viernes, 9 de diciembre de 2011

NOVALIS: EL MUNDO NUEVO DE LA NAVIDAD

                        Antaño un destino férreo imperaba con mudo albedrío sobre las tribus dispersas de los hombres. Una negra y opresiva venda ceñía sus almas medrosas. La Tierra era interminable, morada y patria de los dioses; Su misterioso edificio se erguía desde la eternidad. Sobre las rojas montañas de la aurora, en el seno sagrado del mar, habitaba el sol, la viva luz que todo lo enciende. Encadenados bajo las montañas yacían los primeros hijos de la Madre Tierra, impotentes contra la egregia raza de los dioses y sus parientes, los felices hombres. Las profundidades verdes y oscuras del mar eran el regazo de una diosa. En las cristalinas grutas retozaba un pueblo voluptuoso  Ríos, árboles, flores y animales tenían sentido humano  Más dulce sabía el vino escanciado por la juventud en persona, un dios en los racimos de la vid. Una diosa amante y maternal irguiéndose en las apretadas y doradas espigas. La embriaguez divina del amor era un dulce servicio en honor de la más bella de las diosas, fiesta perpetua, versicolor de los hijos del cielo y los habitantes de la tierra, que transmitía la vida rumorosa como una primavera, desafiando los siglos. Todas las razas, con infantil asombro, veneraban en las delicadas, multicambiantes llamas el valor supremo del mundo. Sólo un pensamiento, un pavoroso sueño turbaba los placeres de la fiesta, y llenaba el alma de profundo espanto; el angustiado corazón humano que ni los dioses podían consolar.

                        Por ocultos senderos se acercaba el monstruo, y ni ofrendas ni plegarias aplacaban su furia. Era La Muerte, angustia, duelo y lágrimas, que sorprendía a los felices hombres en medio del festín. Separado por siempre ya de todo lo que deleita al alma en esta tierra, de los seres amados que atrás quedan y que anhelan en vano en largo duelo, el muerto no era sino vaga sombra de un sueño, combatiente de impotente combate. Y las olas del gozo se rompían contra las rocas de un dolor sin fin. Y los hombres quisieron -noble sentido de almas valerosas- embellecer el hórrido fantasma: un tierno adolescente deja extinguir su antorcha y se adormece; dulce es el fin como el tañer de un harpa. En la fresca corriente del Leteo se disipa el recuerdo. Así cantaban los poetas: triste necesidad dictaba sus palabras. Pero la noche eterna, indescifrada, símbolo grave de extranjera fuerza, guardaba su secreto.


                        El mundo antiguo iba hacia su fin. Se agostaba el ameno vergel de la joven estirpe y los hombres, saliendo de la infancia, ansiaban un espacio despejado y más libre. Los dioses desaparecieron con su séquito encantado. Quedó la naturaleza inerte y solitaria. El número árido y la estricta medida la ataron con férreas cadenas. Igual que en polvo y viento se deshizo en oscuras palabras la inmensurable exuberancia de la vida. Huyó la fe con sus conjuros, huyó su divina compañera, la imaginación que todo lo transforma y todo lo hermana. Hostil y glacial un viento del norte sopló sobre la campiña entumecida y, yerta, la patria maravillosa se desvaneció en el éter. Las lejanías del cielo se llenaron de mundos luminosos. Acompañada de todas sus fuerzas el alma del mundo fue a asilarse en el más profundo santuario, en el alto recinto del corazón humano donde dominaría hasta que despuntara la esplendorosa aurora universal. La luz dejó de ser morada de los dioses y signo celeste. Los dioses se cubrieron con el velo de la noche.


                        Es la noche, el inmenso seno donde se engendran las revelaciones; a él regresaron los dioses, en él se durmieron para, en nuevas espléndidas formas, reaparecer un día ante el mundo transformado. En un pue­blo, más que todos despreciado, maduró con obstinación la feliz inocencia de la juventud. Ignorándolo, el Mundo Nuevo se manifestó con un aspecto nunca visto. En la poética choza de la pobreza, un hijo de la primera mujer virgen y Madre, fruto infinito de un arcano abrazo. La sabiduría oriental, floreciente y premonitoria  fue la primera que reconoció el principio de los nuevos tiempos. Una estrella le señaló el camino a la humilde cuna del Rey, a quien los reyes, en nombre del vasto futuro ofrendaron en homenaje oro, perfume y sahumerio, maravillas de la naturaleza. Solitario se abrió el divino corazón, corola del amor todopoderoso, vuelto hacia el augusto semblante del Padre y reposando en el regazo de la Madre grave y afable, visitada por felices presagios  Con un fervor que divinizaba el mundo los ojos proféticos del niño floreciente miraban hacia los días del futuro, miraban a los hombres, amados vástagos de su divina estirpe, sin preocuparse de su propio destino en esta tierra. Y las almas más cándidas, inflamadas como por encanto en entrañable amor, no tardaron en congregarse junto a Él. Como brotan las flores germinaba en su entorno una nueva y extraña vida. Inagotables, las palabras del más jubiloso evangelio salían de sus labios afables como chispas de un espíritu divino.



Tú eres aquel que desde el tiempo antiguo,
Pensativo y absorto adolescente,
Sobre las tumbas de los hombres velas,
Símbolo de consuelo en las tinieblas,
Feliz aurora de alta humanidad.
Lo que en honda tristeza nos sumía,
Ahora en dulce extático arrebato
Nos abre el más allá.
La vida eterna se anunció en la muerte,
Tú eres la muerte y eres la salud.



                        Dulce amor embriagaba su corazón que se derramó bajo aquel benigno cielo, y los corazones por millares se rindieron a él y abriéndose en mil ramas se propagó la buena nueva. Poco después la preciosa vida fue sacrificada a la profunda corrupción de los hombres. Murió en plena juventud, arranca­do del mundo que tanto amara, de su Madre bañada en llanto, de sus amigos desalentados. Su graciosa boca apu­ró el negro cáliz de indecibles tormentos. En medio de horrenda angustia se acercaba la hora del nacimiento del mundo nuevo. Duramente luchó con las ansias de la vieja Muerte. El peso del mundo antiguo lo abrumaba. Dirigió a su Madre una última afectuosa mirada, y luego, tocado por la mano liberadora del amor eterno, se durmió. Sólo por unos días se extendió un espeso velo sobre el rugiente mar, sobre la tierra estremecida. Sus amados lloraron lágrimas sin cuento, se rompieron los sellos del misterio, y celestes espíritus alzaron la antiquísima piedra del sombrío sepulcro. Unos ángeles velaban al lado del durmiente, formados de la tierna materia de sus sueños. Despertó revestido de nuevo y divino esplendor y ascendió a las alturas del mundo que acababa de nacer. Enterró con sus propias manos el cadáver del mundo viejo en la tumba que él abandonara y con su omnipotente mano fijó sobre ella la piedra que ya ninguna fuerza será capaz de levantar.


                        Aún lloran los tuyos lágrimas de alegría, lágrimas de emoción y de infinita gratitud ante tu tumba. Gozosos y pavoridos aún te ven resucitar, y ellos contigo; te ven con dulce fervor reclinado en el pecho bendito de tu Madre, pasear gravemente con tus amigos profiriendo palabras como cogidas del árbol de la vida; te ven precipitarte anhelante en los brazos de tu Padre, llevando contigo la nueva humanidad y la copa inagotable del áureo futuro. La Madre se precipitó en pos de ti, en el celeste triunfo, fue la primera que se encontró a tu lado en la Nueva Patria. Largos siglos han transcurrido desde entonces y con renovado esplendor gira el Nuevo Mundo que creaste, y por millares los hombres ya libres de dolor y tormento han ido hacia ti con fe, con fervor y constancia  Reinan contigo y con la Santa Virgen en el Reino del Amor, ofician en el templo de la Divina Muerte y son tuyos por la eternidad.

martes, 15 de noviembre de 2011

Lo que dijo Zósimo antes de morir sobre la regeneración del Mundo Moderno

Zósimo es un personaje de Fedor Dostoiewski,  en el Cap. VI. de Los hermanos Karamazov.


El individualismo moderno y la libertad

Tal vez sea una simple suposición mía; tal vez me equivoque. Pero observad a esa gente que se eleva por encima del pueblo y lo domina (las élites gobernantes, los que dominan el mercado, intelectuales y científicos) ¿No han alterado la imagen de Dios y su verdad? Esos hombres poseen la ciencia, pero una ciencia empírica, supeditada a los sentidos. Las oligarquías y esos hombres “superiores” rechazan alegremente el mundo espiritual, incluso con odio. Sobre todo en estos últimos años, el mundo ha proclamado la libertad, la autonomía de la conciencia moral. ¿Pero qué significa esta libertad, sino esclavitud y el suicidio? Pues se dice: «Tienes necesidades: satisfácelas. Posees los mismos derechos que los grandes y los ricos. No temas satisfacer tus necesidades. Incluso las puedes aumentar».

Éstas son las enseñanzas que se dan ahora. Así interpretan la libertad. ¿Y qué consecuencias tiene este derecho a aumentar las necesidades? En los ricos, la soledad y el suicidio espirituales; en los pobres, la envidia y el crimen, pues se conceden “derechos abstractos” en las leyes, pero no se proporcionan los medios para satisfacer las necesidades. Se dice que la humanidad, acortando las distancias y transmitiéndose los pensamientos por el espacio, a través de las ondas, se unirá cada vez más estrechamente, y que reinará la fraternidad. Pero no creáis en esta unión de los hombres. Al considerar la libertad como el aumento de las necesidades y su pronta saturación, se altera su sentido, pues la consecuencia de ello es un aluvión de deseos insensatos, de costumbres a ilusiones absurdas. Los hombres y mujeres que así viven sólo viven para envidiarse mutuamente, para la sensualidad y la ostentación. Ofrecer banquetes, viajar, poseer objetos valiosos, grados, sirvientes, se considera como una necesidad a la que se sacrifica el honor, el amor al prójimo a incluso la vida, pues, al no poder satisfacerla, habrá quien llegue al suicidio.

Lo mismo ocurre a los que no son ricos ni pobres. En cuanto a estos últimos, ahogan por el momento en la embriaguez la insatisfacción de las necesidades y la envidia. Pero pronto, cuando ya no soporten su miseria, no se embriagarán de vino, sino de sangre: éste es el fin al que se les lleva. ¿Pueden considerarse libres estos hombres? Un campeón de esta doctrina me contó un día que, estando preso, se encontró sin tabaco y que esta privación le resultó tan insoportable, que estuvo a punto de hacer traición a sus ideales y a sus creencias para poder fumar. Pues bien, este individuo pretendía luchar por la humanidad. ¿De qué podía ser capaz? A lo sumo, de un esfuerzo momentáneo, de escasa duración. No es sorprendente que los hombres hayan encontrado la servidumbre en vez de la libertad, y que lejos de alcanzar la fraternidad y la unión, hayan caído en la desunión y la soledad. La idea de la devoción a la humanidad, de la fraternidad, de la solidaridad, va desapareciendo gradualmente en el mundo. En realidad, se la recibe incluso con escarnio, pues ¿quién puede desprenderse de sus hábitos? ¿Dónde irá ese prisionero de las múltiples y ficticias necesidades que se ha creado él mismo? A este ser aislado apenas le preocupa la colectividad. En resumidas cuentas, sus bienes materiales han aumentado, pero su alegría ha disminuido.

Hay quien se burla de la obediencia, del ayuno, de la piedad... Sin embargo, ése es el único camino de la verdadera libertad. Yo suprimo las necesidades superfluas, domo y someto mi voluntad altiva y egoísta por medio de la obediencia y rindiendo honor a mis congéneres, y así, con la ayuda de Dios, consigo la libertad del alma y, con ella, la alegría del espíritu. ¿Quién es más capaz de enaltecer una idea, de ponerse a su servicio, el rico aislado espiritualmente o quien que se ha liberado de la tiranía de las costumbres? Se censura a quien se dedica a cultivar su espíritu debido a su aislamiento. Se le dice: «desertas de la causa fraternal de la humanidad». Pero veamos quién sirve mejor a la fraternidad. Pues el aislamiento no nace en nosotros, sino en los acusadores, que se aíslan en el esfuerzo por satisfacer todo lo que demanda su  abultado “yo”, aunque ellos no se den cuenta.

De en medio de EL PUEBLO salieron antaño los hombres de acción. ¿Por qué no ha de suceder hoy lo mismo? Esos ayunadores, esos seres taciturnos, bondadosos y humildes, se levantarán por una causa noble. El pueblo está aislado. El pueblo comparte la fe de los hombres y mujeres que cultivan su espíritu con la obediencia, la piedad y el servicio al hermano. Los políticos sin fe nunca harán nada, aunque sean sinceros y geniales: no olviden esto. El pueblo acabará con el ateísmo y con el rechazo de la transmisión cultural, y conseguirá la unidad del bien que se genera en común. Preservad al pueblo y velad por su corazón. Instruidlo acerca de la paz. El pueblo venera sus orígenes, lleva a Dios consigo.

Igualdad y Fraternidad

Hay que confesar que el pueblo es también víctima de la corrupción. El mal aumenta visiblemente de día en día. El aislamiento invade al pueblo; aparecen los acaparadores y las sanguijuelas. El comerciante experimenta una avidez creciente de honores. Pretende mostrar una instrucción que no posee, y lo hace desdeñando los usos antiguos y avergonzándose de la fe de sus padres. Va a casa de los príncipes, aunque no es más que un siervo pobre, ignorante y depravado. El pueblo ha perdido la moral por efecto del alcohol la lujuria y otros vicios. ¡Cuántas crueldades han de sufrir las esposas y los hijos por culpa de la bebida! Yo he visto en las fábricas niños de nueve años, débiles, atrofiados, hundido el pecho y ya corrompidos. Un local asfixiante, el fragor de las máquinas, el trabajo incesante, la obscenidad, las bebidas... ¿Es esto lo que conviene al alma de un muchacho? El niño necesita sol, los juegos propios de su edad, buenos ejemplos y un poco de simpatía. Es preciso que esto termine. Hay que poner fin a los sufrimientos de los niños.

Pero el bajo pueblo, aunque pervertido y agrupado en torno a la corrupción, sabe que el mal repugna a Dios y se siente culpable ante Él. Así, el pueblo no ha cesado de creer en la verdad: admite a Dios y derrama ante Él lágrimas de ternura. No ocurre lo mismo entre los privilegiados. Éstos son adictos a la ciencia y quieren organizarse equitativamente sin más guía que la de su razón, prescindiendo de Dios y de cualquier condicionamiento. Ya han proclamado que no existe el mal ni el crimen más que cuando ellos lo proclaman. Desde su punto de vista tienen razón, pues, si no hay Dios, ¿cómo puede existir el delito?

En Europa, el pueblo se levanta ya contra los ricos y los poderosos. En todas partes, sus jefes lo incitan al crimen y le dicen que su cólera es justa. Pero maldita sea su cólera por ser cruel. La salvación vendrá del pueblo, de su fe, de su humildad. Amigos, preservad la fe y la piedad del pueblo. No estoy soñando. Siempre me ha impresionado la noble dignidad del pueblo. He visto esa dignidad y puedo atestiguarla. El pueblo no es servil, aun habiendo sufrido la esclavitud y la explotación de los poderosos. El hombre común es desenvuelto en su porte y en sus ademanes, pero sin ofender a nadie con esta desenvoltura. No es ni vengativo ni envidioso. Piensa: «Eres distinguido, rico, inteligente... Que Dios te bendiga. Te respeto, pero has de saber que también yo soy un hombre. El hecho de que te respete sin envidiarte te revelará mi dignidad humana». El pueblo no lo dice así, todavía no sabe decirlo, pero obra de este modo. Creedme: cuanto más pobre y humilde es el hombre o la mujer, más claramente se observa en él y en ella esta noble verdad, pues los ricos, los acaparadores, por lo menos en su mayoría, han caído en la inmoralidad. Pero el pueblo es grande, y su grandeza es hija de su humildad.

Pienso en el porvenir y me parece estar viendo lo que ocurrirá. El rico más depravado acabará por avergonzarse de su riqueza ante el pobre, y el pobre, conmovido por este rasgo de humildad, será comprensivo y responderá generosamente, amistosamente, a semejante prueba de noble confusión. No os quepa duda de que ocurrirá así, pues se progresa en esa dirección. La igualdad sólo existe en la dignidad del espíritu. Cuando haya hermanos y no individuos aislados, reinará la fraternidad, y sin fraternidad, jamás podremos compartir nuestros bienes. Creo que no es imposible que esta profunda y franca unión se llegue a realizar en todas partes. Yo creo que se realizará, y muy pronto.

¿Soy digno de que otros hombres me sirvan? No se puede pasar sin servidores en este mundo, pero ¿Por qué no he de ser yo el servidor de quien me sirve? ¿Por qué no ha de ver él este gesto sin desconfianza y sin considerarlo hijo de mi superioridad y mi altivez? ¿Por qué no he de mirar a mi servidor como a un pariente que se admite con alegría en el seno de la familia? Esto es ya realizable y servirá de base para la magnífica unión que se cumplirá en el porvenir, cuando el hombre no pretenda convertir en servidores a sus semejantes, como ocurre ahora, sino que desee ardientemente ser el servidor de todos los demás ¿Por qué ha de ser un sueño creer que, al fin, el hombre se sentirá feliz de realizar las obras que nos dictan la piedad y la cultura, y no, como sucede en nuestros días, al dar satisfacción a instintos brutales, a la glotonería, la fornicación, el orgullo, la jactancia, el afán, hijo de los celos, del dominio sobre los demás? Estoy seguro de que esto no es un sueño y se realizará muy pronto. Algunos se ríen y preguntan: «¿Cuándo sucederá esto? ¿Es posible que suceda?».

En la historia de la humanidad, ¡cuántas ideas que parecían irrealizables diez años antes, se cumplieron de pronto, al llegar su misterioso término, y se difundieron por toda la tierra! Así volverá a ocurrir. A los que nos increpan y nos dicen que soñamos podríamos preguntarles si no es un sueño la realización de su propia obra, el propósito de organizarse equitativamente sin más guía que la de su razón y prescindiendo de los valores y creencias que cohesionan al pueblo y nos han transmitido nuestros padres. Afirman que aspiran también a la unión, pero esto sólo pueden creerlo los más cándidos, aquellos cuya ingenuidad llega a los límites más inauditos. En realidad, hay más fantasía en sus cabezas que en las nuestras. Esos hombres pueden organizarse de acuerdo con una idea de justicia ficticia, pero, al haber roto con los lazos culturales y perdido la piedad por el origen y la tradición, inundarán el mundo de sangre, pues la sangre llama a la sangre, y el que ha desenvainado la espada, por herida de espada morirá. Sin la piedad se exterminarán hasta quedar sólo dos. Y estos dos, dejándose llevar por su soberbia, lucharán hasta que uno de ellos elimine al otro, y luego, muy pronto, desaparecerá él mismo. Esto es lo que sucederá si no se pierde la esperanza de evitar esta lucha por amor a la bondad y a la humildad.

El amor y el contacto con los otros mundos

Amad a toda la creación en conjunto y a cada uno de sus elementos: amad a cada hoja del ramaje, a cada rayo de luz, a los animales, a las plantas... Amando a las cosas comprenderéis el misterio divino de todas ellas. Y una vez comprendido, penetraréis en esta comprensión cada vez más. Y terminaréis por amar al mundo entero con un amor universal. Amad a los animales, ya que Dios les ha dado un principio de pensamiento y una alegría apacible. No los molestéis, no los atormentéis quitándoles esta alegría. Hombre, no hagas sentir tu superioridad a los animales, que no conocen el mal, mientras tú manchas la tierra, dejando a tus espaldas un rastro de podredumbre. Así proceden casi todos los hombres, por desgracia. Amad sobre todo a los niños, pues también ellos desconocen la corrupción, son como los ángeles. Están en el mundo para llegarnos al corazón y purificarlo. Son para nosotros como un aviso. ¡Maldito sea el que ofenda a estas criaturas! Conmoveos cuando estéis junto a ellos.

A veces, sobre todo en presencia del mal, nos preguntamos: «¿Hay que recurrir a la fuerza o a la humildad del amor?» Emplead siempre el amor: con él podréis dominar al mundo entero. El ser humano lleno de amor es una fuerza temible con la que ninguna otra se puede igualar. No os descuidéis en ningún momento de guardar una actitud digna. Suponed que pasáis por el lado de un niño presas de cólera y blasfemando. Vosotros no habéis visto al niño, pero él os ha visto a vosotros, y es muy probable que conserve el recuerdo de vuestra baja actitud. Sin saberlo habréis sembrado un mal germen en el alma de ese niño, un germen que puede desarrollarse, y todo por haber cometido un olvido ante ese muchacho, por no haber cultivado en vuestro ser el amor activo, hijo de la reflexión. Hermanos míos, el amor es un buen maestro, pero hay que saber adquirirlo, pues no se obtiene fácilmente, sino a costa de largos esfuerzos. Hay que amar no momentáneamente, sino hasta el fin. Hasta el más detestable malvado es capaz de sentir un amor circunstancial.

Mi hermano pedía perdón a los pájaros. Esto parece absurdo, pero tiene su lógica, pues todas las cosas se parecen al océano, donde todo resbala y se comunica. Se toca en un punto y el toque repercute en el otro extremo del mundo. Admitamos que sea una locura pedir perdón a los pájaros. Sin embargo, lo mismo los niños que los pájaros y que todos los animales que nos rodean vivirán más a sus anchas si vosotros os comportáis dignamente. Entonces rogaréis a los pájaros. Entregados enteramente al amor, en una especie de éxtasis, les pediréis que os perdonen a vosotros. Alabad este éxtasis, por muy absurdo que parezca a los hombres. Amigos míos, sed tan alegres como los niños, como los pájaros bajo el cielo. No permitáis que el mal obstruya vuestra acción; no temáis que empañe vuestra obra y os impida cumplirla. No digáis: «El mal, la impiedad, el mal ejemplo son poderosos, y nosotros, en cambio, somos débiles y estamos solos. El mal triunfará sobre el bien». No os descorazonéis.

Y no hay más que un medio de hallar la salvación: el de cargar con toda la malicia de los hombres. Desde el momento en que respondáis por todos y por todo, veréis que es justo que obréis así, ya que sois culpables por todos y por todo. En cambio, si arrojáis vuestra pereza y vuestra debilidad sobre vuestros semejantes, acabaréis por entregaros al orgullo y a la soberbia y os enfrentaréis al mundo y a su Creador. He aquí lo que yo pienso de este orgullo: es difícil comprenderlo, y por eso caemos en él tan fácil y erróneamente, creyendo que realizamos alguna obra noble e importante. Entre los sentimientos y los impulsos más violentos de nuestra naturaleza hay muchos que no comprendemos, pero no creas, hermano, que esto pueda servirte siempre de justificación, pues se te pedirá cuenta de todo lo que puedes comprender, aunque no se te pida de lo demás.

Vamos errantes por la tierra y somos ciegos para muchas cosas. En cambio, tenemos la sensación misteriosa del lazo de vida que nos liga al Espíritu. Las raíces de nuestras ideas y de nuestros sentimientos no están aquí, sino allí, en el Cielo. Por eso los filósofos dicen que en la tierra es imposible comprender la esencia de las cosas. Somos semillas de otro mundo que Dios ha sembrado aquí, para tener en la tierra su jardín. Lo ha formado con todo lo que podía crecer, pero nosotros somos plantas que sólo vivimos por la sensación del contacto con ese mundo, del que proviene nuestra ansia de plenitud. Cuando esta sensación se debilita o se extingue, lo que había brotado en nosotros perece. Llega un momento en que la vida nos es indiferente e incluso la miramos con aversión. Por lo menos, así me parece.

¿Podemos ser jueces de nuestros semejantes?

             Recuerda que no puedes ser juez de nadie, ya que, antes de juzgar a un criminal, quien juzga debe tener presente que él es tan criminal como el acusado, y tal vez más culpable de su crimen que todos. Cuando haya comprendido esto, podrá juzgar: es una gran verdad, por absurdo que parezca. Pues si yo soy un hombre justo, primero conmigo mismo, nadie será un criminal ante mí. Si puedes cargar con el crimen del acusado al que juzgas, hazlo inmediatamente, sufre por él y déjalo marcharse sin hacerle ningún reproche. Incluso si eres juez de profesión, haz todo lo posible por desempeñar tu cargo con este criterio, pues, una vez que se haya marchado, el culpable se condenará a sí mismo más severamente que podría hacerlo ningún tribunal de justicia. Si se va sin que tu conducta le haya producido efecto y burlándose de ti, no te desanimes: ese hombre obra así porque todavía no ha llegado para él el momento de la revelación; pero ya le llegará. En el caso contrario, el acusado comprenderá, sufrirá, se condenará a sí mismo: se le habrá revelado la verdad. Cree en esto firmemente: es la base de la esperanza y de la fe de los hombres y mujeres que irradian su luz en el mundo.

Que tu actividad sea continua. Si por la noche, antes de dormirte, te acuerdas de que has dejado de cumplir algún deber, levántate en el acto y cúmplelo. Si los que te rodean se niegan a oírte y se muestran irascibles, sírvelos en silencio y humildemente, sin perder jamás la esperanza. Si todos se apartan de ti y algunos te rechazan con violencia, permanece solo, arrodíllate, besa la tierra, riégala con tus lágrimas, aunque nadie te vea ni te oiga. Estas lágrimas darán fruto. Cree hasta el fin, incluso en el caso que fueses tú el único que permanecieras fiel. Y si te reúnes con otro hombre o con otra mujer como tú, obtendrás la plenitud del amor vivo. Daos entonces un fuerte abrazo y alabad a Dios por haberos permitido, aunque sólo a vosotros dos, cumplir la verdad de su palabra, como Jesucristo la cumplió.

Si los hombres permanecen insensibles a esta luz, a pesar de tus esfuerzos, y desprecian su propia salvación, mantente firme y no dudes del poder de la luz del Espíritu: puedes estar seguro de que si no se han salvado todavía, se salvarán en adelante. Y si no se salvan ellos, se salvarán sus hijos, pues la luz no se apaga nunca, ni aun después de tu muerte. El género humano rechaza a sus profetas, los aniquila, pero los hombres aman a sus mártires, veneran a quienes han dado muerte ellos mismos. Trabajas para la colectividad, obras para el porvenir. No busques recompensas, pues ya tienes una, y muy grande, en la tierra: tu alegría espiritual, de la que sólo pueden participar los justos. No temas a los grandes ni a los poderosos, no te excedas en nada; instrúyete sobre esto. Retírate a la soledad, prostérnate con amor y besa la tierra. Ama incansablemente, insaciablemente, a todos y a todo; procura alcanzar este éxtasis, esta exaltación. Riega la tierra con lágrimas de alegría y ama estas lágrimas. No te avergüences de este éxtasis, adóralo, pues es un gran don de Dios.

Reflexiones finales

¿Qué es el infierno? Yo lo defino como el sufrimiento de quien ya no puede amar habiendo podido hacerlo. En un punto, en un instante del espacio y del tiempo infinitos, un ser espiritual que existe en la tierra tiene la posibilidad de decirse: «Existo y amo». Sólo por una vez se le ha concedido un momento de amor activo y viviente. Para este fin se le ha dado la vida terrestre, de tiempo limitado. Pues bien, este ser feliz ha rechazado este inestimable don; ni le da valor ni lo mira con afecto: lo observa irónicamente y permanece insensible ante él.

Este ser, cuando deja la tierra, contempla el paraíso y puede elevarse hasta Dios. Pero le atormenta la idea de llegar sin haber amado, de entrar en contacto con los que han prodigado su amor, habiéndolo él desdeñado. Ahora ve las cosas claramente y se dice: «En este momento poseo la clarividencia y comprendo que, pese a mi sed de amor, mi amor sería hueco, no tendría valor alguno, ya que no representaría ningún sacrificio por haber terminado mi vida terrestre. Nadie puede calmar, ni siquiera con una gota de agua, mi sed ardiente de amor espiritual, este amor que ahora me abrasa, después de haberlo desdeñado en la tierra. La vida y el tiempo han terminado. Ahora daría de buena gana mi vida por los demás, pero esto es imposible, pues la vida que yo quisiera sacrificar al amor ya ha pasado y entre ella y mi existencia actual hay un abismo».

Me parece, hermanos y amigos, que no he expresado claramente estos pensamientos. Pero malditos sean aquellos que se han destruido a sí mismos, malditos sean esos suicidas. No creo que haya seres más desdichados que ellos. Toda mi vida he rogado desde el fondo de mi corazón por esos infortunados, y sigo haciéndolo todavía.

En el infierno hay seres que permanecen altivos y hostiles a pesar de haber adquirido la claridad de pensamiento y de tener ante sus ojos la verdad incontestable. Algunos de ellos son verdaderos monstruos entregados enteramente a su orgullo, mártires voluntarios que no se sacian de infierno, que se han maldecido a sí mismos, por haber maldecido a Dios y a la vida. Se alimentan de su feroz soberbia, como el hambriento caminante del desierto se bebe su propia sangre. Pero son y serán siempre insaciables y rechazan el perdón. Maldicen y querrían que Dios y toda su Creación desaparecieran. Arderán eternamente en el incendio de su cólera y siempre tendrán sed de muerte y de exterminio...

El fin de Zósimo sobrevino inesperadamente, pues, aunque todos los que estaban con él se daban cuenta de que se acercaba su fin, nadie se podía imaginar que muriera tan repentinamente. Por el contrario, viéndole tan animado, tan locuaz, creyeron en una notable mejoría, aunque fuese pasajera. Cinco minutos antes de su muerte, nadie podía prever lo que iba a ocurrir. Sintió de pronto un dolor agudo en el pecho y se llevó las manos a él. Todos se apresuraron a socorrerlo. Sonriendo a pesar de su dolor, se deslizó de su sillón, quedó de rodillas y se inclinó hasta tocar el suelo con la frente. Después, como en éxtasis, abrió los brazos, besó la tierra murmurando una oración y entregó su alma a Dios alegremente, dulcemente...

La noticia de su muerte se extendió con gran rapidez. Los íntimos del difunto lo amortajaron de acuerdo con los ritos tradicionales. La comunidad se reunió en la iglesia. Antes de la salida del sol, la nueva llegó a la ciudad y fue el tema de todas las conversaciones. Gran número de vecinos acudió a su entierro.

sábado, 29 de octubre de 2011

UN LIBRO MUY INTERESANTE SOBRE EL AMOR


Juan José Pérez-Soba, El amor: introducción a un misterio. BAC, Madrid, 2011.

Acabo de terminar este libro sobre el amor, una actividad propia de la voluntad, la cual, junto con la inteligencia, son las dos facultades del alma humana. Su lectura me ha desvelado algunos de los misterios de esta sublime experiencia humana que concentra gran parte de nuestra energía vital. Es un libro bien escrito y profundo, que exige una lectura pausada y tranquila poder sacarle provecho.

El efecto que ha tenido sobre mí la lectura de su Primera Parte, en el que se trata sobre la luz del amor en sí misma y su estructura básica, está marcado por las angustias y ansiedades que pasé mientras trabajaba en mi tesis doctoral sobre la “autonomía moral” del ciudadano en relación con las intromisiones de la legislación del Estado en su vida privada. Estas intromisiones se refieren, por ejemplo, a la obligación de llevar puesto el cinturón de seguridad cuando conduzco, con la finalidad supuestamente benéfica de favorecer mi seguridad personal. O, como ocurre en otros países, a la obligación de tener que esperar un plazo (cooling period) antes de autorizar un divorcio o un aborto, para que las partes puedan repensar mejor continuar adelante con decisiones tan graves.

En aquella época estudié las condiciones de la acción de un agente autónomo, y, para ello, me adentré en la estructura de la deliberación previa a la acción, según los distintos “niveles de preferencias” (por ejemplo en el caso de que quiera al mismo tiempo fumar y dejar de fumar, o comer y no engordar) y la consideración de las “razones” que tengo para actuar, como elementos del razonamiento práctico conducente a la acción. Para ello seguí a autores ingleses y norteamericanos principalmente, que cultivaban la corriente denominada “filosofía analítica”.

Pasé no pocas angustias y ansiedades porque, si bien pude comprender enseguida, y sentirme cómodo estudiando el elemento cognitivo, la deliberación previa a la acción, por ningún lado encontraba el elemento volitivo en la acción, hasta el punto de llegar a pensar, inducido por algunos autores encuadrados dentro de la corriente de pensamiento que he mencionado, que la potencia voluntaria no era más que una ficción. No veía otra “iluminación” en la acción intencional (voluntaria) que la que proporcionaba la inteligencia mediante un razonamiento práctico conclusivo, respecto al cual la acción se me mostraba como un resultado meramente consecuencial(1).

El asunto comenzó a cambiar cuando en la edición en español de After Virtue de Alasdair MacIntire, sentado en el césped a la vera de la Facultad de Derecho, leí que “el ‘bien’ o  ‘lo bueno’ es aquello a lo que el ser humano característicamente tiende”(2). Y se fue aclarando más adelante, cuando en el conocido ensayo Intention de G.E.M. Anscombre, se dice que “la característica del conocimiento práctico es que el objeto querido se encuentra a cierta distancia de la acción inmediata para lograrlo”(3). Ello, junto con el análisis del doble conocimiento, inferencial o por observación, y otro sin observación de la acción que realizo(4), fue abriendo mi mente a la comprensión del elemento orético que preside la acción de un individuo “autónomo”, y que, en cuanto acción autónoma, habría de ser refractaria a cualquier “intervención paternalista” del Estado.

Con la lectura del libro del Prof. Pérez-Soba sobre el misterio del amor, todo el trastorno que me provocó el esquematismo analítico en la investigación sobre la acción, que ya casi había olvidado, se convirtió en paz y esperanza, pues he podido ahondar en la comprensión del agente como criatura de Dios, es decir, que su entidad no se agota por su pertenencia a una clase de seres, como es la especie humana, sino que su identidad constituye una “novedad” irreductible a cualquier categorización, que se experimenta íntimamente como un don de lo “absolutamente Otro”, del mysterium tremedum et fascinosum del que habla Rodolfo Otto en su ya clásico libro Lo Santo(5). Así, dice Santo Tomás que “el amor es por su misma esencia el Don Originario del que derivan naturalmente los demás dones”(6). El Prof. Pérez-Soba, comentando a San Agustín, resalta la importancia de dar el “paso de centrar el amor en el movimiento, al ser, que es el principio del movimiento”, con lo que el amor se constituye en “un principio anterior a nuestra conciencia, que está presente en cualquier acto y, al mismo tiempo, permite comprender la ambigüedad con la cual el hombre vive el amor como una fuerza que le puede conducir a lo mejor o a lo peor”  (pp. 45-46).

Con este presupuesto, se entiende que la voluntad, concentrada en la “decisión” como su operación propia, con el “hacer” consecuente, distancie la acción del objeto querido, según la cita de Anscombe que he transcrito antes, puesto que apunta siempre a un “querer más” que no se consuma en presente(7). Toda decisión particular surge, en último término, como un acto del tender radical de la persona, la “fuerza” del amor, como lo llama el Prof. Pérez-Soba, que es reclamada en su origen como criatura del Amor Increado.

La decisión particular no consuma esta tendencia radical al apropiarse de su objeto, como ocurre con el acto de conocer(8), pues se aboliría respecto a él, sino que involucra reflexivamente al sujeto en los mismos términos del acto de querer, separándose de él, a la vez que ilumina al que quiere, forjando su identidad según la realidad “querida”. En la pág. 49 del libro se dice que “esta unidad de la persona con algo distinto de sí permite percibir un nuevo modo de aproximarse a la constitución del acto humano por encima de la divergencia ‘objeto-sujeto’, que es propia de la inteligencia. Se nos abre la posibilidad de una nueva luz”. Una nueva luz “con un alcance de indudable valor personal desde un inicio, que solo el amor puede revelar al hombre y en el que se manifiesta su mayor originalidad” (p. 29). Y más adelante se dice que “la originalidad de esta unión afectiva es, pues, de tal contenido antropológico, que ha de decirse que existe una ‘verdad del afecto’ que permanece como una guía interna de cualquier acción humana” (p. 53). Y yo digo, ¿qué mayor verdad del afecto que la del enamoramiento, si es correspondido, por el cual un sujeto se constituye en “otro” para otra persona, según una “dinámica donal” de entrega y servicio que retroalimenta recíprocamente el ser de quienes se aman, sin detrimento de la alteridad, provocando “una cierta transformación en el amante” (pág. 52);  o la verdad sublime de la unión mística de quienes tienen la fortuna de recibir y vivir respirando el soplo del Espíritu Santo?

Esta nueva luz es, a mi juicio, la asistencia del íntimo fondo del hombre/mujer a su querer, que ratifica una dinámica ascendente de perfección en el propio ser, o reclama rectificar(9), y, que, en cuanto luz o “iluminación”, constituye la guía eminente de la moralidad del acto humano, según sea su adecuación a la naturaleza que le es propia y su correspondencia obediente al don recibido del Amor Increado. Cito otra vez a nuestro autor cuando dice: “La creación no es un escenario bello sin más, donde colocar las realidades creadas con un orden, sino que en su dinámica tiende a una perfección hacia la que se mueven íntimamente todas las criaturas (…) de la consabida escala de seres que se nos aparecen de un modo creciente hasta terminar en la ‘imagen y semejanza’ (Gén 1, 26) que es el hombre” (pp. 44-45).

La mirada “interna” del amor supera, y es capaz de integrar la dicotomía excluyente en la que oscilan las propuestas éticas de la modernidad, a las que se alude en el Cap. I del libro: a) La consideración del “deber” que fundamenta la norma, como único principio de moralidad, considerado como un mero “dato” de conciencia, y b) La “utilidad”, como bien cuantificable desde fuera, con independencia de la experiencia del agente, con la que se justifica el curso de la acción. Como se dice en la  pág. XVII del libro del Prof. Pérez-Soba, “el amor es una guía fundamental para poder discernir con sabiduría el valor definitivo de todo lo que se vive”. La ética del amor logra integrar la norma como conformidad con la naturaleza y el bien como dinámica de perfeccionamiento vinculada a la felicidad personal.

El amor revela que la “justicia” ha de ser completada por la “piedad”, entendida como disposición de ser “otro” para los “otros”, para poder fundamentar cualquier grado de vinculación social. En el amor arraiga la fraternidad genuina, generadora de un bien que es fruto del encuentro amoroso, y que existe en cuanto es “común”. De él se alimenta el bien individual(10). Sin la piedad el encuentro se transmuta en intercambio y el don en interés, con base una ficticia fraternidad revolucionaria que, inevitablemente, degenera en conflicto. La constatación de que nos seguimos amando, aunque sea sin la universalidad que exige la profundidad del amor de un Padre común, desvelada en este libro, es la prueba de que el mundo sigue “encantado”, y que a pesar de Max Weber, el reino de lo invisible no está definitivamente agotado(11).

Antes de concluir quisiera mencionar una cierta inquietud por la determinación con que se prescinde en el libro del Prof. Pérez-Soba de la terminología al uso en el estudio de las cuestiones referentes a la operación propia de la voluntad, reconduciendo el análisis al uso analógico del término “amor”, lleno de carga emocional, o “afecto”, términos que adolecen de una extensión en su significado que va en detrimento de su intensión. Así, si no me equivoco, la clásica categoría de la voluntas ut natura, no aparece mencionada más que una vez en la p. 55, o el empleo del término “acción” en lugar del uso activo, o la misma decisión, como acto propio de la voluntad, de la cual se dice textualmente que “su acto propio es, precisamente, el amor” (p. 54). Tampoco se aprecia un análisis de la noción de facultad, como potencia del alma que, en el caso de la voluntad, se actualiza con el querer. Creo que ensayar con la terminología filosófica más reciente, con escasa referencia a la ya consolidada, y sin dejar de lado la vulgarizada, puede dificultar el estudio de una realidad como el amor, en la que está comprometido el ser sin restricción, y arriesgar que la investigación sea, según la máxima agustiniana, un  magni passus sed extra viam(12).

Finalmente, me pregunto si en la futura sistemática de una “teología del amor”, que en el libro se anuncia en la pág. 63, se aludirá a su culminación, con la posesión de Dios en la vida futura, Verdad suprema y Bien absoluto, como corresponde a la profundidad del espíritu humano que se manifiesta en esta vida con la experiencia amorosa. Esta culminación tradicionalmente se estudia bajo la denominación de los “novísimos”, en los que se incluyen la muerte y el juicio, el infierno, el purgatorio y la vida eterna en el Cielo llena de plenitud y frescor siempre nuevo(13).


NOTAS:

(1) "La forma en que se suele dar cuenta de la noción de <motivo> (o <razón> en sentido explicativo), (...) consiste en describirlo como una combinación de creencias y deseos. (...) Se da por sentado que su significado es claro: se supone que cuando una persona actúa intencionalmente lo que sucede, a grandes rasgos, es que valora positivamente cierto estado de cosas, cree que cierta acción producirá o promoverá dicho estado de cosas y por lo tanto actúa" BAYON, J.C.: La normatividad del derecho: deber jurídico y razones para la acción, Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1991, pp. 47-48.
(2) MACINTYRE, A.: Tras la virtud, Editorial Crítica, Barcelona, 1987, p. 187.
(3) ANSCOMBE, G.E.M.: Intención, Paidos, Barcelona, 1991, p. p. 138.
(4) "Por un lado, no puedo tener un conocimiento no inferencial de mi acción de mover el brazo si no siento, o de otra forma observo, que se mueve. Pero la observación sólo me da un conocimiento de mi brazo moviéndose, no de mi acción  pues resulta extraño decir que estoy observando mi propia acción. Por otro lado, defender un conocimiento no observacional de mi acción también es extraño, puesto que el moverse de mi brazo requiere un conocimiento observacional de que se mueve. Por lo tanto el conocimiento de mi acción no es ni uno ni otro solamente". ODEGARD, D.: "Volition and Action", en American Philosophical Quarterly, 25 (1988), n.2, p.146.
(5) OTTO, R.: Lo Santo. Los racional y lo irracional en la idea de Dios, Revista de Occidente, Madrid, 1975.
(6) S. Th. I, 38, 2, resp. Cita tomada del texto del Card. Joseph Ratzinger: El hombre entre la reproducción y la creación. http://capellania.unisabana.edu.co/controversias/ratzinger1.pdf (27/10/2011).
(7) Como dice el Maestro Eckart , se vive para vivir: Puedes interrogar a la vida misma durante mil años con esta pregunta : ¿”Por qué vives”? Y la única respuesta que siempre obtendrías sería “vivo para vivir” ¿Por qué sucede esto? Porque la vida proviene de su propio fundamento y surge de sí misma. Por lo tanto, la vida vive sin una razón; la vida vive para sí misma”. Sermón nº 58.
(8) “Querer es una operación cuyo objeto es extrínseco a la facultad volitiva, mientras que entender es una cierta posesión cuyo objeto es intrínseco a la facultad intelectiva”. MILLÁN-PUELLES, A.: Fundamentos de filosofía, Rialp, Madrid, 1958, p. 375.
(9) En su Sermón XX el Maestro Eckart escribe: “La chispita del alma, que fue creada por Dios y es una luz impresa desde arriba y una imagen de la naturaleza divina”, a lo que añade: “Dice San Agustín que la chispita está más adentrada en la verdad quetodo cuanto el hombre pueda aprender”. En otro de estos sermones le da el nombre de boca del alma: “Ahí el Padre engendra a su Hijo en el alma, y ahí le habla a ella”. MEISTER ECKART: Tratados y semones, trad. Castellana de Ilse M. de Brugger, Varcelona, Edhasa, 1983, pp. 438 y 699.
(10) Se podría decir que el individuo es a la comunidad como la letra es a la palabra.
(11) GAUCHET, M.: El desencantamiento del mundo. Una historia política de la religión, Trotta, Madrid, 2005, p.9.
(12) “El hombre no está preso en el gabinete de espejos de las interpretaciones; él puede y debe irrumpir hacia lo real, que se halla detrás de las palabras y que a él se le muestra en las palabras y por medio de ellas”. RATZINGER, J.: Fe, verdad y tolerancia, Sígueme, Salamanca, 2005, p. 165.
(13) GARRIGOU-LAGRANGE, R.: La vida eterna y la profundidad del alma, Rialp, Madrid, 1950.

lunes, 1 de agosto de 2011

Evaluación “científica” en Bruselas


Evaluación “científica” en Bruselas

Acabo asistir, en calidad de ethical expert, a la evaluación científica de un proyecto de investigación médica que aspira a una subvención millonaria con fondos de la Unión Europea. La discusión entre los scientific experts presentes en la reunión sobre el alcance y planteamiento del proyecto resultó muy interesante, pero he de confesar que volví algo contrariado después de dos prolongados días sentado en las reuniones que se celebraron en el moderno edificio comunitario destinado al efecto. Mi contrariedad se debe a la sonrisa socarrona, mezclada con cierto incomodo, por parte de uno de los seis expertos “científicos” asistentes, cada vez que yo abría la boca para referirme a los aspectos “éticos” implicados en la investigación. Parecía que cualquier consideración moral sobre los métodos y fines de la investigación era marginal en relación con la cuestión central que daba cuerpo al proyecto: la hipótesis y la experimentación diseñada para validarla. Utilizando una expresión común, para este experto discutir la propuesta científica era “tocar madera”, es decir, hablar de la realidad tal y como es, accesible a todos, mientras que las cuestiones morales eran un asunto de opinión, sin otro fundamento que la convicción de quien las sostiene, en este caso yo mismo, que no hacía otra cosa que interrumpir  y despistar del tema que nos convocaba.
Es evidente que quien piensa que el conocimiento de lo real consiste en “tocar madera” asume que solo es real lo que se “palpa” a través de los sentidos, lo cual, a nivel científico se complica con la necesidad de hacer experimentos. Con ello, el científico “cientifista” trabaja con la hipótesis básica de que el Cosmos es material. Todo lo ve según la evidencia -ex videre- de que lo único que existe es la madera que toca o la que pueda tocar en sus futuras indagaciones , es decir la materia y las supuestas leyes por las que ésta se rige.
Esta hipótesis básica no se puede validar con una prueba experimental, es decir, el científico socarrón no la puede “tocar”, pues no es posible reunir y relacionar todos los elementos que forman el Cosmos según una ley o principio de unidad que lo identifique lógicamente como una unidad material. Solo un individuo omnisciente que lo supiera todo de todas las especialidades, cerrando con ello la posibilidad de seguir avanzando en el conocimiento, podría afirmar con rigor científico la existencia de un Cosmos exclusivamente material. El conocimiento de esta “mente absoluta” habría de incluir la prospectiva -la ciencia que intenta predecir el futuro-, e incluso una teoría del conocimiento que diera cuenta de su propio funcionamiento. Esta mente podría explicar, además, por qué algunas hipótesis científicas sobre la constitución de lo real, con sus derivaciones tecnológicas, resultan eficaces para mejorar nuestras condiciones de vida, y otras son derrotadas en su prueba experimental, lo cual está fuera del alcance de mi colega en la reunión de Bruselas.
Consecuentemente, identificar la realidad con “la madera que toco” es una no-hipótesis, es decir, una creencia que no admite demostración, sin mas valor “científico” que si se identifica con la magia de Harry Potter, con el ser o la nada del filósofo, o con la fe del creyente. Todos ellos progresan en el conocimiento de una supuesta verdad según la máxima credo ut intelligam, ya que ninguna entidad finita da cuenta desde sí misma del fundamento de su realidad, como tampoco nadie se fundó a sí mismo el día feliz en que decidió existir.
Si se abunda en ello se aprecia que el conocimiento de lo finito, como conocimiento de lo real en cuanto lo abarca la mente, solo se da con referencia al horizonte inabarcable de lo infinito, es decir, al principio desde el que se nos muestra la evidencia de lo real en cuanto real. Con este principio la mente no se puede “medir”, pues nadie es capaz de abarcar al completo y sin residuo la realidad, como ya se ha dicho, y se asume como una creencia desde la que se juzga la “verdad” de un saber que siempre es limitado. Por ello, igual que el científico se sonreía cuando yo hablaba, podría sonreír yo para mis adentros cuando escuchaba sus observaciones con fe exclusiva en la “verdad material”. Con la misma legitimidad puedo apoyarme yo en la creencia de que vivimos en un mundo encantado, gobernado por hadas y duendes, o que es la probabilidad extrema de un azar que lo domina todo, o que el universo lo creó Dios sacándolo de la nada, y que nos dio los diez mandamientos como la “verdad moral” para regir nuestro destino temporal.
Nadie duda del progreso que debemos a los avances científicos, tanto en el campo de la Física o la Biología, como en los estudios sobre los sistemas de organización social. Sin embargo, el “culto” que sus mejores cultivadores rinden con frecuencia a la ciencia les ciega para ver que las leyes cuyo cumplimiento depende de la libertad -la ley moral-, tienen también un estricto valor funcional para la viabilidad y el progreso de nuestra vida y la de las generaciones futuras en el planeta. Basta pensar en el efecto destructor del potencial atómico no sujeto a una política de contención, o en el peligro de perder nuestra identidad biológica cuando las tecnologías genéticas estén disponibles para su uso. No faltan ya elaboradas propuestas teóricas en este sentido que reivindican el “derecho a un mínimo genético decente”, como han hecho Norman Daniels, Dan Brock, Allen Buchanan y Daniel Wikler en su libro From Chance to Choice: Genetics & Justice, ni incursiones prácticas inaceptables, con la producción en secreto de híbridos humanos, como acaba de desvelar el Daily Mail en su edición digital del 25 julio.

                                               Escultura de Patricia Piccini
La verdad moral no es refractaria a la verdad científica, y, mientras vivamos bajo la sombra de la muerte, la ciencia no nos proporciona un pasaporte al Paraíso. Quizá al científico socarrón le convendría releer la conversación del sabio Zósimo, el personaje creado por el genial Dostoyevski en Los hermanos Karamázov, para reconciliar ambas verdades  con la esperanza en un futuro mejor:

martes, 28 de junio de 2011

UN DIRECTOR "FANTÁSTICO"

   Quienes formamos parte del colectivo “docente e investigador” de la universidad acabamos de recibir, por indicación del presidente de la Comisión de Internacionalización y Cooperación de la CRUE, una invitación a participar en el concurso convocado para cubrir el puesto de director del nuevo Instituto Internacional para la Alianza de Civilizaciones, establecido en Barcelona con apoyo del gobierno de España. Se ofrece un salario neto de 75,797.99 EUR, además de todo el paquete de beneficios que las Naciones Unidas asigna a su personal. Su misión consistirá en contribuir al análisis y resolución de los retos relacionados con la consecución del proyecto político que lleva el nombre del Instituto, considerado el cauce natural para alcanzar un ambicionado orden de paz perpetuo.

Como parte de este colectivo académico, al que conviene calificarlo también “divulgador”, según las corrientes del management universitario que estamos viviendo por inmersión, creo conveniente vulgarizar que para cubrir dicho puesto hace falta un director fantástico. Fantástico, porque la misión que se le asigna no encuentra sitio sino en la fantasía, como lo encontraría, por ejemplo, la misión de quien tuviera a su cargo la asignación de posiciones entre hadas madrinas y ángeles custodios en orden a la generación de relaciones de amor entre los seres humanos.

La consecución de una alianza entre las civilizaciones exige la superación del Estado y el establecimiento de una futura organización político-jurídica total, que va más allá de la diluida “gobernanza” o gobierno relacional, en la que el Estado pasa de ser la referencia central en el ejercicio del poder a ser uno de sus componentes en las redes de interacción global. Este concepto prescinde de los términos que son propios de la conciencia política genuina, que incluye tanto la voluntad de mando como la de obediencia. En la conciencia política radica cualquier forma posible de integración social. Por ello, para imaginar y poder asumir como una meta digna de crédito una “monópolis” mundial, su impulso sólo puede radicar en una voluntad común de la humanidad que mantenga la conciencia clara y activa de constituir una sola familia humana, por encima de la tradición milenaria de la que se alimentan las diferentes civilizaciones, y esto es lo que se pretende con el llamamiento a la Alianza por parte de los dirigentes políticos.

Sin embargo, hay que notar que la llamada a la Alianza no se dirige al individuo sino al género humano en su conjunto, y ello presupone que el individuo ya es consciente de su solidaridad con la humanidad, o que está abocado a “convertirse” y sumarse a ella, que es precisamente lo que se pretende alcanzar. Ni John Lennon lo consiguió, aunque su canción siga resonando: Imagine all the people sharing all the world (…) I hope someday you'll join us, and the world will live as one. Jesucristo mismo, a pesar de su poder para hacer milagros, sabía que sólo unos pocos de los que le escuchaban “tenían oídos para oír” su exigitivo mensaje de fe y de amor, como relata Lucas en el capítulo ocho de su inspirado libro.

De esta forma, la advertencia política a aliarse utiliza el sistema de creencias del individuo como instrumento de la acción política misma, implantando un deber de adhesión a fin de evitar la catástrofe política total, en la actualidad azuzada por el terrorismo o por la intervención de las potencias en los conflictos locales. Como proyecto político la Alianza desconoce la primacía del mundo de la fe y de la cultura que identifica a cada civilización, el cual está situado por encima del poder estatal, como repetidamente lo muestran los atentados suicidas o el primado del interés en las relaciones entre las potencias en el ámbito internacional. Consecuentemente, la llamada a la Alianza no es más que una injustificada presunción de solidaridad global, como la de quien juega a los dados convencido de que van a sumar seis por el mero hecho de que él los tira.

Tener oídos para oír supone “inclinarse” a oír, es decir, poner en suspenso o silenciar las crispadas voces y discursos en las que fundamos nuestra identidad, para percibir el eco apacible que proviene de horizontes nuevos, incitando a la expansión del “yo”. El escenario de la escucha es la intimidad, el ámbito exclusivo de la libertad, en el que el sujeto puede abrirse a valores nuevos y convertirse a la solidaridad con los otros, u obcecarse, fijando rotundamente la identidad ya dada de su “yo” con una intensidad variable, que lo aísla, lo hace indiferente o le aboca a la violencia en contra de aquellos en quienes no se reconoce.

La Alianza de Civilizaciones, como programa político para la paz, es la pueril fantasía de que la conciencia política del género humano en su conjunto se puede transformar con la trompetada a la “conversión”, sin considerar el espacio propio de la libertad. O, alternativamente, se presenta como un velo retórico para tapar un régimen de poder total que, en vez de servir como refugio de paz de los pueblos, sea el monstruo, todavía inexistente, de un imperio mundial, peor en su tiranía que la denunciada por los visionarios apocalípticos con sus referencias a Babilonia, al reino de los medos y de los persas, o al dominio de los seléucidas y los romanos. Es dudoso que un orden de poder global sea preferible a la guerra, ya que el hombre y la mujer, reducidos a prototipos humanos carentes de libertad, si han de seguir siendo lo que son, habrían de rebelarse contra esa autocreada tutela, y la guerra continuaría existiendo en forma de contienda civil o de acción policial.

Muy probablemente, para ganarse el abultado sueldo que se ofrece, quien gane el puesto de director “fantástico” al que se nos invita a concursar tenga que bailar al son de la inolvidable canción de Machín, Mar y Cielo: Me tienes/ pero de nada te vale. Soy tuyo/ porque lo dicta un papel. Mi vida/ la controlan las leyes. Pero en mi corazón/ que es el que siente amor/ tan solo mando yo.

jueves, 9 de junio de 2011

EL REINO DEL PP O LA MEDUSA


 La venida del Reino del PP con las elecciones que se acaban de celebrar ha estallado en una explosión de alegría entre sus votantes y entre quienes les van a representar en los nuevos gobiernos locales y autonómicos que se formen.  Supongo que este regocijo se debe a que “han llegado al poder”. Esto me hace considerar lo que es propio de todo hombre o mujer de acción: su vida discurre como un proceso, más o menos frenético, que pivota en torno a uno o varios ejes que se podrían denominar “puntos de estabilidad”, en los que su corazón descansa, o, utilizando una expresión evangélica, en los que puede “reclinar la cabeza”. Esto es evidente en el enamorado cuando llega el encuentro con la persona amada; en el empresario cuando contabiliza sus ganancias; en quien se sienta a ver una final de fútbol después de haber sudado la camiseta durante la semana, o en el intelectual, que, apartado de toda actividad, se entretiene pensando. La alegría que muestra el PP parece que sigue este mismo patrón: ha alcanzado su “punto de estabilidad” por haber llegado al poder, y, consecuentemente, el partido está satisfecho.

Este triunfalismo es alarmante, a mi modo de ver, porque refleja una fascinación por el poder que puede cegar para ejercerlo de otra forma que no sea la de hacerlo crecer. El poder, en cuanto tal, no puede ser sensatamente el fin de la voluntad, pues carece de contenido, aunque la presentación de un programa haya sido una condición para haberlo conseguido. El triunfalismo electoral sólo puede manifestar la autosatisfacción de una voluntad sin contenido que no quiere nada más que a sí misma, comparable a la que experimentaron nuestros primeros padres ante la tentación primigenia: eritis sicut Deus. Es el “ejercicio” del poder, en vista de un fin juzgado y perseguido como bueno, lo que le da sentido a la aspiración a “llegar” a él, y esto es una llamada a la contención y la responsabilidad. La alegría profunda por haber recibido la confianza de los ciudadanos para custodiar su libertad durante cuatro años no se aviene bien con el jolgorio o la fiesta por la mera constatación de que ahora “mandamos nosotros”. Habría sido más ajustada una celebración inspirada en un principio que cabría formular como “hemos ganado, la hemos cagado”, debido a la dificultad que entraña el ejercicio cabal del poder.

Aparte de las reflexiones de los teóricos de las ciencias políticas sobre la noción clave de “representación” y el ejercicio de la prudencia política, la dificultad para ejercer el poder se encuentra, ante todo, en una dimensión interior que San Agustín denomina parturitio desiderii -el parto del deseo-, y que nos afecta a todos en la medida en que participamos en el vínculo social. En el caso de los representantes en la arena política, este parto les afecta de modo eminente, ya que consiste en hacer hueco o dejar en suspenso sus propios deseos para poder hacerse cargo y secundar los deseos de su principal -los representados-. Es evidente el íntimo desgarro que supone esta dinámica de “excavación” del alma para el sujeto que se aventura en ella, es decir, para el prudente estadista, como contrapuesto al tipo adulador, especializado en agarrar la oportunidad por los pelos para enriquecerse, o al ambicioso, que llega al poder embrujado por el deseo de su propio encumbramiento.

El desgarramiento interno que produce el parto del deseo se percibe fácilmente al volante, si coincidimos con otro conductor que pretende ganarnos la posición al entrar en la rotonda, cuando ¡soy yo! quien tiene la preferencia, ¿Quién puede contenerse en esta situación, y ceder el paso con amabilidad?, o en el terreno de la venganza por un agravio, ¿Quién desea el castigo sólo con la intención de que el agresor se corrija?, y, si uno es la víctima, ¿Quién tiene arrojo para otorgar el perdón? O, ¿Quién es capaz de cancelar la prisa, para medir su tiempo al ritmo del otro, sea un enfermo, un anciano o un charlatán?

La parturitio desiderii de San Agustín es la “ascética” que se requiere para llegar a lo que Stuart Mill llamó el “estado de sociedad”, el cual se alcanza a medida que la humanidad se va apartando del estado de independencia salvaje. En su ensayo sobre la libertad, este reconocido autor dice que los salvajes viven sometidos a sus impulsos, son incapaces de fijarse propósitos estables o de vivir conforme a una norma. Sus capacidades no están suficientemente desarrolladas para mejorar a través de la discusión libre e igual, y, debido a su condición, requieren incluso del despotismo para superar las dificultades en el camino del progreso. Del progreso hacia la democracia es a lo que se refiere Mill, que es el único modelo de relación política que puede hacer posible llegada del Reino del PP, mediante el ejercicio refinado de la representación política, a la que es refractario el salvaje.

Es evidente que la tarea de representar no exige que quienes gobiernan tengan que ejecutar exactamente los deseos de quienes les han dado su confianza, anulando de esta forma el control sobre la acción de gobierno de quienes fueron elegidos para ello. Utilizando una analogía, esto sería como decir, en relación con los representantes, que mi mano actúa por mí cuando la muevo. Ni tampoco la confianza ganada con las elecciones puede considerarse una autorización o un permiso para que el representante campe a sus anchas en su nueva posición de privilegio. Ambas formulaciones del ejercicio de la representación política distorsionan la obligación de los elegidos. El mandato “representativo” se legitima por la protección efectiva del interés del elector en el proceso político, siendo sensible a sus deseos. Como dice Pitkin en su elaborado trabajo sobre esta cuestión, no tiene por qué obedecerlos siempre, pero debe de tenerlos en consideración, especialmente cuando entran en conflicto con lo que él entiende que es el interés del elector. En este caso, lo que debe de proporcionar son las “razones” de la discrepancia, en lugar de un contundente “ahora mando yo” o de la mentira.

Sin la “ascética” democrática, consistente en la parturitio desiderii de los vencedores, la celebrada venida del Reino del PP no reflejará otra imagen que la de Medusa, el monstruo telúrico decapitado por Perseo, que, con sus hermanas Esteno y Euríale, simbolizan las fuerzas pervertidas del espíritu. Entre ellas, Medusa representa la imagen deformada de sí, que petrifica de horror en lugar de iluminar justamente, como con frecuencia viene ocurriendo con los partidos políticos, fascinados por llegar al poder dentro de un orden de autoridad que, supuestamente, fue diseñado según un ideal democrático.


Medusa de Caravaggio (Florencia, Uffizi)