ensayo Intention de G.E.M. Anscombre, se dice que “la característica del conocimiento práctico es que el objeto querido se encuentra a cierta distancia de la acción inmediata para lograrlo”(3). Ello, junto con el análisis del doble conocimiento, inferencial o por observación, y otro sin observación de la acción que realizo(4), fue abriendo mi mente a la comprensión del elemento orético que preside la acción de un individuo “autónomo”, y que, en cuanto acción autónoma, habría de ser refractaria a cualquier “intervención paternalista” del Estado.

Con la lectura del libro del Prof. Pérez-Soba sobre el misterio del amor, todo el trastorno que me provocó el esquematismo analítico en la investigación sobre la acción, que ya casi había olvidado, se convirtió en paz y esperanza, pues he podido ahondar en la comprensión del agente como criatura de Dios, es decir, que su entidad no se agota por su pertenencia a una clase de seres, como es la especie humana, sino que su identidad constituye una “novedad” irreductible a cualquier categorización, que se experimenta íntimamente como un don de lo “absolutamente Otro”, del mysterium tremedum et fascinosum del que habla Rodolfo Otto en su ya clásico libro Lo Santo(5). Así, dice Santo Tomás que “el amor es por su misma esencia el Don Originario del que derivan naturalmente los demás dones”(6). El Prof. Pérez-Soba, comentando a San Agustín, resalta la importancia de dar el “paso de centrar el amor en el movimiento, al ser, que es el principio del movimiento”, con lo que el amor se constituye en “un principio anterior a nuestra conciencia, que está presente en cualquier acto y, al mismo tiempo, permite comprender la ambigüedad con la cual el hombre vive el amor como una fuerza que le puede conducir a lo mejor o a lo peor”  (pp. 45-46).

Con este presupuesto, se entiende que la voluntad, concentrada en la “decisión” como su operación propia, con el “hacer” consecuente, distancie la acción del objeto querido, según la cita de Anscombe que he transcrito antes, puesto que apunta siempre a un “querer más” que no se consuma en presente(7). Toda decisión particular surge, en último término, como un acto del tender radical de la persona, la “fuerza” del amor, como lo llama el Prof. Pérez-Soba, que es reclamada en su origen como criatura del Amor Increado.

La decisión particular no consuma esta tendencia radical al apropiarse de su objeto, como ocurre con el acto de conocer(8), pues se aboliría respecto a él, sino que involucra reflexivamente al sujeto en los mismos términos del acto de querer, separándose de él, a la vez que ilumina al que quiere, forjando su identidad según la realidad “querida”. En la pág. 49 del libro se dice que “esta unidad de la persona con algo distinto de sí permite percibir un nuevo modo de aproximarse a la constitución del acto humano por encima de la divergencia ‘objeto-sujeto’, que es propia de la inteligencia. Se nos abre la posibilidad de una nueva luz”. Una nueva luz “con un alcance de indudable valor personal desde un inicio, que solo el amor puede revelar al hombre y en el que se manifiesta su mayor originalidad” (p. 29). Y más adelante se dice que “la originalidad de esta unión afectiva es, pues, de tal contenido antropológico, que ha de decirse que existe una ‘verdad del afecto’ que permanece como una guía interna de cualquier acción humana” (p. 53). Y yo digo, ¿qué mayor verdad del afecto que la del enamoramiento, si es correspondido, por el cual un sujeto se constituye en “otro” para otra persona, según una “dinámica donal” de entrega y servicio que retroalimenta recíprocamente el ser de quienes se aman, sin detrimento de la alteridad, provocando “una cierta transformación en el amante” (pág. 52);  o la verdad sublime de la unión mística de quienes tienen la fortuna de recibir y vivir respirando el soplo del Espíritu Santo?

Esta nueva luz es, a mi juicio, la asistencia del íntimo fondo del hombre/mujer a su querer, que ratifica una dinámica ascendente de perfección en el propio ser, o reclama rectificar(9), y, que, en cuanto luz o “iluminación”, constituye la guía eminente de la moralidad del acto humano, según sea su adecuación a la naturaleza que le es propia y su correspondencia obediente al don recibido del Amor Increado. Cito otra vez a nuestro autor cuando dice: “La creación no es un escenario bello sin más, donde colocar las realidades creadas con un orden, sino que en su dinámica tiende a una perfección hacia la que se mueven íntimamente todas las criaturas (…) de la consabida escala de seres que se nos aparecen de un modo creciente hasta terminar en la ‘imagen y semejanza’ (Gén 1, 26) que es el hombre” (pp. 44-45).

La mirada “interna” del amor supera, y es capaz de integrar la dicotomía excluyente en la que oscilan las propuestas éticas de la modernidad, a las que se alude en el Cap. I del libro: a) La consideración del “deber” que fundamenta la norma, como único principio de moralidad, considerado como un mero “dato” de conciencia, y b) La “utilidad”, como bien cuantificable desde fuera, con independencia de la experiencia del agente, con la que se justifica el curso de la acción. Como se dice en la  pág. XVII del libro del Prof. Pérez-Soba, “el amor es una guía fundamental para poder discernir con sabiduría el valor definitivo de todo lo que se vive”. La ética del amor logra integrar la norma como conformidad con la naturaleza y el bien como dinámica de perfeccionamiento vinculada a la felicidad personal.

El amor revela que la “justicia” ha de ser completada por la “piedad”, entendida como disposición de ser “otro” para los “otros”, para poder fundamentar cualquier grado de vinculación social. En el amor arraiga la fraternidad genuina, generadora de un bien que es fruto del encuentro amoroso, y que existe en cuanto es “común”. De él se alimenta el bien individual(10). Sin la piedad el encuentro se transmuta en intercambio y el don en interés, con base una ficticia fraternidad revolucionaria que, inevitablemente, degenera en conflicto. La constatación de que nos seguimos amando, aunque sea sin la universalidad que exige la profundidad del amor de un Padre común, desvelada en este libro, es la prueba de que el mundo sigue “encantado”, y que a pesar de Max Weber, el reino de lo invisible no está definitivamente agotado(11).

Antes de concluir quisiera mencionar una cierta inquietud por la determinación con que se prescinde en el libro del Prof. Pérez-Soba de la terminología al uso en el estudio de las cuestiones referentes a la operación propia de la voluntad, reconduciendo el análisis al uso analógico del término “amor”, lleno de carga emocional, o “afecto”, términos que adolecen de una extensión en su significado que va en detrimento de su intensión. Así, si no me equivoco, la clásica categoría de la voluntas ut natura, no aparece mencionada más que una vez en la p. 55, o el empleo del término “acción” en lugar del uso activo, o la misma decisión, como acto propio de la voluntad, de la cual se dice textualmente que “su acto propio es, precisamente, el amor” (p. 54). Tampoco se aprecia un análisis de la noción de facultad, como potencia del alma que, en el caso de la voluntad, se actualiza con el querer. Creo que ensayar con la terminología filosófica más reciente, con escasa referencia a la ya consolidada, y sin dejar de lado la vulgarizada, puede dificultar el estudio de una realidad como el amor, en la que está comprometido el ser sin restricción, y arriesgar que la investigación sea, según la máxima agustiniana, un  magni passus sed extra viam(12).

Finalmente, me pregunto si en la futura sistemática de una “teología del amor”, que en el libro se anuncia en la pág. 63, se aludirá a su culminación, con la posesión de Dios en la vida futura, Verdad suprema y Bien absoluto, como corresponde a la profundidad del espíritu humano que se manifiesta en esta vida con la experiencia amorosa. Esta culminación tradicionalmente se estudia bajo la denominación de los “novísimos”, en los que se incluyen la muerte y el juicio, el infierno, el purgatorio y la vida eterna en el Cielo llena de plenitud y frescor siempre nuevo(13).


NOTAS:

(1) "La forma en que se suele dar cuenta de la noción de <motivo> (o <razón> en sentido explicativo), (...) consiste en describirlo como una combinación de creencias y deseos. (...) Se da por sentado que su significado es claro: se supone que cuando una persona actúa intencionalmente lo que sucede, a grandes rasgos, es que valora positivamente cierto estado de cosas, cree que cierta acción producirá o promoverá dicho estado de cosas y por lo tanto actúa" BAYON, J.C.: La normatividad del derecho: deber jurídico y razones para la acción, Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1991, pp. 47-48.
(2) MACINTYRE, A.: Tras la virtud, Editorial Crítica, Barcelona, 1987, p. 187.
(3) ANSCOMBE, G.E.M.: Intención, Paidos, Barcelona, 1991, p. p. 138.
(4) "Por un lado, no puedo tener un conocimiento no inferencial de mi acción de mover el brazo si no siento, o de otra forma observo, que se mueve. Pero la observación sólo me da un conocimiento de mi brazo moviéndose, no de mi acción  pues resulta extraño decir que estoy observando mi propia acción. Por otro lado, defender un conocimiento no observacional de mi acción también es extraño, puesto que el moverse de mi brazo requiere un conocimiento observacional de que se mueve. Por lo tanto el conocimiento de mi acción no es ni uno ni otro solamente". ODEGARD, D.: "Volition and Action", en American Philosophical Quarterly, 25 (1988), n.2, p.146.
(5) OTTO, R.: Lo Santo. Los racional y lo irracional en la idea de Dios, Revista de Occidente, Madrid, 1975.
(6) S. Th. I, 38, 2, resp. Cita tomada del texto del Card. Joseph Ratzinger: El hombre entre la reproducción y la creación. http://capellania.unisabana.edu.co/controversias/ratzinger1.pdf (27/10/2011).
(7) Como dice el Maestro Eckart , se vive para vivir: Puedes interrogar a la vida misma durante mil años con esta pregunta : ¿”Por qué vives”? Y la única respuesta que siempre obtendrías sería “vivo para vivir” ¿Por qué sucede esto? Porque la vida proviene de su propio fundamento y surge de sí misma. Por lo tanto, la vida vive sin una razón; la vida vive para sí misma”. Sermón nº 58.
(8) “Querer es una operación cuyo objeto es extrínseco a la facultad volitiva, mientras que entender es una cierta posesión cuyo objeto es intrínseco a la facultad intelectiva”. MILLÁN-PUELLES, A.: Fundamentos de filosofía, Rialp, Madrid, 1958, p. 375.
(9) En su Sermón XX el Maestro Eckart escribe: “La chispita del alma, que fue creada por Dios y es una luz impresa desde arriba y una imagen de la naturaleza divina”, a lo que añade: “Dice San Agustín que la chispita está más adentrada en la verdad quetodo cuanto el hombre pueda aprender”. En otro de estos sermones le da el nombre de boca del alma: “Ahí el Padre engendra a su Hijo en el alma, y ahí le habla a ella”. MEISTER ECKART: Tratados y semones, trad. Castellana de Ilse M. de Brugger, Varcelona, Edhasa, 1983, pp. 438 y 699.
(10) Se podría decir que el individuo es a la comunidad como la letra es a la palabra.
(11) GAUCHET, M.: El desencantamiento del mundo. Una historia política de la religión, Trotta, Madrid, 2005, p.9.
(12) “El hombre no está preso en el gabinete de espejos de las interpretaciones; él puede y debe irrumpir hacia lo real, que se halla detrás de las palabras y que a él se le muestra en las palabras y por medio de ellas”. RATZINGER, J.: Fe, verdad y tolerancia, Sígueme, Salamanca, 2005, p. 165.
(13) GARRIGOU-LAGRANGE, R.: La vida eterna y la profundidad del alma, Rialp, Madrid, 1950.