sábado, 26 de mayo de 2012

Poema de NOVALIS

Atraeme, sombra querida,
¡Aspírame hacia el otro mundo!
Que pueda dormir por fin,
y escuchar siempre al Amor.

Me inundan de la muerte
las olas refrescantes.
Mi sangre, como un bálsamo,
no es más que eter sutíl.

Transcurren las jornadas,
llenas de ánimo, llenas de Fe.
Y muero durante mis noches,
abrasado por llamas sagradas.

Me marcho


lunes, 7 de mayo de 2012

Correo a una estudiante sobre el dominio despótico

Estimada Y:

   He vuelto a leer tu comentario “Un mundo de niños” y, después de hablar contigo en la consejería, me da la impresión de que lo que te inquieta es el conflicto libertad/obediencia cuando está azuzado por el ejercicio despótico del poder. Esto suponiendo que el ser humano tiene al menos un resquicio de libertad, porque en la consejería me dio la impresión de que incluso dudabas de esto.

No te voy a negar que la libertad suele estar anegada por condiciones materiales, emocionales, psicológicas, de las que apenas sobresale y por las que es amortiguada, y por la misma ignorancia sobre lo que realmente nos motiva o nos conviene. Creemos que somos mucho más libres de lo que realmente somos, y a esto se añade que vivimos en estructuras sociales que consideramos represivas. No niego nada de esto que dices en tu comentario de texto, pero quizá sea la edad lo que me hace verlo con cierta dosis de resignación, o incluso aceptándolo como la condición de la vida misma, y eso que en el mundo moderno esta condición “trájica” de la existencia humana está suavizada por la técnica y el control del poder propio de sociedades pseudo-democráticas en las que vivimos.

Yo también creo que somos niños, como dices al final, pero no en el sentido de que “nos tratan como niños” sin tener en cuenta nuestra libertad. Los que tienen el poder para decidir por nosotros, cuando lo hacen en su favor o haciéndonos creer que hacen lo que nos conviene, son niños también, aunque en su caso están jugando con juguetes que terminarán por explotarles en las manos, ya que están jugando con un juguete que me atrevería a llamar “sagrado”. Este juguete es nuestra libertad “profunda”, que va mas allá que la simple libertad para elegir, que es con lo que creen que están jugando y que es lo que parece que a ti te altera el ánimo.

Te digo que “somos niños” porque nunca llegamos a conocer en toda su hondura la raíz de lo que somos. Estamos siempre en condiciones de crecer y de ir desvelando nuestra identidad investigando en nuestro propio interior, dilatando así el ámbito de nuestra “intimidad”. El horizonte interior es infinito y más bello que el que alcanzamos con la vista cuando miramos al mar. Lo que suele ocurrir es que nos conformamos con vivir en la playa. La inquietud que reflejas en tu texto y en la breve conversación que mantuvimos en la consejería es una prueba de que el mar que llevas dentro empuja a las arenas de la playa en la que vives, como solemos vivir todos, aunque en tu caso te acompañe la música por tu afición al violín. La libertad genuina, para seguir con el ejemplo, consiste en escuchar la onda alargada de la marea que sube, humedeciendo la arena, y descifrar en ella las historias de la profundidad del mar, dejando un margen cada vez más estrecho a la playa, en la que parece que estamos más seguros.

La profundidad de la libertad proviene de nuestra relación con un Origen, del que todos dependemos, cada uno con sin perder su propia identidad. El Origen común domina todas las dimensiones de nuestra identidad: la biológica, al ser ésta una ramificación de la gran corriente de la vida, a través de la familia en la que hemos nacido; la cultural y lingüística, por el sistema de creencias y costumbres que conforman la identidad del pueblo en el que nos hemos socializado; y la meta-física, por la conciencia que tenemos de existir como un elemento del Cosmos. Esta conciencia no la tendríamos si fuéramos solo materia. Por otra parte, ninguno de nosotros puede decir que su conciencia es “cósmica” y que, consecuentemente, él mismo es el Origen.

Es evidente que sin cultivar esa relación primordial, intentado descifrar sus misterios, no podemos alcanzar la plenitud de sentido que buscamos en nuestras vidas. Piensa en la diferencia de tocar el violín entre las paredes de tu habitación que en una orquesta, bajo las órdenes del director con el que te has formado, siguiendo tu papel en la partitura de una sinfonía, como parte de un Todo que hay que interpretar en común. La libertad, cuando está sola y desarraigada del Origen –en la playa o en la habitación- no encuentra su máxima aspiración, que es la felicidad. Sólo cuando la libertad busca en lo hondo de su “relación de origen” es cuando puede llegar a su plenitud, y para eso hay que saltar de la playa al mar, con toda la incertidumbre que ello lleva consigo.

Ya lo dijo Heráclito: “al que aguarda le sucede aquello que aguarda, pero al que espera le sucede lo inesperado”, porque nuestro Origen es infinito y desborda nuestra existencia particular, siempre concretada en las circunstancias y en el tiempo: la familia, el pueblo y nuestro conocimiento limitado. Por eso adentrarse en nuestro Origen, desvelándolo con paciencia, es lo único que va colmando el deseo de plenitud que nos acompaña en todo lo que hacemos. Enseguida nos damos cuenta de que nuestras previsiones o proyectos no terminan nunca de satisfacernos. Siempre buscamos más y más fuera de nosotros mismos, azuzados por el ritmo frenético que domina el mundo en el que vivimos. El ser humano, a diferencia del que es solo animal, no se conforma con estar satisfecho, busca una felicidad sin límite, y si no crece hacia dentro vive como amputado. Creo que dedicar el tiempo al arte, al conocimiento o a los demás sin buscar recompensa es crecer hacia adentro y encontrarse con el Origen, del que proviene toda la belleza, la verdad y el bien capaces de colmar nuestra ansia de felicidad.

Somos niños, de acuerdo, y nos tratan como niños porque nos dicen que tocamos mal nuestro instrumento, o el director mueve la batuta a su antojo, sin respetar la idea del genio que creó la partitura en toda su complejidad, o se nos castiga si no le seguimos como manda, etc., pero lo que está claro es que sin un maestro ni una orquesta al completo, aunque no funcione como esperamos, nunca llegaremos hacer música como algo que supera al ruido. Esta tensión no tiene solución, al menos in hoc saeculum, como dicen los antiguos.

A mi juicio, lo que hay que hacer, es tocar la parte que a cada uno le corresponde por el valor mismo de lo que hacemos -y se espera que hagamos- para el bien del conjunto, y aguantar con paciencia, o disfrutar, según los demás hagan o no lo mismo. Si es el director el que desentona, supongo que un temperamento revolucionario tenderá a suprimirlo y poner un reemplazo. En mi caso, creo que lo mejor es confiar la situación a la Providencia, mientras que el director de la orquesta no me obligue a destruir mi violín. Entonces habría que defenderlo hasta con la vida, si se tienen agallas.

Somos niños, pero en el sentido de que hay que esforzarse en no dejar de crecer cooperando con los demás, con una actitud de “piedad” hacia el Origen en el que se enraíza nuestra libertad más profunda, con la que conecta la felicidad –la orquestra y el maestro/director según el ejemplo-. Se dice piedad y no “justicia” porque no se puede equilibrar lo que aportamos con la medida de lo que recibimos en origen (vida, cultura, existencia). Solo con esta actitud, que se dirige piadosamente al bien del conjunto –la música genial que colma la felicidad de todos los que intervienen en la interpretación sinfónica-, es posible la relación de justicia, organizando la orquesta en función del resultado final deseado por todos. Si no, la justicia se convierte en una lucha de intereses entre libertades superficiales por tocar en la orquesta con la pretensión de destacar, anulando la armonía del conjunto, o por encontrar el mejor sitio en la playa olvidándose del mar, según el ejemplo anterior.

Este es el comentario que me sugiere tu escrito sobre un tema del que se puede hablar sin fin, aunque la cosa se desvele a medida que transcurre el tiempo de la vida. Termino igual que haces tú en el comentario de texto: “niños, somos niños”.

Correo a un estudiante sobre la justificación del castigo

Estimado X:
   Son muy interesantes todas las cuestiones que planteas en tu correo en relación con la última clase sobre la justificación del castigo. Espero que no pretendas encontrar una solución completamente satisfactoria a todas ellas, ya que debido a su hondura y complejidad son cuestiones que siempre están abiertas, y admiten diversidad de pareceres en función de la concepción que se tenga del ser humano y de su posición en el Universo.
En tu escrito reconoces la existencia de una tensión, que parece irreductible, entre el deseo de felicidad, que está en el origen de nuestras acciones, y la posibilidad de alcanzarla. Llegas a decir que “la felicidad, personalmente, creo que no existe, ya que no existe la plenitud total, no puede ser alcanzada por nadie, siempre existirán condiciones, circunstancias de las cuales no dependemos, y nos afectan directamente (…) El sufrimiento forma parte de nuestra existencia completamente (…) El concepto de que somos un error muchas veces lo he compartido, ya que creo que en parte sí somos un error de la naturaleza”. Y esta consideración la asocias con la existencia del mal -el delito o el injusto, según se dijo en clase-, en cuanto que el castigo, como sufrimiento institucionalizado, ha estado presente, a veces con una crueldad inaudita, en todas las formas de asociación humana como instrumento eminente para erradicarlo.
Son muy acertados tus comentarios cuando te refieres al castigo vicario en el caso del “chivo expiatorio”, como forma de expurgar la conciencia general de culpa o de encauzar el deseo de venganza, y al castigo en función del merecimiento, como la forma propia de la justicia en el ámbito del derecho penal. En relación con la cuestión del conocimiento de la verdad, cuando se trata de juzgar la intención del imputado por un delito, puedes ver la película Rojo, dentro de la trilogía que dirigió Krzysztof Kieslowski, que refleja la incertidumbre sobre este espinoso asunto que tú mismo manifiestas. También te refieres a la problemática de la proporcionalidad de las penas en relación con la gravedad del delito. En fin, parece que el tema de la justificación del castigo es un túnel sin salida, en el que para ver la luz hay que “madurar muchos conceptos y pensar en ellos”, como tú mismo dices.
La clave de la cuestión creo que la insinúas diciendo que “nosotros debemos de ser conscientes de que vivimos a costa de muchísimas vidas (…) ¿deberíamos ser castigados por mirar hacia otro lado, o simplemente debemos de llevar nuestra vida lo mejor posible, por la suerte que nos ha tocado de nacer en un sitio u otro?”.
Si enlazamos con la primera cita de tu correo, es evidente que nuestro deseo de felicidad tiene que ver con nuestra tendencia a asociarnos y a colaborar para alcanzar bienes superiores a los que podemos conseguir por separado. Nadie colabora para que le den de bofetadas, y la amistad, la gratitud o el amor están en la base de una convivencia fundada en la libertad para asociarse que aspira de este modo a ser dichosa. Ésta solo se logra en función de una dinámica de donación recíproca. El segundo término del do ut des no es exigible, si se aspira a la felicidad en común, ya que ésta sólo puede surgir de la libre aportación y el respeto mutuo. Y aquí es donde la cosa falla, pues, por una alquimia inmemorial, la regla de oro “dad y se os dará” se transforma en una que se formula como “tomad y recibiréis”, sobre la que cabalga el free rider, el delincuente y el gorrón.  Estos sujetos viven según un régimen que busca la ganancia “no con el sudor de su frente sino con el del de enfrente”, como se suele decir. Tú mismo cuentas que “muchas veces en mi existencia me han dado ganas de ir ‘a mi bola’ egoístamente y olvidarme de todo tipo de moral, pero sé que en el fondo eso no lleva a ninguna parte”.
¿Qué hacemos con el gorrón que atenta contra nuestra felicidad en común? ¿Le castigamos, a pesar de los problemas que conlleva la justificación del castigo? ¿Pasamos por alto la ofensa, como si nada hubiera ocurrido? ¿Está corrompida nuestra naturaleza por el deseo de venganza? ¿Quién está legitimado para tirar la primera piedra?, o ¿Quién conoce sin residuo el merecimiento del culpable?
Creo que nuestra ansia de plenitud no se puede colmar sin la referencia al Absoluto. Solo si se trascienden las condiciones trágicas de la vida humana, que busca la felicidad, a la vez que anda azacanada con el sufrimiento y la muerte como la forma máxima de violencia, se puede, cabalmente, pensar en la posibilidad de alcanzar dicho objetivo maximalista. Por otro lado, el castigo de quien atenta contra el bien común, tanto en las personas como en los bienes de quienes viven asociados, tiene sentido si se aplica con intención correctiva. Al recluir al culpable y declarar su “muerte civil” se busca el arrepentimiento y su reinserción en la dinámica de la aportación recíproca, que, como dije, es el constitutivo esencial del vínculo social (aunque ahora esté de moda atribuirlo solo al intercambio de bienes en el mercado). Pero el castigo falla porque “no todos tienen oídos para oír” la llamada a una conversión que involucra la libertad, aunque sea a través de la pena. Por un lado, la felicidad no está al alcance, y por otro, la convivencia en paz no está garantizada en modo alguno. Por eso digo que la única forma de vislumbrar la plenitud es midiéndose con el Absoluto. De aquí proviene la institucionalización de la Religión en el curso de la historia mediante el culto sacrificial.
Otra vez el sacrificio, pero ahora radicado en la conciencia de la condición, trágica en sí misma, de la existencia humana. En último término parece que todos somos culpables, y que tanto el castigo como el perdón se nos escapan, porque, o su explicación y sentido vienen de fuera, o, como tú dices “somos un error de la naturaleza”. El problema que se presenta entonces es el de la fe en el profeta, que se erige en portavoz del Absoluto declarando el camino de la felicidad. Entonces el conflicto y la violencia toman la coloración específica del fanatismo, refractario al diálogo y a la búsqueda en común de los principios que han de inspirar una convivencia sin roces, azuzando con ello la espiral del sufrimiento.
En el caso de Jesucristo, al que también te refieres en tu escrito diciendo que “es un ejemplo muy claro de chivo expiatorio”, creo que la diferencia con los antiguos oráculos o con el profetismo es que no se erigió en profeta sino que Él mismo se declaró Dios, y, consecuentemente, la revelación sin mediación por iniciativa propia del Absoluto. Su muerte en la Cruz no me parece un caso de “chivo expiatorio” en el contexto de las relaciones humanas de su tiempo, porque murió porque quiso. Su sacrificio, para quien tiene fe en el Evangelio, es el castigo vicario (sustitutivo del nuestro) capaz de liberarnos de la miserable condición en la que vivimos desde que, por desobediencia, el Ángel de la espada de fuego nos expulsó del Paraíso. La fe en Jesucristo y en su palabra es, desde entonces, la vía para poder alcanzar lo que en el título del clásico libro de Rodolfo Otto se denomina “Lo Santo”, la fuente en la que se sacia nuestra aspiración radical a la felicidad.