miércoles, 26 de diciembre de 2012

SAN PEDRO DE ROMA “DESDE ABAJO”

     ¡Cuántas veces fui a sentarme en la colina de la villa Panfili, desde  donde  se  contempla a Roma, sus cúpulas, sus ruinas, su ber, que se arrastra silencioso y avergonzado bajo los arcos de Ponte Rotto, desde donde se oye el rumor quejumbroso de sus fuentes y los pasos casi mudos de su  pueblo, que  marcha silencioso por sus calles desiertas!

Cuando busco ahora en mi pensamiento mis impresiones de Roma y de sus monumentos, hallo dos solamente, que borran o que, por lo menos, dominan a los demás: el Coliseo, obra del pueblo romano, y San Pedro, obra maestra del catolicismo.

El Coliseo es la huella gigantesca de un pueblo sobrehumano que elevaba a su orgullo, a sus feroces placeres, monumentos capaces de contener una nación; monumentos que, por su mole y duración, rivalizan con las obras de la Naturaleza. Aunque se seque el Tíber en su cauce de cieno, seguirá dominándolo el Coliseo.

San Pedro es la obra de un pensamiento, de una religión, de toda la Humanidad en una época del mundo. No es ya un edificio destinado a contener un pueblo vil; es un templo consagrado a encerrar en su recinto toda la filosofía, todas las oraciones, toda la grandeza y todo el pensamiento del hombre. Los muros parecen elevarse y engran­decerse, no ya en la proporción de un pueblo, sino en la proporción de Dios. Solo Miguel Ángel ha comprendido el catolicismo y le ha dado en San Pedro su expresión más sublime y completa. San Pedro es realmen­te la apoteosis de piedra y la transfiguración monumental de la religión de Cristo. Los arquitectos de las catedrales góticas eran bárbaros sublimes. Solo Miguel Ángel fue un filósofo en su concepción. San Pedro es el cristianismo filosófico de donde el arquitecto divino echa las tinieblas y abre paso al espacio, a la belleza, a la simetría y a torrentes inagotables de luz. La belleza incomparable de San Pedro de Roma  consiste en que es un templo destinado solamente a revestir la idea de Dios en todo su esplendor.
Aunque pereciera el Cristianismo, seguiría siendo San Pedro el templo universal, eterno, racional, de cualquier religión que sucediera al culto de Cristo, con tal que dicha religión fuese  digna de la Humanidad y de Dios. Es el templo más abstracto que ha construido en el mundo la genialidad humana inspirada por una idea divina. Cuando se penetra en él, se ignora si se entra en un templo antiguo o en un templo moderno, porque ningún detalle ofusca la vista, ningún símbolo distrae el pensamiento; los hombres de todos los cultos entran en él y con igual respeto. Se percibe, se conoce y se siente que es un lugar que solo puede ser habitado por la idea de Dios y que ninguna otra idea podría llenar.

Cambiad al sacerdote, quitad el altar, des­colgad los cuadros, llevaos las estatuas; nada habrá cambiado, será siempre la casa de Dios; o más bien, San Pedro es por sí solo un gran símbolo de ese cristianismo eterno que, poseyendo en germen su moral y en su santidad el desarrollo de los progresos sucesivos del pensamiento religioso de todos los siglos y de todos los hombres, se abre a la razón a medida que Dios la hace huir y comunicarse con Dios en la luz, ensancharse y elevarse a las proporciones del espíritu humano, que crece sin cesar y acumula todos los pueblos en la unidad de la oración y  hace de todas las formas divinas un solo Dios, de todas las creencias un solo culto y de todos los pueblos una sola Humanidad. Miguel Ángel es el Moisés del catolicismo monumental, tal y como ha de ser comprendido un a. Él ha hecho el arco imperecedero de los tiempos futuros, el Panteón de la razón divinizada.

La "idea de Dios" no es Dios, por eso la razón solo llega a "simbolizar" su ansia de eternidad, con una energía que alcanza la plenitud cuando encuentra el "símbolo esencial", la Cruz de Cristo, que se alberga en el templo de San Pedro de Roma visto "desde abajo".

Alphonse de Lamartine
Fragmentos de Graziella

SAN PEDRO DE ROMA “DESDE ARRIBA”


     “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia (Mt. 16,18). Esta expresión de «rocapiedra», que simboliza el fundamento visible sobre el que está construido todo el edificio espiritual de la Iglesia, no se refiere al carácter de la persona, sino que sólo puede comprenderse partiendo de un aspecto más profundo, del misterio: mediante el cargo que Jesús les confía Simón Pedro se convierte en algo que no es por «la carne y la sangre». Un texto rabínico que reza así: «El Señor dijo: "¿Cómo puedo crear el mundo cuando surgirán estos sin-Dios y se volverán contra mí?". Pero cuando Dios vio que debía nacer Abraham, dijo: "Mira, he encontrado una roca, sobre la cual puedo construir y fundar el mundo". Por eso él llamó Abrahán una roca». El profeta Isaías se refiere a eso cuando recuerda al pueblo: «Mirad la roca de donde os tallaron,… mirad a Abrahán vuestro padre» (51,1-2). Se ve a Abrahán, el padre de los creyentes, que por su fe es la roca que sostiene la creación. Simón, que es el primero en confesar a Jesús como el Cristo, y es el primer testigo de la resurrección, se convierte ahora, con su fe renovada, en la roca que se opone a la fuerza destructiva del mal.


Este pasaje evangélico encuentra una elocuente explicación en un elemento artístico muy notorio que embellece la basílica Vaticana: el altar de la Cátedra. Cuando se recorre la grandiosa nave central, una vez pasado el crucero, se llega al ábside y nos encontramos ante un grandioso trono de bronce que parece suelto, pero que en realidad está sostenido por cuatro estatuas de grandes Padres de la Iglesia de Oriente y Occidente. Y, sobre el trono, circundado por una corona de ángeles suspendidos en el aire, resplandece en la ventana ovalada la gloria del Espíritu Santo. Este complejo escultórico, fruto del genio de Bernini, representa una visión de la esencia de la Iglesia y, dentro de ella, del magisterio petrino.


La ventana del ábside abre la Iglesia hacia la creación entera, mientras la imagen de la paloma del Espíritu Santo muestra a Dios como la fuente de la luz. Pero se puede subrayar otro aspecto: en efecto, la Iglesia misma es como una ventana, el lugar en el que Dios se acerca, se encuentra con el mundo. La Iglesia no existe por sí misma, no es el punto de llegada, sino que debe remitir más allá, hacia lo alto, por encima de nosotros. La Iglesia es verdaderamente ella misma en la medida en que deja trasparentar al Otro – con la «O» mayúscula – del cual proviene y al cual conduce. La Iglesia es el lugar donde Dios «llega» a nosotros, y desde donde nosotros «partimos» hacia él; ella tiene la misión de abrir más allá de sí mismo ese mundo que tiende a creerse un todo cerrado y llevarle la luz que viene de lo alto, sin la cual sería inhabitable.        

La gran cátedra de bronce contiene un sitial de madera del siglo IX, que por mucho tiempo se consideró la cátedra del apóstol Pedro, y que fue colocada precisamente en ese altar monumental por su alto valor simbólico. Ésta expresa la presencia permanente del Apóstol en el magisterio de sus sucesores. El sillón de san Pedro, podemos decir, es el trono de la verdad, que tiene su origen en el mandato de Cristo después de la confesión en Cesarea de Filipo. La silla magisterial nos trae a la memoria de nuevo las palabras del Señor dirigidas a Pedro en el Cenáculo: «Yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te recobres, da firmeza a tus hermanos» (Lc 22,32).


La gran Cátedra está apoyada sobre los Padres de la Iglesia. Los dos maestros de oriente, san Juan Crisóstomo y san Atanasio, junto con los latinos, san Ambrosio y san Agustín, representando la totalidad de la tradición y, por tanto, la riqueza de las expresiones de la verdadera fe en la santa y única Iglesia. Todo en la Iglesia se apoya sobre la fe: los sacramentos, la liturgia, la evangelización, la caridad. También el derecho, también la autoridad en la Iglesia se apoya sobre la fe. La Iglesia no se da a sí misma las reglas, el propio orden, sino que lo recibe de la Palabra de Dios, que escucha en la fe y trata de comprender y vivir. Los Padres de la Iglesia tienen en la comunidad eclesial la función de garantes de la fidelidad a la Sagrada Escritura. Ellos aseguran una exégesis fidedigna, sólida, capaz de formar con la Cátedra de Pedro un complejo estable y unitario. Las Sagradas Escrituras, interpretadas autorizadamente por el Magisterio a la luz de los Padres, iluminan el camino de la Iglesia en el tiempo, asegurándole un fundamento estable en medio a los cambios históricos.
Tras haber considerado los diversos elementos del altar de la Cátedra, dirijamos una mirada al conjunto. Y veamos cómo está atravesado por un doble movimiento: de ascensión y de descenso. Es la reciprocidad entre la fe y el amor. La Cátedra está puesta con gran realce en este lugar, porque aquí está la tumba del apóstol Pedro, pero también tiende hacia el amor de Dios. En efecto, la fe se orienta al amor. Una fe egoísta no es una fe verdadera. Quien cree en Jesucristo y entra en el dinamismo del amor que tiene su fuente en la Eucaristía, descubre la verdadera alegría y, a su vez, es capaz de vivir según la lógica de este don. 

La verdadera fe es iluminada por el amor y conduce al amor, hacia lo alto, del mismo modo que el altar de la Cátedra apunta hacia la ventana luminosa, la gloria del Espíritu Santo, que constituye el verdadero punto focal para la mirada del peregrino que atraviesa el umbral de la Basílica Vaticana. En esa ventana, la corona de los ángeles y los grandes rayos dorados dan un espléndido realce, con un sentido de plenitud desbordante, que expresa la riqueza de la comunión con Dios. Dios no es soledad, sino amor glorioso y gozoso, difusivo y luminoso.

Benedicto XVI
Fragmentos del discurso:  Vuestra tarea: dar testimonio de la alegría del amor de Cristo (19/02/2012)

martes, 4 de diciembre de 2012

Un elogio al tabaco

Esto es lo que le dijo Hans Castorp a Joachim mientras daban un paseo, según cuenta Thomas Mann en La montaña mágica:

-No fumo  nunca -respondió  Joachim-. ¿Para   qué   he  de  fumar?

-No comprendo eso -dijo Hans Castorp-. No comprendo que se pueda vivir sin fumar. Es privarse, sin duda alguna, de una buena parte de la existencia y, en todo caso, de un placer muy considerable. Cuando me despierto ya me alegra el pensar que podré fumar durante el día, y cuando como tengo el mismo pensamiento. Sí, puedo decir, en cierto modo, que como para poder luego fumar y creo que no exagero mucho. Un día sin tabaco sería para mí el colmo del aburrimiento, sería un día absolutamente vacío e insípido, y si, por la mañana, tuviese que decirme: «hoy no podré fumar», creo que no tendría valor para  levantarme. Te juro que me quedaría en la cama. Mira, cuando se tiene un cigarro que arde bien (naturalmente, no ha de haber ningún agujero, ni debe arder mal, esto es una cosa completamente desagradable), cuando se tiene un buen cigarro, uno se halla al abrigo de todo. No puede ocurrirle nada desagradable, así: nada desagradable. Es exactamente lo mismo que cuando uno se halla tumbado a la orilla del mar: se está tendido, ¿no es  verdad?, no tiene necesidad de nada, ni de trabajo, ni de distracciones... ¡Gracias a Dios, se fuma en todo el mundo! Este placer, a lo que me parece, no es desconocido en ninguna parte, en ningún sitio a los que uno puede ser lanzado por los azares de la vida. Incluso los exploradores que parten para el Polo Norte se aprovisionan copiosamente de tabaco para toda la duración de sus penosas etapas, y siempre que he leído eso me ha parecido muy simpático. Puede ocurrir que las cosas vayan mal (supongamos, por ejemplo, que me hallo en un estado lamentable); mientras tenga mi cigarro sé que podré soportarlo todo, y que  me ayudará a vencerlo todo.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Cómo gestiona su belleza la pastora MARCELA



Lo que dijo Marcela a Ambrosio y a los amigos de Grisóstomo, muerto por el amor y la admiración de su belleza (Tomado de  El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, Cap XIII):

Por encima de la peña donde se cavaba la sepultura, apareció la pastora Marcela, tan hermosa que pasaba a su fama su hermosura. Los que hasta entonces no la habían visto la miraban con admiración y silencio, y los que ya estaban acostumbrados a verla no quedaron menos suspensos que los que nunca la habían visto.


MARCELA: Vengo a dar a entender cuán fuera de razón van todos aquellos que de sus penas y de la muerte de Grisóstomo me culpan; y así, ruego a todos los que aquí estáis me estéis atentos, que no será menester mucho tiempo ni gastar muchas palabras para persuadir una verdad a los discretos:

   Hízome el Cielo, según vosotros decís, hermosa, y de tal manera que, sin ser poderosos a otra cosa, a que me améis os mueve mi hermosura; y, por el amor que me mostráis, decís, y aun queréis, que esté yo obligada a amaros. Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama. Y más, que podría acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo, y, siendo lo feo digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir "Quiérote por hermosa; has de amarme aunque sea feo". Pero, puesto caso que corran igualmente las hermosuras, no por eso han de correr iguales los deseos, que no todas hermosuras enamoran; que algunas alegran la vista y no rinden la voluntad; que si todas las bellezas enamorasen y rindiesen, sería un andar las voluntades confusas y descaminadas, sin saber en cuál habían de parar; porque, siendo infinitos los sujetos hermosos, infinitos habían de ser los deseos. Y, según yo he oído decir, el verdadero amor no se divide, y ha de ser voluntario y no forzoso. Siendo esto así, como yo creo que lo es ¿por qué queréis que rinda mi voluntad por fuerza, obligada no más de que decís que me queréis bien? Si no, decidme : si como el Cielo me hizo hermosa me hiciera fea ¿fuera justo que me quejara de vosotros porque no me amábades? Cuanto más, que habéis de considerar que yo no escogí la hermosura que tengo; que, tal cual es, el Cielo me la dio de gracia, sin yo pedirla ni escogerla. Y, así como la víbora no merece ser culpada por la ponzoña que tiene, puesto que con ella mata, por habérsela dado naturaleza, tampoco yo merezco ser reprehendida por ser hermosa; que la hermosura en la mujer honesta es como el fuego apartado o como la espada aguda, que ni él quema ni ella corta a quien a ellos no se acerca. 

   La honra y las virtudes son adornos del alma, sin las cuales el cuerpo, aunque lo sea, no debe de parecer hermoso. Pues si la honestidad es una de las virtudes que al cuerpo y al alma más adornan y hermosean ¿por qué la ha de perder la que es amada por hermosa, por corresponder a la intención de aquel que, por sólo su gusto, con todas sus fuerzas e industrias procura que la pierda? Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos. Los árboles de estas montañas son mi compañía, las claras aguas de estos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura. Fuego soy apartado y espada puesta lejos. A los que he enamorado con la vista he desengañado con las palabras. Y si los deseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado alguna a Grisóstomo ni a otro alguno, el fin de ninguno de ellos bien se puede decir que antes le mató su porfía que mi crueldad. Y si se me hace cargo que eran honestos sus pensamientos, y que por esto estaba obligada a corresponder a ellos, digo que, cuando en ese mismo lugar donde ahora se cava su sepultura me descubrió la bondad de su intención, le dije yo que la mía era vivir en perpetua soledad, y de que sola la tierra gozase el fruto de mi recogimiento y los despojos de mi hermosura; y si él, con todo este desengaño, quiso porfiar contra la esperanza y navegar contra el viento ¿qué mucho que se anegase en la mitad del golfo de su desatino? Si yo le entretuviera, fuera falsa; si le contentara, hiciera contra mi mejor intención y presupuesto. Porfió desengañado, desesperó sin ser aborrecido: y mirad ahora si será razón que de su pena se me dé a mí la culpa! 

   Quéjese el engañado, desespérese aquel a quien le faltaron las prometidas esperanzas, confiese el que yo llamare, ufánese el que yo admitiere; pero no me llame cruel ni homicida aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo ni admito. El Cielo aún hasta ahora no ha querido que yo ame por destino, y el pensar que tengo de amar por elección es escusado. Este general desengaño sirva a cada uno de los que me solicitan de su particular provecho; y entiéndase, de aquí adelante, que si alguno por mí muriere, no muere de celoso ni desdichado, porque quien a nadie quiere, a ninguno debe dar celos; que los desengaños no se han de tomar en cuenta de desdenes . El que me llama fiera y basilisco, déjeme como cosa perjudicial y mala; el que me llama ingrata, no me sirva; el que desconocida, no me conozca; quien cruel, no me siga; que esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta desconocida, ni los buscará, servirá, conocerá ni seguirá en ninguna manera. Que si a Grisóstomo mató su impaciencia y arrojado deseo, ¿por qué se ha de culpar mi honesto proceder y recato? Si yo conservo mi limpieza con la compañía de los árboles ¿por qué ha de querer que la pierda el que quiere que la tenga con los hombres? 

   Yo, como sabéis, tengo riquezas propias y no codicio las ajenas; tengo libre condición y no gusto de sujetarme: ni quiero ni aborrezco a nadie. No engaño a éste ni solicito aquél, ni burlo con uno ni me entretengo con el otro. La conversación honesta de las zagalas de estas aldeas y el cuidado de mis cabras me entretiene. Tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen, es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera. 

Y, en diciendo esto, sin querer oír respuesta alguna, volvió las espaldas y se entró por lo más cerrado de un monte que allí cerca estaba, dejando admirados, tanto de su discreción como de su hermosura, a todos los que allí estaban.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Los 3 principios de la buena vida, de León Felipe y José Marti.


1) Nadie fue ayer
ni va hoy,
ni irá mañana
hacia Dios
por este mismo camino
que yo voy.
Para cada hombre guarda
un rayo nuevo de luz el sol...
y un camino virgen
Dios.

2) Hazme una cruz sencilla, 
carpintero...
sin añadidos 
, ni ornamentos...
que se vean desnudos
los
maderos; desnudos
y decididamente rectos:
los brazos en abrazo hacia la tierra,
el 
mástil disparándose a los cielos.
Que no haya un solo adorno
que distraiga este gesto:
este equilibrio humano
de los dos mandamientos...
sencilla, sencilla...
hazme una cruz sencilla, carpintero.

3) Cultivo una rosa blanca
en junio como en enero
para el amigo sincero
que me da su mano franca.
Y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo,
cardo ni ortiga cultivo;
cultivo la rosa blanca
.

sábado, 26 de mayo de 2012

Poema de NOVALIS

Atraeme, sombra querida,
¡Aspírame hacia el otro mundo!
Que pueda dormir por fin,
y escuchar siempre al Amor.

Me inundan de la muerte
las olas refrescantes.
Mi sangre, como un bálsamo,
no es más que eter sutíl.

Transcurren las jornadas,
llenas de ánimo, llenas de Fe.
Y muero durante mis noches,
abrasado por llamas sagradas.

Me marcho


lunes, 7 de mayo de 2012

Correo a una estudiante sobre el dominio despótico

Estimada Y:

   He vuelto a leer tu comentario “Un mundo de niños” y, después de hablar contigo en la consejería, me da la impresión de que lo que te inquieta es el conflicto libertad/obediencia cuando está azuzado por el ejercicio despótico del poder. Esto suponiendo que el ser humano tiene al menos un resquicio de libertad, porque en la consejería me dio la impresión de que incluso dudabas de esto.

No te voy a negar que la libertad suele estar anegada por condiciones materiales, emocionales, psicológicas, de las que apenas sobresale y por las que es amortiguada, y por la misma ignorancia sobre lo que realmente nos motiva o nos conviene. Creemos que somos mucho más libres de lo que realmente somos, y a esto se añade que vivimos en estructuras sociales que consideramos represivas. No niego nada de esto que dices en tu comentario de texto, pero quizá sea la edad lo que me hace verlo con cierta dosis de resignación, o incluso aceptándolo como la condición de la vida misma, y eso que en el mundo moderno esta condición “trájica” de la existencia humana está suavizada por la técnica y el control del poder propio de sociedades pseudo-democráticas en las que vivimos.

Yo también creo que somos niños, como dices al final, pero no en el sentido de que “nos tratan como niños” sin tener en cuenta nuestra libertad. Los que tienen el poder para decidir por nosotros, cuando lo hacen en su favor o haciéndonos creer que hacen lo que nos conviene, son niños también, aunque en su caso están jugando con juguetes que terminarán por explotarles en las manos, ya que están jugando con un juguete que me atrevería a llamar “sagrado”. Este juguete es nuestra libertad “profunda”, que va mas allá que la simple libertad para elegir, que es con lo que creen que están jugando y que es lo que parece que a ti te altera el ánimo.

Te digo que “somos niños” porque nunca llegamos a conocer en toda su hondura la raíz de lo que somos. Estamos siempre en condiciones de crecer y de ir desvelando nuestra identidad investigando en nuestro propio interior, dilatando así el ámbito de nuestra “intimidad”. El horizonte interior es infinito y más bello que el que alcanzamos con la vista cuando miramos al mar. Lo que suele ocurrir es que nos conformamos con vivir en la playa. La inquietud que reflejas en tu texto y en la breve conversación que mantuvimos en la consejería es una prueba de que el mar que llevas dentro empuja a las arenas de la playa en la que vives, como solemos vivir todos, aunque en tu caso te acompañe la música por tu afición al violín. La libertad genuina, para seguir con el ejemplo, consiste en escuchar la onda alargada de la marea que sube, humedeciendo la arena, y descifrar en ella las historias de la profundidad del mar, dejando un margen cada vez más estrecho a la playa, en la que parece que estamos más seguros.

La profundidad de la libertad proviene de nuestra relación con un Origen, del que todos dependemos, cada uno con sin perder su propia identidad. El Origen común domina todas las dimensiones de nuestra identidad: la biológica, al ser ésta una ramificación de la gran corriente de la vida, a través de la familia en la que hemos nacido; la cultural y lingüística, por el sistema de creencias y costumbres que conforman la identidad del pueblo en el que nos hemos socializado; y la meta-física, por la conciencia que tenemos de existir como un elemento del Cosmos. Esta conciencia no la tendríamos si fuéramos solo materia. Por otra parte, ninguno de nosotros puede decir que su conciencia es “cósmica” y que, consecuentemente, él mismo es el Origen.

Es evidente que sin cultivar esa relación primordial, intentado descifrar sus misterios, no podemos alcanzar la plenitud de sentido que buscamos en nuestras vidas. Piensa en la diferencia de tocar el violín entre las paredes de tu habitación que en una orquesta, bajo las órdenes del director con el que te has formado, siguiendo tu papel en la partitura de una sinfonía, como parte de un Todo que hay que interpretar en común. La libertad, cuando está sola y desarraigada del Origen –en la playa o en la habitación- no encuentra su máxima aspiración, que es la felicidad. Sólo cuando la libertad busca en lo hondo de su “relación de origen” es cuando puede llegar a su plenitud, y para eso hay que saltar de la playa al mar, con toda la incertidumbre que ello lleva consigo.

Ya lo dijo Heráclito: “al que aguarda le sucede aquello que aguarda, pero al que espera le sucede lo inesperado”, porque nuestro Origen es infinito y desborda nuestra existencia particular, siempre concretada en las circunstancias y en el tiempo: la familia, el pueblo y nuestro conocimiento limitado. Por eso adentrarse en nuestro Origen, desvelándolo con paciencia, es lo único que va colmando el deseo de plenitud que nos acompaña en todo lo que hacemos. Enseguida nos damos cuenta de que nuestras previsiones o proyectos no terminan nunca de satisfacernos. Siempre buscamos más y más fuera de nosotros mismos, azuzados por el ritmo frenético que domina el mundo en el que vivimos. El ser humano, a diferencia del que es solo animal, no se conforma con estar satisfecho, busca una felicidad sin límite, y si no crece hacia dentro vive como amputado. Creo que dedicar el tiempo al arte, al conocimiento o a los demás sin buscar recompensa es crecer hacia adentro y encontrarse con el Origen, del que proviene toda la belleza, la verdad y el bien capaces de colmar nuestra ansia de felicidad.

Somos niños, de acuerdo, y nos tratan como niños porque nos dicen que tocamos mal nuestro instrumento, o el director mueve la batuta a su antojo, sin respetar la idea del genio que creó la partitura en toda su complejidad, o se nos castiga si no le seguimos como manda, etc., pero lo que está claro es que sin un maestro ni una orquesta al completo, aunque no funcione como esperamos, nunca llegaremos hacer música como algo que supera al ruido. Esta tensión no tiene solución, al menos in hoc saeculum, como dicen los antiguos.

A mi juicio, lo que hay que hacer, es tocar la parte que a cada uno le corresponde por el valor mismo de lo que hacemos -y se espera que hagamos- para el bien del conjunto, y aguantar con paciencia, o disfrutar, según los demás hagan o no lo mismo. Si es el director el que desentona, supongo que un temperamento revolucionario tenderá a suprimirlo y poner un reemplazo. En mi caso, creo que lo mejor es confiar la situación a la Providencia, mientras que el director de la orquesta no me obligue a destruir mi violín. Entonces habría que defenderlo hasta con la vida, si se tienen agallas.

Somos niños, pero en el sentido de que hay que esforzarse en no dejar de crecer cooperando con los demás, con una actitud de “piedad” hacia el Origen en el que se enraíza nuestra libertad más profunda, con la que conecta la felicidad –la orquestra y el maestro/director según el ejemplo-. Se dice piedad y no “justicia” porque no se puede equilibrar lo que aportamos con la medida de lo que recibimos en origen (vida, cultura, existencia). Solo con esta actitud, que se dirige piadosamente al bien del conjunto –la música genial que colma la felicidad de todos los que intervienen en la interpretación sinfónica-, es posible la relación de justicia, organizando la orquesta en función del resultado final deseado por todos. Si no, la justicia se convierte en una lucha de intereses entre libertades superficiales por tocar en la orquesta con la pretensión de destacar, anulando la armonía del conjunto, o por encontrar el mejor sitio en la playa olvidándose del mar, según el ejemplo anterior.

Este es el comentario que me sugiere tu escrito sobre un tema del que se puede hablar sin fin, aunque la cosa se desvele a medida que transcurre el tiempo de la vida. Termino igual que haces tú en el comentario de texto: “niños, somos niños”.

Correo a un estudiante sobre la justificación del castigo

Estimado X:
   Son muy interesantes todas las cuestiones que planteas en tu correo en relación con la última clase sobre la justificación del castigo. Espero que no pretendas encontrar una solución completamente satisfactoria a todas ellas, ya que debido a su hondura y complejidad son cuestiones que siempre están abiertas, y admiten diversidad de pareceres en función de la concepción que se tenga del ser humano y de su posición en el Universo.
En tu escrito reconoces la existencia de una tensión, que parece irreductible, entre el deseo de felicidad, que está en el origen de nuestras acciones, y la posibilidad de alcanzarla. Llegas a decir que “la felicidad, personalmente, creo que no existe, ya que no existe la plenitud total, no puede ser alcanzada por nadie, siempre existirán condiciones, circunstancias de las cuales no dependemos, y nos afectan directamente (…) El sufrimiento forma parte de nuestra existencia completamente (…) El concepto de que somos un error muchas veces lo he compartido, ya que creo que en parte sí somos un error de la naturaleza”. Y esta consideración la asocias con la existencia del mal -el delito o el injusto, según se dijo en clase-, en cuanto que el castigo, como sufrimiento institucionalizado, ha estado presente, a veces con una crueldad inaudita, en todas las formas de asociación humana como instrumento eminente para erradicarlo.
Son muy acertados tus comentarios cuando te refieres al castigo vicario en el caso del “chivo expiatorio”, como forma de expurgar la conciencia general de culpa o de encauzar el deseo de venganza, y al castigo en función del merecimiento, como la forma propia de la justicia en el ámbito del derecho penal. En relación con la cuestión del conocimiento de la verdad, cuando se trata de juzgar la intención del imputado por un delito, puedes ver la película Rojo, dentro de la trilogía que dirigió Krzysztof Kieslowski, que refleja la incertidumbre sobre este espinoso asunto que tú mismo manifiestas. También te refieres a la problemática de la proporcionalidad de las penas en relación con la gravedad del delito. En fin, parece que el tema de la justificación del castigo es un túnel sin salida, en el que para ver la luz hay que “madurar muchos conceptos y pensar en ellos”, como tú mismo dices.
La clave de la cuestión creo que la insinúas diciendo que “nosotros debemos de ser conscientes de que vivimos a costa de muchísimas vidas (…) ¿deberíamos ser castigados por mirar hacia otro lado, o simplemente debemos de llevar nuestra vida lo mejor posible, por la suerte que nos ha tocado de nacer en un sitio u otro?”.
Si enlazamos con la primera cita de tu correo, es evidente que nuestro deseo de felicidad tiene que ver con nuestra tendencia a asociarnos y a colaborar para alcanzar bienes superiores a los que podemos conseguir por separado. Nadie colabora para que le den de bofetadas, y la amistad, la gratitud o el amor están en la base de una convivencia fundada en la libertad para asociarse que aspira de este modo a ser dichosa. Ésta solo se logra en función de una dinámica de donación recíproca. El segundo término del do ut des no es exigible, si se aspira a la felicidad en común, ya que ésta sólo puede surgir de la libre aportación y el respeto mutuo. Y aquí es donde la cosa falla, pues, por una alquimia inmemorial, la regla de oro “dad y se os dará” se transforma en una que se formula como “tomad y recibiréis”, sobre la que cabalga el free rider, el delincuente y el gorrón.  Estos sujetos viven según un régimen que busca la ganancia “no con el sudor de su frente sino con el del de enfrente”, como se suele decir. Tú mismo cuentas que “muchas veces en mi existencia me han dado ganas de ir ‘a mi bola’ egoístamente y olvidarme de todo tipo de moral, pero sé que en el fondo eso no lleva a ninguna parte”.
¿Qué hacemos con el gorrón que atenta contra nuestra felicidad en común? ¿Le castigamos, a pesar de los problemas que conlleva la justificación del castigo? ¿Pasamos por alto la ofensa, como si nada hubiera ocurrido? ¿Está corrompida nuestra naturaleza por el deseo de venganza? ¿Quién está legitimado para tirar la primera piedra?, o ¿Quién conoce sin residuo el merecimiento del culpable?
Creo que nuestra ansia de plenitud no se puede colmar sin la referencia al Absoluto. Solo si se trascienden las condiciones trágicas de la vida humana, que busca la felicidad, a la vez que anda azacanada con el sufrimiento y la muerte como la forma máxima de violencia, se puede, cabalmente, pensar en la posibilidad de alcanzar dicho objetivo maximalista. Por otro lado, el castigo de quien atenta contra el bien común, tanto en las personas como en los bienes de quienes viven asociados, tiene sentido si se aplica con intención correctiva. Al recluir al culpable y declarar su “muerte civil” se busca el arrepentimiento y su reinserción en la dinámica de la aportación recíproca, que, como dije, es el constitutivo esencial del vínculo social (aunque ahora esté de moda atribuirlo solo al intercambio de bienes en el mercado). Pero el castigo falla porque “no todos tienen oídos para oír” la llamada a una conversión que involucra la libertad, aunque sea a través de la pena. Por un lado, la felicidad no está al alcance, y por otro, la convivencia en paz no está garantizada en modo alguno. Por eso digo que la única forma de vislumbrar la plenitud es midiéndose con el Absoluto. De aquí proviene la institucionalización de la Religión en el curso de la historia mediante el culto sacrificial.
Otra vez el sacrificio, pero ahora radicado en la conciencia de la condición, trágica en sí misma, de la existencia humana. En último término parece que todos somos culpables, y que tanto el castigo como el perdón se nos escapan, porque, o su explicación y sentido vienen de fuera, o, como tú dices “somos un error de la naturaleza”. El problema que se presenta entonces es el de la fe en el profeta, que se erige en portavoz del Absoluto declarando el camino de la felicidad. Entonces el conflicto y la violencia toman la coloración específica del fanatismo, refractario al diálogo y a la búsqueda en común de los principios que han de inspirar una convivencia sin roces, azuzando con ello la espiral del sufrimiento.
En el caso de Jesucristo, al que también te refieres en tu escrito diciendo que “es un ejemplo muy claro de chivo expiatorio”, creo que la diferencia con los antiguos oráculos o con el profetismo es que no se erigió en profeta sino que Él mismo se declaró Dios, y, consecuentemente, la revelación sin mediación por iniciativa propia del Absoluto. Su muerte en la Cruz no me parece un caso de “chivo expiatorio” en el contexto de las relaciones humanas de su tiempo, porque murió porque quiso. Su sacrificio, para quien tiene fe en el Evangelio, es el castigo vicario (sustitutivo del nuestro) capaz de liberarnos de la miserable condición en la que vivimos desde que, por desobediencia, el Ángel de la espada de fuego nos expulsó del Paraíso. La fe en Jesucristo y en su palabra es, desde entonces, la vía para poder alcanzar lo que en el título del clásico libro de Rodolfo Otto se denomina “Lo Santo”, la fuente en la que se sacia nuestra aspiración radical a la felicidad.

martes, 28 de febrero de 2012

LA RESPONSABILIDAD SOCIAL EMPRESARIAL


   Acabo de ver la película sobre Margaret Thatcher, más por mi afición a Meryl Streep que por su valor documental. En una de las rebobinaciones de la memoria de la ya anciana Margaret, se la ve, toda vestida en su traje azul, hablando a los ingleses del orgullo de ser “británicos”. Al oírla me asaltó un pensamiento sobre la retórica que estaba usando para justificar ante su pueblo la reconquista de las Malvinas. Si yo fuera inglés, me preguntaría: ¿Y qué me añade a mí ser “británico”, si ser “británico” depende de lo que “yo” hago con los demás habitantes de la Isla? Me pareció que la Iron Lady se estaba inventando un ente ficticio, dentro del cual, quien apoyara su declaración de guerra, tendría un plus de orgullo al que ya tiene por el mero hecho de ser él mismo. Era claro que estaba, una vez más, ante un caso de retórica falaz.
Sin embargo, la cosa resulta curiosa, porque, de vuelta a casa, abstraído del espanto nocturno consideraba cómo uno nace ya con una identidad en origen. De entrada uno es “británico”, “castellano-manchego”, o “gallego”, antes de cualquier cosa que haga y de que tenga conciencia de su “yo” independiente y autónomo. Al llegar, nos encontramos un mundo que está ya “humanizado”, según un lenguaje, unas costumbres, unas creencias y unos valores o, en el caso de los ingleses, por el famoso common sense, que casi adquiere el estatuto de una categoría moral y por el que consideran foreigners a quienes no lo comparten. Consiguientemente, parece que el mundo en el que uno cae, según cómo esté “humanizado” determina su identidad. Es como si ser “británico” fuera una meta-especificación, no menos real que la identidad biológica que le corresponde al individuo como integrante de la especie humana. Llegué a mi casa convencido de que si es cierto que yo soy Walter, igualmente lo es que soy quien soy no-sin-los-demás, lo cual me puede enorgullecer o, por el  contrario, hacerme sentir desgraciado.
Es evidente que la conciencia de uno mismo conlleva la mediación social, y que nuestro destino depende en gran medida del sistema de ideas y creencias que forman lo que se ha denominado el “imaginario social”. Como vuelve a decir la Thatcher en otra escena de la película: “si siembras un pensamiento cosecharás una acción, si siembras una acción cosecharás un hábito, si siembras un hábito cosecharás un carácter, si siembras un carácter cosecharás un destino”. Y es aquí donde creo que está el intríngulis de la RSE, porque la construcción del imaginario social es asunto de todos, si es que, como dijo Don Quijote al salir de Barcelona: “cada uno es artífice de su ventura” (II, 66).
La RSE suele concebirse como un “sistema de gestión” de la empresa que compagina el objetivo de maximizar el beneficio con preocupaciones sociales y la preservación del medio ambiente. De esta forma se silencia el meollo de la cuestión, que, a mi juicio, consiste en dar por supuesta la distinción entre trabajo y gestión. En general, en la empresa la iniciativa en la toma de decisiones está en manos de unos expertos en sistemas y desarrollo, mientras que el trabajador se incorpora a un carro que ya está en marcha a cambio de un sueldo y de la limosna de ropa vieja que puede darle un gerente experto en alcanzar “equilibrios” económicos, sociales y medioambientales, según la política de moda o la imagen que más le convenga para tener éxito en el mercado. Este modelo de funcionamiento impide que el trabajador se identifique con un proyecto que es común sólo para unos pocos que participan en la dirección, del cual se siente fuera. Se encuentra con un ámbito de actividad que es “humanizado” por otros, al que se subordina ocupando la posición que se le asigna para poder cobrar. No es habitual encontrar empleados que sientan un orgullo profundo por consumir una buena parte de su tiempo etiquetando alimentos en una gran superficie, contestando llamadas en una línea de atención al cliente, o despachando en un banco o en una aseguradora.
La RSE genuina exige soldar la brecha generalizada que existe entre los dirigentes (homo sapiens) y los trabajadores (homo faber), extendiendo la acción de gobierno de la empresa a todos los que colaboran en ella, porque sapiens somos todos. En esto consiste el “liderazgo” como principio que debe inspirar la organización. El liderazgo es consciente de la necesidad del mando y la obediencia para el orden de la actividad y la consecución de objetivos, pero es refractario al acopio de “seguidores”. El líder realiza su tarea como un encargo, como un deber que le compromete íntimamente, según una iniciativa que no se interesa por la eficiencia en función de la celebridad o del seguimiento, sino integrando la iniciativa de todos según el ámbito de competencia que a cada uno le corresponde. Ello exige potenciar la comunicación. Si la acción del líder se determina según un caudal de supuestos seguidores, los trabajadores quedan escindidos entre “autómatas” aduladores y los que trabajan en una tarea que les resulta ajena, sin identificarse con un proyecto que ha de ser “humanizado” entre todos. De otra forma, el liderazgo se transmuta en una gestión que ignora el alcance de su responsabilidad social, y la cooperación en un juego de suma cero en el que para que unos ganen otros tienen que perder.
Es inevitable la instrumentalización del trabajo a los fines de la organización, porque un individuo aislado no puede realizar prácticamente nada, pero el liderazgo, a cualquier nivel, se manifiesta por la actitud ética de hacer compatible dicha instrumentalización con la condición de fin de quienes lo realizan, porque todos en la empresa, desde el embrión hasta el enfermo terminal, son “personas”. De esta forma el trabajador puede identificarse con su trabajo, con la consiguiente realización personal. En esto reside el sentido de una auténtica RSE, en impulsar las energías humanas en un proyecto que sea auténticamente común. De otra forma, el seguimiento que da sentido al liderazgo revierte en pequeños o grandes actos de venganza con los que el débil subordinado suele pagar a su opresor, como es el caso de Brother Rabbit en las Uncle Remus Stories, bondadosa e inocua simbolización de la indigencia del pobre negro en los Estados americanos del sur, que, sin embargo, a la postre, acaba riéndose de todos por muy refinados y costosos que sean los mecanismos de control.